La Navidad de los poetas navarros: final

La lista de poetas navarros que han cantado —y siguen cantando en nuestros días— el nacimiento de Cristo podría ampliarse largamente; pero hoy, con la festividad del Bautismo de Jesús, termina ya el ciclo litúrgico de la Navidad y convendrá cerrar igualmente con algunos nombres últimos esta serie de «La Navidad de los poetas navarros», complementaria de la anterior «La Navidad en las letras españolas».

Bautismo de Jesús

Varios poemas navideños tiene, por ejemplo, Carlos Baos Galán. De entre los que incluye Arbeloa en su antología, recojo el titulado «Coplas para andar por la Noche de Belén»:

A este lado del mundo,
en esta orilla
donde el hombre se encuentra
sin lejanías…
En esta orilla
Belén es cielo abajo
y tierra arriba.
Un pobre establo
redime en el sendero
leguas y años.
Un aire, erguido
de promesas cumplidas,
riega el sentido.
Y el horizonte
diluvia cercanías
de Dios y el hombre.
Todo es un huerto,
un caudal de raíces
de amor entero.
Frío encendido
por pastores y ángeles
amanecidos.

… En esta orilla
donde el hombre se encuentra,
Belén respira.
Respira siglos
de sangres arribadas
a su destino.
Sobre la rosa
de los vientos que marca
rutas sin sombra.
La vida empieza
a tener argumento
de vida nueva.
De alta palabra
en el mástil del tiempo.
Sonido de agua.
De agricultura
de trigo pregonado
desde la altura.

… En esta orilla,
la paz nace entre pajas
y no termina.

                        En esta orilla
del mundo, Belén arde
muertes vencidas.
Todo se alza
junto al Niño, a la sombra
de la esperanza.
Y todo es bueno
en la noche, entre el gozo
de lo más cierto.
… Entre el caliente asombro
del pensamiento.

Blanca Urabayen, en su libro Besos de otoño. Relatos y poesía (Estella, 2000), da entrada a algunas narraciones navideñas («Navidad, paisaje y poesía», «Navidad en la portada») y también a dos composiciones poéticas tituladas «Navidad lejana, feliz Navidad» (evocación de la Navidad de una «vieja chapada a la antigua») y «Caminando la Navidad» (reflexión lírica sobre la puntual cita de esta gozosa Fiesta, que cada año viene «preñada de gloria y de gracia celestial»).

Recordaré que otro poeta y pintor navarro, Alfredo Díaz de Cerio, tiene reunidas sus composiciones navideñas bajo el título De Navidad a Nochevieja. Copio aquí la primera parte de su poema «La otra Navidad»:

Ha crecido la Navidad en nuestras manos. Ha crecido
como una rosa de oro en el techo del mundo,
como una flor transparente y lejana en la ciudad
que amé, que amamos en los días de invierno.

Navidad, niño perdido entre la nieve mansa
de diciembre. Teníamos entonces
la edad primera de los campos —ese leve verdor
de alguna rama todavía frutal y misteriosa—.
El musgo nos hacía cosquillas en los dedos y madre
olía a mazapán y fuego lento, y todas las preguntas
volaban a sus ojos por un camino lleno
de luces amarillas y manteles en flor.

Mira, todavía tintinea en los cielos la luz
que acarició mi infancia; todavía escribe alguien
una postal desde muy lejos con palabras de humo
y dibuja en la arena la huella de mis pasos.

En fin, terminaré mencionando a Ángel de Miguel, poeta castellano-navarro afincado en Estella, quien nos brinda un precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache»:

Villancico líquido,
la Fuente de Irache:
Navidad sonora
del Niño que nace.
Música del agua
que a estrellas nos sabe,
a Jesús le suena
a nana de Madre.
Murmullo del vino
en zambomba suave,
los astros se embriagan
con la luz del Padre.
El agua y el vino:
la Fuente de Irache;
Jesús y María,
siempre manantiales.

