Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán

Si atendiéramos a los grados de admiración mostrados por Lope, Juan Pérez de Montalbán habría de ocupar el primer puesto[1].

Juan Pérez de Montalbán

El padre de Juan, Alonso Pérez, era importante impresor y editor que tenía relación muy estrecha con Lope de Vega, muchas de cuyas obras salen en las prensas de Pérez o bajo su responsabilidad de editor (las partes de comedias 11, 12, 13, 14, 16, 18, 19 y 20, La Filomena, La Circe, La Dorotea, Rimas humanas y divinas, y hasta la Fama póstuma, impresa en 1636).

La presencia de Lope en la vida del joven Juan Pérez y el trato familiar que debió de existir se suman a la indudable admiración que siente el discípulo por el maestro, lo que da pie a burlas como las de Quevedo, quien en la feroz Perinola contra Montalbán llama a este «retacillo de Lope de Vega».

Sin poner en duda la parte de originalidad que le corresponda a una obra muy estimable, como la que se debe a la pluma de Montalbán, la influencia de Lope es muy importante (aunque no la única). En numerosos documentos, dedicatorias, cartas, etc. se trasluce esta amistad y el aprecio mutuo, cada uno en su nivel, que unió a ambos.

Notables elogios de Montalbán incluye en la dedicatoria de La francesilla, texto con toda la pedantería cultista de la que hace gala Lope a menudo, en el que profetiza a Montalbán grandes resultados de su ingenio:

… aumentó mi afición al ingenio de vuestra merced el día que en el Real Monasterio de las Descalzas de Madrid […] defendió aquellas conclusiones y respondió a los argumentos de tan insignes varones con tanta valentía, que si antes amaba a vuestra merced por las obligaciones que reconozco a su padre, ahora le amo a él por vuestra merced […] Las artes se llamaron liberales porque convienen al hombre libre, por opinión de Séneca, Hoc est (dice el filósofo) sapientem, sublimem, fortem, magnanimun caetera pusilla, et puerilia sunt. Pero vuestra merced nos da tales esperanzas, que se puede entender de su natural virtud de sus pocos años lo que dijo San Agustín, que Juventus et senium simul esse possunt in animo, y por eso dijo también Ausonio…

Lope aprueba con grandes elogios los Sucesos y prodigios de amor de Montalbán, y lo incluye también en el Laurel de Apolo (silva VII), aunque en este tipo de textos es difícil separar lo que de sincero podía haber entre la retórica convencional del género. Pero de todos los abundantes materiales que no hace al caso copiar aquí se desprende de forma indudable el afecto y la admiración que fundamentan estas relaciones. Quizá hubiera esperado Montalbán el apoyo de Lope en la furiosa polémica en torno al Para todos, ridiculizado por Quevedo hasta los extremos más crueles, pero Lope tenía que maniobrar difícilmente para no dañar sus buenas relaciones con Quevedo, que era mal enemigo, y prefirió quedarse al margen.

Pero sea como fuere es obvio que Montalbán admiraba y quería a Lope, y siempre lo manifestó hasta la compilación de la Fama póstuma, que se inicia con una biografía que es más bien una hagiografía de Lope, y en la que se pueden leer encomios incesantes del Fénix: Montalbán se califica de jardinero cuidadoso «deste literario Retiro»

para lisonja de los cuatro trozos del orbe donde está esparcida la inmortalidad de su fama y para que sepan todos el amor verdadero que siempre le tuve, venerándole por mi amigo y por mi maestro, pues lo fue de todos […] alcanzó por sus aciertos un modo de alabanza que aun no pudo imaginarse de hombre mortal, pues creció tanto la opinión de que era bueno cuanto escribía, que se hizo adagio común para alabar una cosa de buena, decir que era de Lope. […]

