Carácter épico de «Los de abajo», de Mariano Azuela

Otro aspecto digno de comentario es el carácter épico de la novela de Azuela y la categoría heroica de su protagonista, Demetrio Macías. Giménez Caballero afirmaba que «Los de abajo es cosa auroral, donde la novela se confunde con el poema épico, donde es más bien poema épico devenido novela»[1]. Carlos Fuentes en su artículo «La Ilíada descalza», Marta Portal en la introducción de su edición y Seymour Menton en «Texturas épicas en Los de abajo» insisten en ese carácter cuasi-mítico de la novela. Trataré de resumir los aspectos más destacados relacionados con esta cuestión.

Marta Portal habla del valor universal de Los de abajo. Sabemos que la obra de Azuela se ha convertido en un clásico, un clásico al menos de la novela de la Revolución mexicana. Pese a referir unos hechos situados en un lugar y un tiempo bien determinados, la novela tiene el valor universal de toda epopeya nacional, y le conviene un análisis mítico. Demetrio, el héroe, pasa por un proceso o rito de iniciación, que consta de tres fases: separación, pruebas de iniciación y retorno al hogar. La separación se produce tras el incendio de su casa, que le da la «carta de rebeldía» para actuar (también Martín Fierro decide hacerse gaucho matrero, gaucho malo, una vez que descubre su hogar destruido y su familia dispersa). Demetrio cuenta con un maestro, Cervantes (igual que Aquiles y Ulises reciben las enseñanzas del centauro Quirón). Tras sus primeros triunfos, oye contar el relato de sus hazañas —magnificadas—, tal como ocurre con los grandes héroes clásicos: la fama le precede antes de llegar a los lugares por donde pasa. La Pintada constituiría en la novela el prototipo de la mujer-tentación (Circe, Dido, las sirenas para Ulises), mientras que Camila representaría la mujer-ilusión. Con ellas dos se completa el mitema de la mujer-aventura. Por último, el final atemporal convierte a Demetrio en héroe mítico: con su muerte en el cañón de Juchipila —señala Valbuena Briones— «el caudillo pasa al Olimpo de los héroes».

Revolución mexicanaMenton alude a las continuas referencias a las raíces indígenas, aztecas, del pueblo mexicano, factor que prolonga el tiempo de la novela, aunque sea de forma indirecta, pues la localización cronológica es muy precisa: la acción ocurre en los años 1913-1915. Además, el propio nombre del protagonista es significativo: Demetrio, derivado de Deméter, la diosa de la tierra, de los cultivos, de los cereales. Demetrio sería así, por tanto, el hombre de la tierra (el hombre de maíz de que habla Asturias para el caso de la civilización maya). La novela presenta un hecho de trascendencia nacional y el gran protagonista es el pueblo. Pero de todos esos hombres que se alzan en armas, destaca claramente uno, Demetrio: todos lo aceptan como jefe, todos le siguen sin vacilar, cuando es herido sus lugartenientes se echan «a los pies de la camilla como perros fieles», pendientes de su voluntad. El hecho de que no aparezcan las grandes figuras de la Revolución (Villa, Obregón, Carranza, Zapata…) tiene como fin no ensombrecer o amenguar su figura. Su triunfo coronando el cerro de La Bufa, cuando la toma de Zacatecas, simboliza el triunfo de la Revolución. La fidelidad de sus hombres es la misma que la que sienten los compañeros de Aquiles, Roldán o el Cid. La despedida de su mujer recuerda la de Héctor y Andrómaca o la del Cid y doña Jimena. Cuando regresa, su hijo se asusta al verlo, igual que el hijo de Héctor. La naturaleza, en fin, contribuye con su majestuosidad al engrandecimiento de la figura de Demetrio.

Carlos Fuentes también considera a Los de abajo como una epopeya nacional y la denomina «Ilíada descalza». Comenta su «naturaleza anfibia, épica vulnerada por la novela, novela vulnerada por la crónica». Comenta también el mito del retorno al hogar, como el Cid, como Roldán, como don Quijote. El gran mito de Homero se repite en esta novela, que es una nueva Ilíada, pero Ilíada «descalza». Y ese es un enorme mérito para Azuela, haber sabido forjar un personaje y una historia con aliento épico, pero sin idealizarlos completamente, mostrando también sus aspectos negativos, sus errores y vacilaciones, sus hechos contradictorios. Escribe:

Esta es nuestra deuda profunda con Mariano Azuela. Gracias a él se han podido escribir novelas modernas en México, porque él impidió que la historia revolucionaria, a pesar de sus enormes esfuerzos en ese sentido, se nos impusiera totalmente como celebración épica[2].