La Navidad de los poetas navarros: Jesús Górriz Lerga

Otro poeta que se ha acercado con fina sensibilidad al tema navideño es Jesús Górriz Lerga —quizá su nombre, Jesús, le predispone a ello, como a los “Ángeles” que mencionaba en una entrada anterior—. En efecto, tiene todo un libro, del año 1994, dedicado a este asunto, de bello e ilustrativo título: Memorial del gozo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Además de mencionar algunos títulos de poemas tan sugerentes como el «Villancico del payaso que adoró al Niño en representación de todo el circo» o el «Villancico del hombre del siglo XX», quiero copiar el titulado «Villancico del anuncio gozoso», que dice así:

¡Echa pregón, pregonero;
grita tu pregón de gloria!

Que despierte el mundo entero
y reviva la memoria
al son de la Buena Nueva.

¡Echa pregón, pregonero,
mientras la tierra se nieva
y en el frío de la cueva
nos nace el Dios verdadero!

(Ya el arcángel mensajero
lo anunció con su mensaje,
a los pastores primero,
y al resto del paisanaje…)

¡Grita el pregón, pregonero,
y desborde la alegría
este anuncio que nos llega
entre las claras del día:
LA VIRGENCICA MARÍA
HA DADO A LUZ, EN BELÉN,
A JESÚS, EL DIOS HERMOSO…

Belén es maravilloso
por los siglos de los siglos,
amén.

También podemos recordar su «Villancico del vagabundo»:

¿No había posada
para ti en Belén…?
No me extraña nada:
a los vagabundos
nadie quiere bien.
Pero eso… ¿qué importa?
En este portal,
si bien se le mira,
no se está tan mal…
Y eso que la noche
va en nuestro favor
y llena de estrellas
todo alrededor.
¿No había posada
para ti en Belén…?
Te lo dije antes:
a los caminantes
nadie quiere bien.
Ya voy viendo claro.
¿Tú has venido al suelo,
y vienes de arriba,
nacido del cielo?
¡Bienhaya la dicha
de nacer en cueva!,
que es cosa de pocos
—y que no se lleva—.
La brisa acaricia
el sueño del hombre
que va por el mundo
sin lucir su nombre.
¿No había posada
para ti en Belén…?
¿Y nadie le dijo
a tu madre… ven?
Yo tampoco tuve
sitio en el mesón.
Cosa que me alegra
ya, de corazón.

La Navidad del vagabundo

En fin, de ese mismo poemario es el «Villancico del corolario que resume el gozo», que constituye una  lograda síntesis poética de la esencia de la alegría de la Navidad:

Amorosamente Dios
Verdaderamente vino
Hermosamente al portal
Indefensamente niño.
Felizmente nos nació
Gozosamente en Belén
Silenciosamente Dios
Rematadamente bien.

Ya en 1968, Górriz había publicado en la revista Pregón unos «Gozos para entonar en la Nochebuena», de influencia clásica, tal vez guilleniana, al decir de Arbeloa:

¡Aleluya, aleluya,
que floreció el tomillo!
Nace Dios en Belén
y el mundo tiene brillo.

¡Aleluya, aleluya,
toda la nieve es hielo!
El establo perdido
cobra fulgor de cielo.

¡Aleluya, aleluya,
el agua de la fuente
sabe a mieles y a vino
de modo permanente!

………

¡Aleluya, aleluya,
los Tres Reyes de Oriente
adoran al Dios Niño
y se pasma la gente!

¡Aleluya, aleluya,
la noche se ha incendiado!
La voz suena a concierto,
el aire huele a nardo.

¡Aleluya, aleluya,
se apaga el Nacimiento!
Pero lo vemos todos
claramente por dentro.

Podemos recordar por último su «Romancillo de la Natividad del Señor», «casi familiar, de puro clásico», de nuevo en palabras de Arbeloa:

A la media noche
se inundó el Portal
de luz y aleluyas
y olor celestial.

Dios era nacido
en carne mortal
de Santa María,
Madre Virginal.
A la media noche,
toda de cristal…

Trajeron panderos
Florencio y Pascual,
flautas y rabeles
trajo cada cual,
con gran alborozo
de tan buen Zagal.

A la media noche,
entre el palmeral
que a la vieja gruta
sírvele de umbral,
Dios era nacido,
en carne mortal,
de Santa María,
Madre sin igual.

Fue cosa de puro
gozo elemental…
A la media noche
Dios vino al Portal.