Lope de Vega solo monta más que todos los poetas juntos […] el más insigne varón que han conocido y venerado entrambos mundos […] A los últimos acentos de la Fama póstuma, que aunque indigno coronista de tan gran héroe escribí a persuasión de mis obligaciones, luego que me templó el dolor de mi sentimiento la segura esperanza de su muerte felice, todos los ingenios de Europa previnieron a un tiempo mismo las lágrimas al dolor, los suspiros a la pena, los afectos a la voluntad y los conceptos a la pluma para cantar y llorar juntamente la memoria y la ausencia del más raro varón que nació al mundo…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey», de Eduardo Galán (8)

Pasemos a analizar el segmento histórico presente en esta comedia. La acción se sitúa en la primavera de 1628 y los amores reales que sirven de fondo a la acción (Felipe IV y la Calderona) son verdaderos. A eso hay que añadir la mención de anécdotas o hechos históricos concretos (así, los ratones soltados en la cazuela del teatro). En tercer lugar, el lenguaje y las costumbres retratadas contribuyen poderosamente a dar sensación de verosimilitud. Hay numerosas alusiones a la situación política y económica de España: se habla del «estado mísero y ruinoso de nuestros reinos» (p. 93)[1], en los que abundan los hidalgos pobres; los piratas ingleses abordan los galeones del oro indiano; las guerras de Flandes desangran al país, etc. Por lo menos en dos ocasiones se menciona que no se paga el sueldo a los criados de Palacio (p. 55 y 93). Hay que recordar todo lo relativo a la religión y los problemas de los judíos con la Inquisición.

Juan RanaSensación de gran verosimilitud proporciona la mención de detalles costumbristas: las calles sucias de Madrid (p. 45; se constata la poco salubre costumbre de arrojar las inmundicias desde las ventanas al grito de «agua va»), los valentones (p. 49), las gradas de San Felipe, verdaderos «mentideros de Madrid» (pp. 51 y 64); alusiones a conocidos cómicos de la época (la Riquelme, Amarilis, Alonso de Valdivia, Juan Rana…) y a escritores (Lope, Tirso, Moreto); al teatro o corral de comedias de la Cruz (con apuntes interesantes sobre las representaciones), notas sobre la mala consideración social de los cómicos (p. 72), alusiones a los pícaros de Lavapiés y las riberas del Manzanares, a los banqueros genoveses (p. 51), al sagrado de las iglesias (p. 72). Entraría en este mismo apartado la mención de topónimos madrileños: la plaza de la Cebada, el paseo del Prado, el Manzanares, la Puente Segoviana, la Casa de Campo, la calle de Huertas, las gradas de San Felipe, el balcón de Marizápalos, la Plaza Mayor, la calle del León… Y lo mismo diríamos del léxico: floreo de Villán (p. 50), marranos ‘judíos’ (p. 66), gallofero ‘el que comía la sopa boba de los conventos’ (p. 81), que proporciona cierto sabor de época, pero sin resultar pedante o recargado para el lector o espectador contemporáneo.


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

Lope de Vega y el gremio literario: amistades y enemistades

Laurel de ApoloGenus irritabile vatum, sentenció Horacio[1]. Muy pronto se irritan los poetas. No soportan la competencia en la fama, en los mecenas, en la popularidad que alcanzan entre doctos o vulgares. Siempre hay motivos para el menosprecio. Si se declara la valía de alguien es, bien porque sería ridículo negársela —hasta tal extremo ha conseguido un poeta como Lope ser reconocido como un fénix y monstruo admirable—, bien porque se puede ser condescendiente desde las alturas con la turba de los demás, que no llegan a amenazar a los supremos —algo de eso hay también en el Laurel de Apolo del mismo Lope.

El ambiente literario se anima con las polémicas en torno a la nueva poesía de los cultos, capitaneados por Góngora, y en ese marco se azuzan las enemistades y proliferan las sátiras. Tendremos ocasión de comprobarlo en próximas entradas.

Lope tuvo admiradores y enemigos, cuyas listas incluirían a todos los poetas de la época, porque la importancia de su figura no permite a nadie mantenerse al margen. Siendo la literatura su vocación, las luchas literarias en las que se ve inmerso componen una parte indispensable de su biografía y de su actividad social e intelectual.