[1] Cito por Jorge Ruffinelli, «La recepción crítica de Los de abajo», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 198.

[2] Carlos Fuentes, «La Ilíada descalza», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. XXIX.

«Los de abajo»: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (y 6)

Nos acercamos al final. Demetrio regresa a casa y se encuentra con su mujer. Ella le pide que no se vaya y surge la pregunta inevitable: «¿Por qué pelean ya, Demetrio?». La respuesta es conocida. Demetrio arroja una piedra al fondo del cañón y dice: «Mira esa piedra cómo ya no se para…» (p. 207)[1]. Después solo queda la emboscada y la muerte, primero de sus hombres, por último de Demetrio: «Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…» (p. 209).

José Clemente Orozco, "La trinchera"

Como indica Francisco Monterde, las obras de Azuela escritas entre 1913 y 1922, entre las que se cuenta Los de abajo, «reflejan los choques del idealista con la realidad y el consiguiente desencanto al ver que ésta le defrauda»[2]. Manuel Prendes, por su parte, escribe:

En su conjunto, el narrador y los personajes transmiten una clara ambigüedad en cuanto al código de valores de la Revolución, defendidos por la novela, huyendo del esquematismo de buenos-malos y mostrando (sin juzgarlo) el desajuste entre los principios originales de la lucha y sus motores efectivos.

En definitiva, se transmite un fatigado mensaje de desencanto: Azuela no es ni mucho menos antirrevolucionario, pero sí mantendrá siempre una posición crítica ante los caminos que adoptó el movimiento, cada vez más desviado del inicial entusiasmo maderista que se lanzó en su día a la militancia política y a seguir, como tantos de «los de abajo», las rutas de la Revolución[3].

El propio novelista dejó escrito: «Nuestro gran error no consistió en haber sido revolucionarios, sino en creer que con el cambio de instituciones y no la calidad de los hombres llegaríamos a conquistar un mejor estado social»[4]. Efectivamente, el mal no está tanto en unos sistemas determinados, sino en el corazón de cada hombre… He hablado a lo largo de varias entradas de desilusión. ¿No queda ninguna puerta abierta para la esperanza? La novela no lo dice explícitamente, pero Marta Portal cree hallarla en el hijo de Demetrio, en la joven generación que ha de construir el futuro. Cuando Demetrio habla con su mujer se fija, en efecto, en las facciones del niño: «Y su corazón dio un vuelco cuando reparó en la reproducción de las mismas líneas de acero de su rostro y en el brillo flamante de sus ojos» (p. 206)[5].

El sueño de la Revolución. La desilusión al comprobar el fracaso de sus objetivos. Cierta esperanza, quizá, para el futuro. Esos son los temas principales de la novela. Existen otros, pero menos importantes. Por ejemplo, el de la violencia, la crueldad y la muerte, subordinado al tema de la Revolución. Como hace notar la crítica, todas las escenas de la novela están teñidas por la violencia, salvo los episodios que ocurren en la ranchería de Camila: la recuperación de Demetrio tras ser herido constituye un breve remanso de la acción. Otra idea interesante que requeriría un análisis más detenido es la sugerida por Mónica Mansour de que todos los personajes corrompidos proceden de la ciudad, mientras que los nobles y sinceros son los campesinos, «pobres y derrotados, pero dignos como aztecas»[6]. Otros temas serían el tratamiento de la naturaleza, grandiosa, majestuosa (la función del paisaje es suavizar la impresión que nos dejan las escenas violentas de la Revolución), el caudillismo, el problema religioso, el amor y la mujer, etc.


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Francisco Monterde, introducción a Mariano Azuela, Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, 1958, vol. I, p. XIII.