La Navidad de los poetas navarros: Víctor Manuel Arbeloa

A Víctor Manuel Arbeloa hay que recordarlo en este recorrido por la Navidad de los poetas navarros en un doble sentido. Por un lado, es autor de dos poemarios de tema navideño: Dios es hombre para siempre: cantos y llantos de Navidad (Salamanca, Sígueme, 1966) y Nuevos cantos y llantos de Navidad (Estella, Verbo Divino, 1977), que fueron reunidos después en un solo volumen titulado Toda la Navidad (1989). Por otra parte, ha recopilado un libro antológico sobre La Navidad en la poesía navarra de hoy (Pamplona, edición del autor, 1987), muy útil para quien quiera profundizar en la lectura de otros poemas. En fin, más tarde volvió a recoger algunos poemas navideños suyos en La otra Navidad (Estella, Verbo Divino, 1993).

Arbeloa es, en efecto, un escritor importante para el tema que nos ocupa, pues con sus obras vino a renovar el panorama de la poesía navideña, no solo en el ámbito navarro, sino en el conjunto de la poesía española. Cabe destacar, en muchos de sus poemas, la mezcla de la Navidad con una clara temática social, como reflejan los títulos de Nuevos cantos y llantos de Navidad: «Villancico a Rafael Alberti», «Entre el frío y el hambre», «Navidad en las chabolas», «Réquiem navideño por el Che Guevara», «Casas de Sicilia», «Guerra entre judíos y árabes», «Los magos del petróleo», «Villancico al P. Camilo Torres», «Canción del niño pastor», «Muchachitos de Praga», «Los niños de Extremadura», «Belenes del siglo XX», «Elegía a Martín Lutero King», «Letrilla al soldado norteamericano en Vietnam», etc. (el libro, lo recordaré, no pudo publicarse hasta 1977, y esa era la época complicada de los primeros momentos de la transición hacia la democracia en España).

En el comienzo del «Villancico del pozo del tío Raimundo» (una conocida población suburbial madrileña) leemos:

Los pastores son muy claros,
los ángeles muy oscuros,
el cielo se llama tierra,
los caminos van sin rumbo
hacia chabolas de latas,
de viento y de barro duro.
Los Magos son las quinielas,
el sueño, el vino y el fútbol.

Los inocentes del Sur
aquí buscaron refugio,
huyendo de los Herodes
con corazones de puño
que van siguiendo a los pobres
con sus anillos de pulpo.

Navidad en la chabola

Arbeloa canta también la Navidad del dinero y el poder:

Dios ha nacido
en la Wall Street.

El dios del dólar
y de Caín.

Le cantan nanas
Ian Smith,
los banqueros de Londres
o de Madrid.

Cien mil marines
con su fusil.

O vierte sus preocupaciones sociales en letrillas cáusticas como estas:

Obrero,
¿te han puesto en este belén
para tocar el pandero?
¡Qué bien!

… … …

Un poco más de valor,
mi señora sensiblera.
¿Era el establo peor
que el cuarto de la portera?

La idea de que las cosas deben cambiar, de que hay que hacer algo más que dar besos, la encontramos al comienzo del poema «Cancionero muy real de Navidad», donde leemos esta versión de un célebre villancico:

San José al Niño Jesús
un beso le dio en la cara,
y el Niño Jesús le dijo:
—Con besos no arreglas nada.

En otros poemas se repite un estribillo sorpresivo:

¡Déjenlo crecer!
«Este niño hermoso»
les dará que hacer.
No es tan delicioso
como algún meloso
puede pretender.
¡Déjenlo crecer!
Entonces veremos
lo que muchos “buenos”
le harán padecer.
¡Déjenlo crecer!

A veces el poema adopta la forma de nana para dormir al Niño:

Duerme, paloma blanda,
panal de nieve,
estrella recortada,
luna creciente.

… … …

Antes de que los hombres
que no te quieren
quieran verte despierto,
mi Niño, duerme.

Que tu madre te guarda
senos calientes
y unos besos de virgen
cuando despiertes.

O bien, se anticipan en los versos dedicados al nacimiento los sufrimientos de la Pasión, como era tradicional en este tipo de poesía en la época clásica:

Como las ramas
del pino
son los dos brazos
del niño.

Redondas
como los clavos
tiene mi niño
las manos.

Generosa y dócil
como una tabla
tiene mi niño
la espalda.