Podríamos tomar como un índice de las amistades —poco fiable por obedecer a muy distintas circunstancias— a los participantes (más de ciento cincuenta, probablemente los amigos de Montalbán más que de Lope) en la Fama póstuma que recopila Pérez de Montalbán o a los mencionados en el Laurel de Apolo, cuya misma prolijidad (unos trescientos poetas alaba en estos versos Lope) le quita valor significativo.

Sea como fuere, y sin ánimo de exhaustividad ninguna, observaremos algo aleatoriamente las relaciones que mantiene Lope con algunos de los poetas coetáneos suyos, y de qué manera esas relaciones se manifiestan en los textos poéticos o polémicos del tiempo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey», de Eduardo Galán (7)

Commedia dell´ArteRecordemos ahora la escena final de la obra. El rey desea que los cómicos representen en Palacio, y ellos deciden poner en escena una obra de commedia dell’arte, improvisando en parte la acción, que se titula Il fogoso amante. La Calderona interpreta a Isabella (en realidad, se representa a sí misma); Inés hace de Colombina (trasunto de la reina doña Isabel) y Luzmán, convertido en actor, hará el papel de Arlequino, un personaje cuyo comportamiento es similar al del rey Felipe IV: Arlequino mantiene relaciones con las dos mujeres y don Felipe, que no se ve retratado en el personaje, comenta: «¡Qué sinvergüenza es este Arlequino!» (p. 123)[1]. Llega un momento en que el rey y la reina se introducen en el juego escénico (rompiendo parcialmente la «ficción dentro de la ficción») y dialogan directamente con los personajes de Il fogoso amante. Tanto Isabella como Colombina están embarazadas, igual que la Calderona y doña Isabel. A pesar de las máscaras que llevan los actores, la reina reconoce a su rival, la cual defiende apasionadamente que Arlequino-el rey debe cuidar al hijo que ha concebido y darle su apellido. Aquí las alusiones a la realidad son casi transparentes, y la reina muestra su disgusto. María se excusa diciendo que ese es el argumento de la comedia y que a ella le ha tocado representar ese papel. Entonces la reina comenta que, si es así, no le gusta el argumento y pide que se cambie, aunque el rey ordena que la obra siga con el plan previsto.

A la representación se suma ahora el embajador francés, en el papel de Capitán Spavento, circunstancia que aprovecha Luzmán para entregarle un importante pliego que demuestra la traición de Olivares, su alianza con los ingleses contra Francia (otra incursión de lo «real» en la pieza de teatro representada por los cómicos). Curiosamente, es este segundo aspecto, el público, no el de las relaciones privadas, el que pone fin a la farsa: «¡Se acabó el juego!», ordena el rey (p. 129), y dispone lo que ha de hacerse; no hay castigo para Olivares, sí para los cómicos: destierro para todos, encierro en un convento para la Calderona.


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

Lope aspira a ser capellán del duque de Sessa y cronista real

La petición más importante que hace Lope a Sessa no la podrá conseguir[1]: un puesto fijo entre los servidores de su casa, un puesto de capellán con salario que le permita afrontar los últimos años de su vida con cierta tranquilidad, sin necesidad de que un sacerdote venerable siga escribiendo las gracias de los lacayos de comedia:

Nuevo le parecerá a Vuestra Excelencia este pensamiento, aunque en la verdad no lo es, ni tiene de serlo más que la calidad que le faltaba. Días ha que he deseado dejar de escribir para el teatro, así por la edad, que pide cosas más severas, como por el cansancio y aflicción de espíritu en que me ponen. Esto propuse en mi enfermedad, si de aquella tormenta libre llegaba al puerto, mas como a todos les sucede, en besando la tierra, no me acordé del agua. Ahora, Señor Excelentísimo, que con desagradar al pueblo dos historias que le di bien escritas y mal escuchadas he conocido, o que quieren verdes años, o que no quiere el Cielo que halle la muerte a un sacerdote escribiendo lacayos de comedia, he propuesto dejarlas de todo punto, por no ser como las mujeres hermosas, que a la vejez todos se burlan dellas, y suplicar a Vuestra Excelencia reciba con público nombre en su servicio un criado que ha más de veinticinco años que le tiene secreto. Porque sin su favor no podré salir con vitoria deste cuidado, nombrándome algún moderado salario, que con la pensión que tengo, ayude a pasar esto poco que me puede quedar de vida. El oficio de capellán es muy a propósito: diré todos los días misa a Vuestra Excelencia, y asistiré asimismo a lo que me mandare escribir o solicitar de su servicio y gusto. La dificultad no lo es, pues con pasarme de la merced al vos y escribirme en los libros, está vencida. Las que Vuestra Excelencia me hacía todos los años, mayores son que lo que puede señalarme: luego comodidad será reducirlo a número determinado, y que sepan que Vuestra Excelencia es mi dueño, si algunos lo ignoran, y que tuvo la casa de Sessa otro Juan Latino blanco, más esclavo que el negro. A la grandeza de Vuestra Excelencia no aumenta un capellán más la costa de la casa, ni la reformación del estado presente, y yo, con la libertad del tiempo, le podré mejor emplear en servirle, sin que vayan ni vengan los criados, pues estaré siempre a la vista. Esta resolución no es nueva, que como he dicho, primero la dispuso larga consideración que la ejecutase la pluma. Mas si por alguna de las que no entiendo no hallare efeto este pensamiento en el gusto de Vuestra Excelencia (como puedo temer de mi desdicha), habré ganado la honra deste ofrecimiento, y deberé a mi necesidad más que a mi obligación, pidiendo perdón a Vuestra Excelencia deste atrevimiento, que jamás se niega cuando no se acierta en lo que se pide. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años, como deseo y he menester. Capellán y esclavo de Vuestra Excelencia.

Pluma y tintero

Tampoco conseguiría nunca el Fénix su otra ambición de ser cronista real. Aunque Lope recibió sin duda muchos beneficios de Sessa, no siempre quedó contento. En la Égloga a Claudio asegura, con cierta injusticia para el duque, que no lo puso en nómina pero costeó al fin hasta su entierro:

Hubiera sido yo de algún provecho si tuviera mecenas mi fortuna.

Como resumen final, en la etapa de senectute predomina más bien el tono desengañado, que reitera en varios lugares, como la Égloga panegírica al epigrama del infante Carlos (1631), después de haber solicitado en vano el puesto fijo de capellán del duque:

Tirsi, es desdicha no tener mecenas. Quien lo tuviere de los campos cante o las hazañas del Amor desnudo, o las de Marte, armado de diamante, que yo, como pastor grosero y rudo, iré a llevar el fruto de mis manos, que ingenio sin favor, aunque hable, es mudo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey», de Eduardo Galán (6)

Otros dos personajes a los que dedicaré unas líneas son el capitán Polilla y don Diego. Polilla es un gallardo personaje que se vanagloria de su doble condición de soldado y poeta (una versión ridícula del tópico de «las armas y las letras»); sus palabras iniciales parecen emparentarlo con el clásico miles gloriosus fanfarrón y cobarde, con el valentón de la literatura aurisecular:

Puedo alancear toros, asestar golpes con mi espada a cien soldados y detener en una hora a un montón de pícaros de la ribera del Manzanares sin despeinarme ni un solo mechón de la cabellera. ¡Sabed que en Flandes, de donde no hace ni una semana que he llegado, he vencido en mil batallas al holandés (p. 39)[1].