[3] Manuel Prendes, «Los de abajo», de Mariano Azuela [guía de lectura], Berriozar (Navarra), Cénlit Ediciones, 2007, p. 78. Por su parte, Arranz Lago, que ha analizado el imaginario de la violencia en la obra, señala: «ninguna fuerza es capaz de combatir el movimiento inexorable de la Revolución, sinónimo de espanto, tinieblas y muerte en la segunda y tercera parte de la novela» (David Felipe Arranz Lago, «Azuela y el desasosegante imaginario de la violencia», Castilla. Estudios de literatura, 23, 1998, p. 41).

[4] Citado por Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, p. 77.

[5] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[6] Mónica Mansour, «Cúspides inaccesibles», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 262.

«Los de abajo»: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (5)

Como sabemos, Pánfilo Natera (y con él Demetrio) se une a Pancho Villa, que a la postre resultaría el perdedor (recordemos que también Azuela se unió a ese bando).

Pancho Villa y Pánfilo Natera

Al final, Venancio trae las nuevas de la derrota: «¡Un desastre! Villa derrotado en Celaya por Obregón. Carranza triunfando por todas partes. ¡Nosotros arruinados!» (p. 198)[1]. El loco Valderrama le contesta con escepticismo que él ama la Revolución, no a los caudillos (ya se sabe que los locos, los niños y los borrachos dicen las verdades; quizá por eso incluye Azuela al final de su novela la figura de este “loco” que dice algunas verdades como puños):

¿Villa?… ¿Obregón?… ¿Carranza?… ¡X… Y… Z! ¿Qué se me da a mí?… ¡Amo la Revolución como amo al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es volcán, a la Revolución porque es Revolución!… Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cataclismo, ¿qué me importan a mí?… (p. 198).

Como ha señalado la crítica, la incorporación de Demetrio Macías a las tropas de Natera marca la cima de su fama, convertido ya en mito; luego, comienza el declive; como certeramente ha señalado Manuel Prendes,

a este momento de apoteosis del héroe sigue una progresiva fase declive, cuya clave esté probablemente en su misma incorporación «oficial» a la lucha revolucionaria. El héroe ya no lucha por una causa propia, ha cedido su identidad, asumiendo como auténtica imagen de sí mismo la mitificación que los revolucionarios han hecho de su figura, lo cual es índice de que empieza para él un proceso de degradación que, en última instancia, acaba en su aniquilamiento[2].

Cuando llegan a Juchipila exclama solemne Valderrama: «¡Juchipila, cuna de la Revolución de 1910, tierra bendita, tierra regada con sangre de mártires, con sangre de soñadores… de los únicos buenos!…». Y un exfederal que pasa a su lado completa brutalmente la frase: «Porque no tuvieron tiempo de ser malos» (p. 202). El mensaje de desilusión no puede ser más claro: todos los que entraron en el proceso revolucionario fueron malos; si hubo algún bueno, fue porque no tuvo tiempo de llegar a hacerse malo…


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Manuel Prendes, «Los de abajo», de Mariano Azuela [guía de lectura], Berriozar (Navarra), Cénlit Ediciones, 2007, p. 47. Y en otro lugar añade: «Demetrio Macías, con todas sus virtudes de héroe, demuestra también su falta de ideales, además de ser mujeriego, bebedor y hasta cruel» (p. 71).

«Los de abajo»: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (4)

Revolución mexicanaPero sigamos con la escena de la batalla. Poco después nos indica el narrador, refiriéndose a Solís: «Su sonrisa volvió a vagar siguiendo las espirales de humo de los rifles y la polvareda de cada casa derribada y cada techo que se hundía. Y creyó haber descubierto un símbolo de la Revolución en aquellas nubes de humo y en aquellas nubes de polvo que fraternalmente ascendían, se abrazaban, se confundían y se borraban en la nada» (p. 144)[1]. Entonces es alcanzado por una bala perdida. El idealista Solís, idealista desilusionado, muere, pese a haber permanecido al margen del combate: «Sintió un golpecito seco en el vientre, y como si las piernas se le hubiesen vuelto de trapo, resbaló de la piedra. Luego le zumbaron los oídos… Después, oscuridad y silencio eternos…» (p. 144).