En definitiva, Víctor Manuel Arbeloa es uno de los poetas navarros que más y mejor contribuyeron a renovar el panorama de la poesía navideña, y lo hizo utilizando múltiples y variados registros, que van desde los más tradicionales a otros modernos, como la inclusión en sus poemas de la problemática social española de los años 70.

La Navidad de los poetas navarros: José María Pérez-Salazar

Capítulo aparte merece José María Pérez-Salazar, periodista pamplonés nacido en 1912. Está también muy vinculado al núcleo de Pregón, en cuyas páginas, en la Navidad de 1948, publicó un hermoso romance del más puro estilo villancístico, en el que emplea dos rimas distintas:

La buena noche es llegada,
pastores, la Noche Buena.
Ya alumbra largos caminos
lumbre de largas hogueras,
y canta el cielo luceros
y canta limpias estrellas.
Ya cantan ríos y fuentes
rumor de las aguas nuevas;
cantan, alegres de pájaros,
los árboles y las selvas,
y canta flores de Virgen
el prado de nieve fresca.
¡Venid, pastores, al alba,
que el Alba se hizo pureza!
Caminos son de Belén
los que a maravilla llevan.

La Virgen lava pañales
en lo más hondo del río
mientras San José los tiende
en un romero florido…
Estaban las aguas limpias
más que estuviera el rocío,
y el Niño estaba llorando,
porque el Niño tiene frío.
Ya tejieron las estrellas
un paño de lienzo fino
en los telares del cielo,
y un ángel se lo ha traído.
—¿Adónde vas, el pastor,
por este largo camino?
—Voy al Portal de Belén.
Voy a adorar a ese Niño.

En Pregón, invierno de 1952, salió este lindo y musical romance de estructura paralelística, recogido más tarde en su libro Caminos de la tarde (1992):

Bien haya, que el Niño duerme.
Bien haya, que está dormido.
Ríen las flores, bien haya,
con el temblor del rocío.
Bien haya, que duermen, duermen
las sendas y los caminos
que a Ti conducen, bien haya,
y en Ti despiertan dormidos.
Bien haya, porque tu sueño
es el alba que ha venido.
Campanas blancas, bien haya,
que las mueve el Niño, Niño,
¡ay, con sus manos, bien haya,
y es el silencio el sonido!
Bien haya quien oye, oye,
este su toque infinito.
¡Campanas de Dios, bien haya!
¡Bien haya quien las ha oído!

Campanas de gloria que pregonan el gozo de la Natividad del Señor. Para Arbeloa, «el poema transcrito es una especie de saludo gozoso a toda la creación que rodea al Nacimiento dentro de la mejor tradición bíblica»[1]. Un año más tarde, en 1953, publica Pérez-Salazar el soneto «Carne de Dios»:

Carne de Dios venida a creatura
concebida en la luz de la pureza,
cuando la voz del ángel llama y reza
«Dios te salve», porque eres la más pura.

Ya el rigor de la noche te asegura
un aterido trono en la pobreza,
pues se cerró la puerta con fiereza
a que llamaba el cielo con presura.

Senda de ingratitud amarga y fría
en riguroso hielo así cerrada
a quien el sol enciende. Dios venía

y el parto de la luz no halló morada
mientras la voz del cielo repetía:
«Llamé, pero no oíste mi llamada.»

Además, gracias a la generosidad de su hija, la Prof.ª Carmela Pérez-Salazar, del Departamento de Filología de la Universidad de Navarra, puedo ofrecer la transcripción de algunos otros poemas navideños suyos, sonetos no recogidos en ninguno de sus libros[2], como el titulado «Palmera»:

Grácil copa del viento. Seno. Cuna
donde duerme la noche y nace el día,
donde se mece el sol. Epifanía
de todas las estrellas hechas una.

El aire tiene sal; la brisa, espuma,
y sueñan mil espadas, en porfía,
un combate de luz sin agonía,
herida el alba en éxtasis de bruma.

No te vayas, amor. Goza la suave
aventura de verte traspasado
por un dardo velero. Sueño. Nave

donde navega un eco sosegado
hecho distancia que disputa al ave
un vuelo quieto, eterno, inacabado.

Otro lleva por título «Cuna de aurora»:

Así, como rocío en una rosa
—cuna de aurora, luz enamorada—,
esta carne de Dios, nueva y rosada,
pura, a la vez, como ninguna cosa.