Soldado bravucónTambién se muestra bravucón en lances amorosos, al decir a la Calderona: «Menos chanza, que os dejaré cautiva de amor con sólo clavar mi mirada en vuestros ojos» (p. 40). Parece que va a ser un personaje totalmente ridículo, al que los demás personajes podrán burlar y hacer trampas. Sin embargo, luego cambia su presentación, y es el único que llega a hacer frente directamente al poderoso rey Felipe IV. En la fiesta de los toros, en la que hace una brillante faena, muestra un estandarte con la divisa «Son mis amores de la comedia» (como el famoso mote «Son mis amores reales» del conde de Villamediana), lo que provoca los celos del rey, que no admite rivales que le disputen el amor de la Calderona. El propio Polilla exclamará que él no se detiene ni ante el rey ni ante Dios. Y cuando Felipe IV le golpee al verlo abrazado a María, tan sólo el respeto cuasi sagrado a la monarquía le hará contenerse para no devolver golpe por golpe.

En cuanto a don Diego, su figura sirve para canalizar el tema de la situación de los judíos y sus graves problemas con la Inquisición española. Es figura que se nos hace simpática desde el principio, al convertirse en uno de los portadores de las ideas de tolerancia y libertad expresadas por el autor. Él será quien dé a Luzmán este bello y valiente consejo: «No pierdas jamás tu libertad» (p. 119).


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

Lope de Vega y las dádivas del duque de Sessa

Ese corte de seda al que aludía en la entrada anterior es uno de los muchos regalos que el poeta recibe del duque, solicitados o enviados por propia iniciativa[1]. No debe extrañar que en una sociedad muy distinta a la de consumo del siglo XXI unos metros de tela o unos litros de aceite tengan su importancia, y se agradezcan a la vez que un beneficio de capellán o un nombramiento para cargos retribuidos.

CasullaLope, en distintas cartas, pide a Sessa una casulla nueva para estrenar en Pascua; agradece el envío de una caja de dulces; pide, «en vez de la seda para calzones y jubón», «diez varas de tirela para una ropa a mi hija, digo nueve y media, y 150 varas de pasamanos»; parodia una poesía de Góngora para reclamar al duque aceite de Andalucía («¡Ay, que al duque le pido / aceite andaluz! / Pues no me le envía, / cenaré sin luz»); agradece el cargo de procurador fiscal de la Cámara Apostólica que ha conseguido por intercesión del duque; y solicita en diciembre de 1621 ayuda para la dote de su hija Marcela, que quiere profesar de monja en las Trinitarias:

Marcela, mi hija, me ha dicho con lágrimas los muchos deseos que ha tenido siempre de consagrarse a Dios, pero que ha de ser tan de veras, que como se quiere desnudar de cuanto es mundo, quiere también descalzarse. Yo he hecho tratar con las religiosas trinitarias su propósito, y ellas, encomendándolo a Nuestro Señor, la reciben. Soy tan pobre como Vuestra Excelencia sabe, pues si no me hubiera socorrido, no viviera, culpa de mi Fortuna u de mi ignorancia. No puedo darle lo que me piden si no me ayuda y favorece Vuestra Excelencia con los mil ducados prometidos, ni me atreviera a suplicarle los asegurara, a no le haber hecho su majestad merced de esa encomienda, donde por ventura tienen parte algunas oraciones y sacrificios. Para Pascua u después queda concertado, y ellas se contentan por afición de entrambos con ese dote, que lo que es ajuar y propinas, con otras circunstancias que llegarán a tres mil reales, yo quiero dárselos, y ojalá que pudiera todo, por excusar a Vuestra Excelencia deste cuidado cuando tiene tantos. Hase de hacer escritura el día que entre para el que haga profesión, que es tiempo de un año. Si Vuestra Excelencia, señor mío, quiere hacerme este bien, podrá en dos tercios señalados en sus alimentos, u donde tuviere gusto, para que desde el año de 22 al de 23 esté cobrado, y ella quede a ser capellana toda su vida a Vuestra Excelencia y del conde mi señor; que bien creo que lo sabrá hacer quien ofrece a Dios dieciséis años, ni feos ni necios, y a tanta descalcez y penitencia, cuando las doncellas deste tiempo se inclinan a otros regalos. Alberto de Ávila tratará esto a boca con Vuestra Excelencia, que yo no me atrevo, por no obligarle con mi presencia a que no haga su gusto. En cuya cabeza se puede hacer la escritura o traer el desengaño, que después de lo que se pide, es el mayor beneficio; por el cual, Excelentísimo Señor, celebraré mientras viviere el nombre, la grandeza, la piedad y el valor de Vuestra Excelencia, tan hijo de su ilustrísima ascendencia y sangre. Y Dios pagará a Vuestra Excelencia esta limosna hecha a un hombre de bien y a una doncella güérfana, con la vida larga y aumentos de estado que Él puede y todos le deseamos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey», de Eduardo Galán (5)