Con la toma de Zacatecas se consigue acabar con el régimen de Huerta. La Revolución ha triunfado, pero la lucha no acaba ahí. Anastasio no comprende lo que ocurre: «Porque lo que yo no podré hacerme entrar en la cabeza —observó Anastasio Montañés— es eso de que tengamos que seguir peleando… ¿Pos no acabamos ya con la Federación?». Y apostilla el narrador:

Ni el general ni Venancio contestaron, pero aquellas palabras siguieron golpeando en sus rudos cerebros como un martillo sobre el yunque. Ascendían la cuesta, al tranco largo de sus mulas, pensativos y cabizbajos. Anastasio, inquieto y terco, fue con la misma observación a otros grupos de soldados, que reían de su candidez. Porque si uno trae un fusil en las manos y las cartucheras llenas de tiros, seguramente que es para pelear. ¿Contra quién? ¿En favor de quienes? ¡Eso nunca le ha importado a nadie! (pp. 194-195).

Sí, deben seguir pelando, ahora entre los propios revolucionarios, para hacerse con el poder. Así se lo comunica Natera a Demetrio: «¡Cierto como hay Dios, compañero, sigue la bola! ¡Ahora Villa contra Carranza!» (p. 191). Pregunta a Demetrio qué le parece, y éste alza los hombros: «Se trata, a lo que parece, de seguir peleando. Bueno, pos a darle, ya sabe, mi general, que por mi lado no hay portillo» (p. 191). Natera le pregunta de parte de quién se va a poner. Pero Demetrio no tiene ideas propias: solo sabe hacer lo que le mandan, no tiene criterios para juzgar cuál de los dos bandos es mejor y no quiere la responsabilidad de tener que tomar esa decisión:

Mire, a mí no me haga preguntas, que no soy escuelante… La aguilita que traigo en el sombrero usté me la dio… Bueno, pos ya sabe que no más me dice: «Demetrio, haces esto y esto»… y se acabó el cuento (pp. 191-192).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo»: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (3)

La desilusión está apuntada ya en unas palabras que el propio Luis Cervantes dirige a Demetrio: «… se acaba la Revolución y se acaba todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre vertida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes» (p. 116) [1]. Pero sus palabras son de nuevo las de un redomado hipócrita. Su comportamiento posterior así lo demostrará: él será uno de esos bribones que se enriquecen y salen huyendo con las ganancias del botín.

Mural "Del Porfirismo a la Revolución" de David Alfaro Siqueiros

En realidad, la verdadera impresión de desilusión nos la ofrece Alberto Solís. Ya cité en otra entrada anterior su comentario acerca de que él pensó la Revolución como una pradera para encontrar finalmente que fue un pantano. Ya vimos que seguía en la Revolución cual «hoja seca arrebatada por el vendaval». Otras palabras suyas completan la sensación de desencanto. Por ejemplo, le dice a Cervantes:

Amigo mío: hay hechos y hay hombres que no son sino pura hiel… Y esa hiel va cayendo gota a gota en el alma, y todo lo amarga, todo lo envenena. Entusiasmo, esperanzas, ideales, alegrías…, ¡nada! Luego no le queda más: o se convierte usted en un bandido igual a ellos, o desaparece de la escena, escondiéndose tras las murallas de un egoísmo impenetrable y feroz (p. 134).

Cuando se produce la toma de Zacatecas, los dos intelectuales contemplan y comentan la batalla desde lejos. Para Marta Portal, ambos personajes «guarecidos del fragor de la lucha, simbolizan la picaresca antiheroica»[2]. También a Valbuena Briones le recuerda esta escena la situación semejante que se produce en la Vida y hechos de Estebanillo González, cuando el pícaro asiste a la batalla de Nordlingen «guardando prudente distancia»[3]. Sea como sea, es el momento en que Solís exclama: «¡Qué hermosa es la Revolución, aun en su misma barbarie!», frase que en las primeras versiones de la novela estaba puesta en labios de Cervantes. Luego añade «en voz baja y con vaga melancolía»:

Lástima que lo que falta no sea igual. Hay que esperar un poco. A que no haya combatientes, a que no se oigan más disparos que los de las turbas entregadas a las delicias del saqueo, a que resplandezca diáfana, como una gota de agua, la psicología de nuestra raza, condensada en dos palabras: ¡Robar, matar!… ¡Qué chasco, amigo mío, si los que venimos a ofrecer todo nuestro entusiasmo, nuestra misma vida por derribar a un miserable asesino, resultásemos los obreros de un enorme pedestal donde pudieran levantarse cien o doscientos mil monstruos de la misma especie!… ¡Pueblo sin ideales, pueblo de tiranos!… ¡Lástima de sangre! (p. 143).