Aquí, María. El alma le rebosa.
Y José, el carpintero. Su mirada,
presa de amor, humilde, sosegada
en la quietud de noche rumorosa.

¡Ya se anuncia, Señor, un alba clara
al pastor, a la oveja y al sendero!
¡Ya crepita la luz sobre la jara!

¡Qué despertar de espliego y de romero!
¡Qué júbilo de estrellas se dispara!
¡Qué tierna la presencia del lucero!

Rosa blanca con rocío

De gran belleza son los dos tercetos que cierran el soneto, donde también se pregona el alba —el nacimiento— de Dios. Vemos además cómo algunas imágenes y metáforas se reiteran en estos poemas para nombrar a la Virgen y al Niño nacido: Alba, Sol, Lucero, etc. Otro soneto, sin título, dice así:

Ríe José. Está junto a María,
con el gozo saltándole en el pecho.
Y ríe el Sol, ya cuna, fuego, techo,
convidando de luz a la alegría.

Ríe el pastor. La noche estalla en día.
La tierra siente fruto en el barbecho.
Los caminos del alba se hacen lecho
de la primera huella en nieve fría.

Maravillosamente se abre el cielo.
Una legión de Dios se asoma y canta,
llamando a gloria, júbilo y promesa.

¡Oh, celestial asombro en noche santa!
Cuando todo es amor, vida y anhelo
en blanco despertar de aurora ilesa.

Y uno más, también sin título, pero fechado en 1990:

Con el alba mecida entre sus manos
la Virgen hizo blancos los caminos,
alumbrando de pasos peregrinos
la distancia, los montes y los llanos.

Se juntaron inviernos y veranos
en unidad de rumbos y destinos.
Y se escucharon ecos, ya divinos,
en la noche de paz de los arcanos.

La Virgen, entre tanto, sonreía
en la quietud, la gracia y la dulzura
que acompaña la luz de la llamada.

Era tanto su gozo, su ventura,
que todo ante sí misma parecía
una gran soledad acompañada.

Como hemos podido apreciar, el tema navideño ofrece una recurrencia especial y muy lírica en la poesía de José María Pérez-Salazar.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 38.

[2] Son tarjetas de felicitación navideña, con textos poéticos de José María Pérez-Salazar ilustrados con dibujos de su hija Carmela Pérez-Salazar.

La Navidad de los poetas navarros: el entorno de «Pregón»

Seguimos todavía en tiempo litúrgico de Navidad (tras la Natividad y la Epifanía, queda todavía la festividad del Bautismo de Jesús), y continuamos, por tanto, con el examen de la Navidad de los poetas navarros.

Un núcleo importante de poesía navideña va a publicarse en la revista Pregón (años 40-70) o por parte de escritores de su entorno. Así, Faustino Corella Estella tiene un poema de 1951, «En Belén está ese cielo», cuyos versos finales rezan así:

En Belén está ese cielo
donde el día se hizo noche,
carne infantil de esperanza
y el Hijo de Dios es hombre.

Más tarde este autor publicó todo un libro de Villancicos. Temas navideños (Pamplona, Gráficas Areta-Amondarain, 1961).

José Díaz Jácome (periodista natural de Mondoñedo, pero afincado en Pamplona) publica en el número de Navidad de 1946 de Pregón una composición con huellas de la poesía tradicional gallega:

La Virgen goza tibias
perlas de llanto.
El Niño resplandece
—flor de milagro—.
San José, pensativo,
lo está mirando.

—Cala, ña xoia,
Rey de la Gloria.

En el establo huele
a romería.
Los pastores, que traen
fiesta de esquilas,
están diciendo al Niño
su melodía.

—Durme, meniño,
Clavel cautivo.

Se ha parado la dulce
gracia del trino.

Solo canta el silencio
con voz de nimbo.
El latido de todo
llora de frío.

—Pecha a boquiña,
Rey de la Vida.

Sube, sube, glorioso
como un incienso,
el aliento del buey
hacia los cielos.
Las alas de un querube
le dan más vuelo.

—Pecha os ollinos,
Cordero mío.

Perlas de llanto

En el mismo número publica otro «que es una donosura», en opinión de Arbeloa:

En lo alto del otero
hay un nido de pastores.
La nieve cerca a la nieve.
El aire huele a canciones.

¡Ay, río ledo,
dame el escorzo de los corderos!