Retrato ecuestre de conde-duque de Olivares, por VelázquezComo ya anticipaba, Eduardo Galán carga las tintas en el retrato de Olivares, presentado como un alcahuete del rey: él es quien le proporciona amigas para distraerlo y poder gobernar a su antojo, enriqueciéndose sin tasa y alimentando su desmedida ambición de poder. Pronto comienzan a acumularse los adjetivos negativos, que le aplican todos los personajes. Doña Elvira lo califica de «ladino», y el embajador francés indica: «Te digo que distrae al rey con amigas y cacerías para mantenerle ignorante de sus planes» (p. 42; cfr. también las pp. p. 65, 67 y 87: «es el Valido quien, como buena alcahueta, le celestinea damas, mancebas y mujercillas de toda condición», confirma Madre Apolonia)[1]. El pueblo le llama rufián y sinvergüenza, don Diego ve en él un «fullero malnacido» y un «rufián» (pp. 50 y 51)… Sus robos y su ambición desmedida (pp. 83 y 84) auguran un mal final para el valido; cuando don Diego se lamenta: «Olivares sólo busca enriquecerse a costa de nosotros. Y a fe, que acabará amasando una fortuna inmensa. ¿Quién podrá detener su ambición si él gobierna sin temor a perder su Privanza?», responde Luzmán: «Algún día perderá el poder, señor. Y ese día habrá justicia. ¡Vive Dios!» (p. 84). También la reina doña Isabel manifiesta sus quejas a Madre Apolonia:

¡Olivares, siempre Olivares! ¡Ha urdido tal red de intereses y negocios entre los Grandes de España y los Capitanes Generales que nadie se atreve a discutir su privanza!» (p. 87). Y más adelante se repite el mismo lamento: «¡Olivares! ¡Siempre Olivares! (p. 94).

El rey es el único que lo aprecia (cree que es «extremadamente trabajador y honesto», p. 94), sin darse cuenta, como todos los demás, de que ha adquirido bienes y fincas sin cuento a costa del erario público. Por eso Luzmán insiste en calificarlo como «el mayor rufián de estos reinos» (p. 108). El Conde-Duque protege a los judíos a cambio del dinero de sus banqueros lisboetas: pero saben que su protección es ficticia, pues en cuanto dejen de proporcionárselo, los mandará a la cárcel o a la hoguera. Respecto a sus manejos diplomáticos, se dice de él que es un «maestro de emboscadas» (p. 119), capaz de mantener un doble juego con Inglaterra y Francia a cambio, claro, de poner en peligro la estabilidad y los intereses de España. Don Diego previene a Luzmán: «Desconfía de Olivares, pues sólo la sed de poder y la ambición de gobernar eternamente sin temor a caer le mueve a obrar sin conciencia ni sentido del deber» (p. 119). Como vemos, su figura queda reducida a la de alcahuete del rey, desvergonzado y pícaro ladrón, y político caracterizado por su doblez. Acierta Fernández Insuela al comentar que su función es similar a la de Pepe el romano en La casa de Bernarda Alba: en ningún momento está presente en escena, pero su figura condiciona el comportamiento de todos los demás personajes.