De hecho, las dos retahílas de confesiones del «yo robé» y del «yo maté» constituyen dos pasajes muy significativos de la novela.


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, p. 52.

[3] Ángel Valbuena Briones, Historia de la literatura española, tomo V, Literatura hispanoamericana, Barcelona, Gustavo Gili, 1969, p. 365.

«Los de abajo»: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (2)

Revolución mexicana (Orozco)Luis Cervantes se encarga de dar cierta solemnidad a las ideas de Demetrio y sus hombres, convirtiéndose así en el ideólogo de la Revolución: «La Revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres…» (p. 99)[1]. En una ocasión brinda «por el triunfo de nuestra causa, que es el triunfo sublime de la Justicia, porque pronto veamos realizados los ideales de redención de este nuestro pueblo sufrido y noble, y sean ahora los mismos hombres que han regado con su propia sangre la tierra los que cosechen los frutos que legítimamente les pertenecen» (p. 133). Cuando Demetrio es ya general, Cervantes le explica:

Nosotros no nos hemos levantado en armas para que un tal Carranza o un tal Villa lleguen a presidentes de la República, nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por el vil cacique… (pp. 165-166).

Pero todas sus palabras, dichas delante de los demás, no son sino pura demagogia. Cuando se queda solo y el narrador omnisciente nos ofrece sus reflexiones interiores, podemos ver que tales ideales no son verdaderamente sentidos por Luis Cervantes. En realidad, lo único que le interesa es estar en el bando del vencedor: «¿Sería verdad lo que la prensa y él mismo habían asegurado, que los llamados revolucionarios no eran sino bandidos agrupados ahora con un magnífico pretexto para saciar su sed de oro y sangre? […] Revolucionarios, bandidos o como quiera llamárseles, ellos iban a derrocar al gobierno, el mañana les pertenecía, había que estar, pues, con ellos, solo con ellos» (p. 101). Cervantes es, no hay duda, de los de «Viva quien vence».


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

«Los de abajo»: Demetrio Macías o el desencanto de la Revolución (1)

Demetrio entra en la Revolución por las injusticias contra él cometidas, no por la defensa de unos ideales superiores, que no posee. Luis Cervantes será quien lo aleccione al respecto. Pero la primera vez que hablan, cuando el curro es capturado, se produce este significativo diálogo:

—Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero correligionario…

—¿Corre… qué? —inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.

—Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que ustedes defienden.

Demetrio sonrió:

—¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Luis Cervantes, desconcertado, no encontró qué contestar (p. 93)[1].

Demetrio le explica a continuación sus causas para entrar en «la bola» (pp. 113 y ss.): el enfrentamiento con el cacique don Mónico. Sus palabras, que no voy a copiar aquí, revelan su total desconocimiento de la situación en el resto del país. Demetrio conoce tan solo lo suyo, la realidad más cercana. Su único deseo es que ya nadie le moleste para poder abandonar la lucha: «No quiero yo otra cosa, sino que me dejen en paz para volver a mi casa» (p. 115).

Revolución Mexicana

Luis trata de hacerle comprender que existen otros intereses por los que luchar aparte de los personales, los que se elevan de lo particular a lo general:

Usted no comprende todavía su verdadera, su alta y nobilísima misión. Usted, hombre modesto y sin ambiciones, no quiere ver el importantísimo papel que le toca en esta revolución. Mentira que usted ande por aquí por don Mónico, el cacique, usted se ha levantado contra el caciquismo que asola toda la nación. Somos elementos de un gran movimiento social que tiene que concluir por el engrandecimiento de nuestra patria. Somos instrumentos del destino para la reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un asesino miserable, sino contra la tiranía misma. Es lo que se llama luchar por principios, tener ideales. Por ellos luchan Villa, Natera, Carranza, por ellos estamos luchando nosotros (pp. 116-117).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.