Cada pastor tiene un sueño,
un rebaño y una flauta.
Cada rebaño, la risa
silvestre de una zagala.

¡Ay, senda amiga,
dame la fiesta de las esquilas!

En la alta noche la estrella
enciende un nuncio gozoso.
La hierba, bajo la escarcha,
llora un íntimo alborozo.

¡Ay, musgo breve,
dame el latido fiel de la nieve!

Por los caminos en fiesta
hay un milagro de flores.
Cantan maitines de gloria
las flautas de los pastores.

¡Ay, dulce alba,
dame la pura luz que nos salva!

El tudelano Luis Gil Gómez saca en Pregón, Navidad de 1965, el romancillo titulado «Cántico de paz», que ofrece esta «encantadora descripción del parto»[1] de María:

La noche azulada
girando su rueda
traspuso el recodo
de las leyes viejas.
En las huecas fosas
de cal y de piedra
movieron sus huesos
antiguos profetas.
Señor San José
descuidó la azuela
y endulzó los ojos
un temblor de abeja.
Señora María,
toda rosa y cera,
se oprimió las manos,
dobló la cabeza
y alumbró un Infante,
la flor de Judea.

Víctor Manuel Arbeloa ha valorado así la producción de estos años:

Hay en toda esta tradición navideña, incluso en la mejor […], demasiados lugares comunes, demasiado tomar a la letra el ámbito geográfico del relato bíblico que se viene arrastrando desde los balbuceos del lenguaje medieval. Todo esto que, en los primeros siglos de la lengua escrita, pareció genuino y nuevo, en los últimos años llega a fatigar y a inutilizar aun los más perfilados logros formales. Hay en todos estos poemas que se escriben en Navarra, igual que en el resto de España, un hartazgo de mieles, una orquesta interminable de flautas y rabeles, un batallón pesadísimo de pastores, que saben, que tocan, que hablan, respectivamente, lo mismo que hace cinco o diez siglos[2].

Sigamos recordando algunos otros nombres: Cástor Olcoz, en su primer libro de poemas, del año 1975, incluye el soneto «La Navidad fenece con el día», que «apunta sin miedo a las varias degradaciones de la fiesta divina y humana»[3]:

La Navidad fenece con el día
si cristaliza en musgo o en abeto
y de Belén apenas es boceto
si toda se disuelve en melodía.

Es hueca y desfasada letanía
transcrita sin pudor en un panfleto
si el mensaje se trueca en un boleto
que promete ilusión de romería.

Y si su voz es solo un balbuceo,
eco senil confuso y estridente
del misterio perenne que refleja,

no hay anuncio real, solo siseo,
ruido ambiental que aturde, solamente,
feria cabal, pregón de nochevieja.

Por su parte, el Padre Valeriano Ordóñez tiene algunas canciones navideñas, como la titulada «Tus ojuelos», bellísima (recogida en el capítulo «Tiempo de Navidad» de su libro Intenta orar cantando, Madrid, 1969):

Tus ojuelos me dicen
que vives de amor,
que lloras como un niño
y amas como un Dios.

Por mirar tus ojos
una estrella nace,
y estrellas del alma
en tus ojos abres.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 43.

[2] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 39.

[3] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 41.

La Navidad de los poetas navarros: Urrutia, Martínez Baigorri y Gaztelu

Más cerca de nuestros días, ya en el siglo XX, el tema navideño ha sido líricamente cantado por numerosos poetas. Por ejemplo, Ángel Urrutia, Ángel Martínez Baigorri o Ángel Gaztelu; ¿y quién mejor que este trío de “Ángeles” para cantar el Nacimiento del Niño-Dios?

Ángel Urrutia publica su primer poema navideño en la revista madrileña Signo (30 de diciembre de 1955):

Reclíname al Infante en la palabra
aunque sea inexacta,
aunque no quepa en ella
el Verbo, pronunciado con las letras
humanas de la carne.

En Navidad de 1969, en la revista Pregón, aparece su «Canción de Navidad»:

Para hacer todo el camino
que hay de mi vida a Belén
he de prenderme en el alma
o una estrella o un clavel.

Oro, incienso y mirra llevo
si llevo un poco de luz:
¿por qué no hacerme yo cuna
en vez de hacerme ya cruz?