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

Lope de Vega, alcahuete del duque de Sessa (2)

Las tercerías de Lope le provocarán un grave dilema cuando se ordena sacerdote, y el confesor le niega la absolución si sigue prestándose a semejante oficio[1]. En el verano de 1614, probablemente, escribe una carta bastante patética en la que se muestra preocupado por la negativa del confesor y suplica al duque que lo releve de ocupaciones semejantes, lo que no parece complacer a Sessa:

Yo hablé a aquella persona, Señor Excelentísimo, y me dijo resueltamente buscase otro confesor con tanta cólera como si le hubiera dicho que fuera hereje: suplico a Vuestra Excelencia no crea de mí que por menos rigor dejara de serville: para prueba desta verdad lo será el mandarme cosas que no excedan de mi propósito, que la misma sangre de mis venas es corto encarecimiento. […]

Este papel había escrito a Vuestra Excelencia, que viendo el suyo, que me dieron partiéndome con este fraile sobrino mío a acompañarle, le vuelvo a suplicar a Vuestra Excelencia, por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda, ni le parezca que es pequeño pecado haber yo sido el conservador desta amistad, y causa de que mi señora la duquesa pierda ahora a Vuestra Excelencia por tanto tiempo como propone ausentarse, que es rigor grande que me escriba que hago mi gusto: yo no hago sino el de Dios; y si esto es sin duda, será también el de Vuestra Excelencia. Esta palabra le di en mi confesión general: lo más tiene conquistado Vuestra Excelencia; no me ha menester a mí, a quien yo he servido de día y de noche en todo lo que Vuestra Excelencia me ha mandado, sin acudir a mí mismo, por no faltar un punto a su gusto. […] Yo no he engañado a Vuestra Excelencia, que ha muchos días que le dije la causa, y éstos no son escrúpulos, sino pecados, para no hallar la gracia de Dios, que es lo que yo agora deseo. Vuestra Excelencia lo mire, por Dios y por su Santísima Madre, como príncipe cristiano y señor tan generoso, y me perdone si en esto no le sirvo, que Vuestra Excelencia no aventura nada, y yo, el estar en pecado, siendo causa de que se hagan muchos.

El final de la carta, aún más triste, se refiere a un corte de seda que Lope finge rechazar, pues no ha cumplido los encargos del duque, aunque subraya que Bermúdez, administrador de Sessa, le ha traído la mitad de lo que decía, y en todo caso se guarda la tela hasta que el duque disponga, sin duda con la esperanza de quedársela:

Bermúdez, contra mi voluntad, envió aquí no sé qué seda, aunque no la mitad de lo que él decía; Vuestra Excelencia vea a quién quiere que se dé que la merezca mejor que yo, pues yo no le he servido como quisiera. Guarde Dios a Vuestra Excelencia muchos años.

Seda


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey», de Eduardo Galán (4)

Isabel de Borbón, por VelázquezDel personaje de la reina Isabel de Borbón también se destaca su belleza (así lo hacen Madre Apolonia y Polilla). Sin embargo, frente a la vitalista Calderona, la francesa es una mujer embargada por la tristeza, ya que no consigue dar un hijo varón al rey. Madre Apolonia comenta que es «generosa y austera, como nuestro pueblo» (p. 55)[1]. Su dama doña Elvira se sorprende de que no tenga amigos o admiradores secretos, pero ella no imita al rey en sus devaneos: «Una reina está obligada a ser esposa fiel y madre ejemplar» (p. 90). Al final del primer acto se rebela tímidamente, trazando un plan para que don Felipe, como rey y como esposo, regrese a Palacio; y al comienzo del siguiente se apresta a jugar sus bazas. Se viste y adorna para estar lo más seductora posible; quiere lucir su belleza en la fiesta de toros para que el rey la desee y pase esa noche, que es el aniversario de sus bodas, con ella. Pero su habilidad no es tanta como la de la cómica, y fracasará en su intento de manejarlo. Por otra parte, no solo como mujer, sino también como soberana es más responsable que Felipe IV, y así lo demuestra al preparar un decreto para que los gobernadores hagan un inventario de los bienes que poseen al comenzar un mandato, de forma que luego se pueda comprobar si se han enriquecido indebidamente[2].


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] El carácter de los hombres no cambia con el paso del tiempo, y aquí podemos ver referencias claras a la realidad española actual.