Ángeles de oro y pastores
llenarán mi corazón,
porque ya siento en el pecho
un nacimiento de amor.

Lanza aleluyas de gloria
este arco-iris de paz;
la Navidad es por dentro,
por fuera no hay Navidad.

La Nochebuena no es noche
porque está llena de luz.
A todos nos ha nacido
el mismo Niño Jesús.

Adoración de los Reyes Magos

Y un año más tarde da a las prensas otro poema más logrado, el soneto «Paisaje de la Navidad», de cadenciosos endecasílabos:

Sobre un manso pesebre Dios se atreve
a ser carne mortal, a la locura
de hacer con nuestro barro su hermosura
mientras cae el silencio de la nieve.

La noche está de frío. Un Niño mueve
el paisaje del musgo y la ternura;
y saltan villancicos de agua pura
al abrazarse el fuego con la nieve.

Los caminos terminan en la cuna
donde nacen de nuevo los caminos
y se inclinan de gozo las palmeras.

Luz de ángeles colgantes, pozos, luna,
corre un espejo y mueve los molinos,
y los hombres se dicen primaveras.

Por su parte, el Padre Ángel Martínez Baigorri, durante su estancia en Bélgica, concretamente el año 1932, vertió al castellano la letra de un villancico flamenco. Dice así:

Un sol ha nacido en la noche.
—Estrellas, ¿sabéis dónde está?
La estrella del alba decía:
—Su aurora brilló en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Un niño ha nacido en el campo.
No tuvo casa en que nacer,
y el cielo estrellado su manto
le dio a su cuna por dosel.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su padre exclamó: —Salvador.
El Niño sonríe y su pecho
palpita en incendio de amor.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su madre le llama Jesús.
Y luego lo viste de rojo
como ha de subir a la Cruz.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

El cielo calló media hora.
Hermanos, callad y adorad,
que viene vestido de blanco
aquel que nació en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Ponedle por cuna de oro
en llamas vuestro corazón.
Y haced de silencio de amores
para mecerle esta canción:

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Uno de los catorce sonetos de su libro Dios en Blancura (México DF, 1960) es el titulado «La Navidad de Ser», muy conceptual y teñido de misticismo:

Todo se ha reunido en tu Presencia:
mi Memoria de Ayer y mi Memoria
de Mañana me dan este Hoy en gloria
de todo en Ti para habitar mi esencia.

La esperanza de ser es ya existencia
del ser cumplido, y dicha sin historia
todo lo que era sombra transitoria,
ciencia de un hombre en luz de la conciencia.

Par es tu nombre: el mundo se ha olvidado
del suyo y dice Dios en lo que nombra
seres, y en todos nace un Niño tierno.

En todos es, el Hoy de su pasado,
Presente de ese Ser sobre su sombra
y luz Tú en todos de su Día eterno.

En fin, el Padre Ángel Gaztelu incluye el soneto «De cómo el silencio fue sonoro la noche del Nacimiento» en su poemario Gradual de laudes (1955):

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su rocío la Azucena,
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor a cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo,
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo el cielo.

La Navidad de los poetas navarros: Navarro Villoslada

La literatura de Navarra es una literatura, por lo general, muy costumbrista (aunque siempre hay excepciones, por supuesto). En efecto, si revisamos algunos de los temas concretos en que se han inspirado con preferencia los literatos de nuestra tierra, descubriremos por ejemplo que uno de los más fecundos es la descripción de nuestras celebraciones religiosas: un tema casi obligado para muchos autores es el de las fiestas de San Fermín. De la misma forma, también otras festividades religiosas, como la Navidad y la Epifanía o la Semana Santa, han dejado una huella muy clara, en especial en el género de la lírica. Esos tres conceptos —historia, costumbrismo y religiosidad— conforman una visión muy tradicional de nuestra historia literaria. Y siendo esto así, siendo la literatura en Navarra tan tradicional, tan costumbrista y tan religiosa, nada tiene de extraño el hecho de que los autores navarros —navarros por nacimiento, por adopción, por decisión personal, etc.— hayan reflejado con frecuencia las fiestas más señaladas de nuestro calendario, sabiendo captar desde una perspectiva literaria sus diversos aspectos folclóricos, etnográficos, culturales, anecdóticos…

En lo que se refiere a la Navidad, si acudimos al siglo XVII, podemos mencionar entre los títulos que forman la producción escrita del venerable Juan de Palafox y Mendoza un tratado de ascética que se presenta bajo el título El Pastor de Nochebuena. Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios. Por lo que toca a otros poetas navarros del Siglo de Oro, no encuentro el tema concreto de la Navidad. Muchos de ellos son religiosos (Pedro Malón de Echaide, Leonor de la Misericordia, Juan de Amiax, Miguel de Dicastillo, José de Sierra y Vélez, Ana de San Joaquín), y de hecho la poesía ascético-mística abunda entre sus escritos, pero sus temas se centran más bien en otros aspectos religiosos, como la Pasión y Muerte de Cristo, la paráfrasis de salmos bíblicos, etc.

En cuanto al siglo XVIII, ya sabemos que es una época poco dada a las expansiones líricas que escapen del ámbito de la poesía anacreóntica, a lo Villegas y Meléndez Valdés, y tampoco he documentado el tema entre los escasos vates navarros del momento. Por tanto, tenemos que dar un salto hasta el siglo XIX.

Adoracion de los pastores

En esta centuria, no puedo olvidarme de Francisco Navarro Villoslada, autor de un villancico «Al Niño Jesús», enunciado por una voz femenina. La muchacha va a ofrecer como regalo al recién nacido unas coplas, pero se queda ronca y no puede cantarle; luego quiere llevarle unos bollos, pero se los come antes de llegar al portal; piensa después en darle la rosa que adorna su cabello, mas se la acaba entregando a su amigo Andrés. Desesperada por no poder entregar nada al Niño-Dios, su madre la consuela diciendo que le ofrezca su llanto, su amor y su fe, regalos que agradarán sobremanera al Señor:

Al Niño donoso
nacido en Belén
unos llevan leche
y otros llevan miel.
Yo que nada bueno
tengo que ofrecer,
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
Hilando en la vela
de mi tía Inés,
unos villancicos
hube de aprender.
Al Niño esta noche
festejar pensé,
cantando las coplas
al son del rabel.
Con otros mancebos
allí estaba Andrés,
aquel zagalillo
que baila tan bien.
De mi voz prendado
quedó al parecer;
me miró, mirele,
suspiró, y se fue.
Ayer todo el día,
¡que día el de ayer!,
del alba a la noche
cantando pasé.
Andrés me escuchaba
con tanto placer,
que por darle gusto
ronca me quedé.
Ya no puedo cantos
al Niño ofrecer:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
En un canastillo
con arte junté
seis bollos, dos tortas
y medio pastel.
Ufana con ellos
echeme a correr…
Como un corderillo
seguíame Andrés.
Husmea los bollos,
levanta el mantel,
los toma, los deja,
los vuelve a coger.
Una de las tortas
me comí con él,
luego un bollo, y otro,
y aun otro después.
Cuando tres quedaron
yo me acongojé:
vergüenza me daba
llevar solo tres.
Seguimos comiendo,
¿que había de hacer?
Yo comer, comía,
¡pero bien lloré!…
Sin tortas el Niño
se queda por él:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
La cándida rosa
que adorna mi sien,
después del fracaso
llevarle pensé.
Cata que el goloso
me asalta otra vez,
la rosa pidiendo
que llevo a Belén.
Le ofrezco mil otras
de nuestro vergel,
pero Andrés se empeña
en que esa ha de ser.
Con ceño le miro,
me llama cruel,
y adentro, en el alma,
sentí no sé qué.
Temblaba el mancebo,
temblé yo también,
y mano a mis trenzas
eché sin saber.
¡Ay, madre del alma!,
creerlo podéis:
la flor a sus manos
cayó… sin querer.
Por él soy al Niño
tres veces infiel:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?

La madre.

—Hija arrepentida,
ven conmigo, ven;
cuando al Niño veas,
póstrate a sus pies.
Llora, que tu llanto,
tu amor y tu fe
le saben más dulce
que leche con miel.
Su bendita Madre,
si llorar te ve,
te alzará en sus brazos,
llorando también.

Es un villancico que tiene toda la gracia de la poesía popular, de la que toma el verso repetido «madre, la mi madre». Su sencilla versificación (se trata de un romancillo con rima aguda en -é) da al conjunto un aire de suma ligereza, de alegría casi infantil.