La Navidad de los poetas navarros: el entorno de Pregón

Seguimos todavía en tiempo litúrgico de Navidad (tras la Natividad y la Epifanía, queda todavía la festividad del Bautismo de Jesús), y continuamos, por tanto, con el examen de la Navidad de los poetas navarros.

Un núcleo importante de poesía navideña va a publicarse en la revista Pregón (años 40-70) o por parte de escritores de su entorno. Así, Faustino Corella Estella tiene un poema de 1951, «En Belén está ese cielo», cuyos versos finales rezan así:

En Belén está ese cielo
donde el día se hizo noche,
carne infantil de esperanza
y el Hijo de Dios es hombre.

Más tarde este autor publicó todo un libro de Villancicos. Temas navideños (Pamplona, Gráficas Areta-Amondarain, 1961).

José Díaz Jácome (periodista natural de Mondoñedo, pero afincado en Pamplona) publica en el número de Navidad de 1946 de Pregón una composición con huellas de la poesía tradicional gallega:

La Virgen goza tibias
perlas de llanto.
El Niño resplandece
—flor de milagro—.
San José, pensativo,
lo está mirando.

—Cala, ña xoia,
Rey de la Gloria.

En el establo huele
a romería.
Los pastores, que traen
fiesta de esquilas,
están diciendo al Niño
su melodía.

—Durme, meniño,
Clavel cautivo.

Se ha parado la dulce
gracia del trino.

Solo canta el silencio
con voz de nimbo.
El latido de todo
llora de frío.

—Pecha a boquiña,
Rey de la Vida.

Sube, sube, glorioso
como un incienso,
el aliento del buey
hacia los cielos.
Las alas de un querube
le dan más vuelo.

—Pecha os ollinos,
Cordero mío.

Perlas de llanto

En el mismo número publica otro «que es una donosura», en opinión de Arbeloa:

En lo alto del otero
hay un nido de pastores.
La nieve cerca a la nieve.
El aire huele a canciones.

¡Ay, río ledo,
dame el escorzo de los corderos!

Cada pastor tiene un sueño,
un rebaño y una flauta.
Cada rebaño, la risa
silvestre de una zagala.

¡Ay, senda amiga,
dame la fiesta de las esquilas!

En la alta noche la estrella
enciende un nuncio gozoso.
La hierba, bajo la escarcha,
llora un íntimo alborozo.

¡Ay, musgo breve,
dame el latido fiel de la nieve!

Por los caminos en fiesta
hay un milagro de flores.
Cantan maitines de gloria
las flautas de los pastores.

¡Ay, dulce alba,
dame la pura luz que nos salva!

El tudelano Luis Gil Gómez saca en Pregón, Navidad de 1965, el romancillo titulado «Cántico de paz», que ofrece esta «encantadora descripción del parto»[1] de María:

La noche azulada
girando su rueda
traspuso el recodo
de las leyes viejas.
En las huecas fosas
de cal y de piedra
movieron sus huesos
antiguos profetas.
Señor San José
descuidó la azuela
y endulzó los ojos
un temblor de abeja.
Señora María,
toda rosa y cera,
se oprimió las manos,
dobló la cabeza
y alumbró un Infante,
la flor de Judea.

Víctor Manuel Arbeloa ha valorado así la producción de estos años:

Hay en toda esta tradición navideña, incluso en la mejor […], demasiados lugares comunes, demasiado tomar a la letra el ámbito geográfico del relato bíblico que se viene arrastrando desde los balbuceos del lenguaje medieval. Todo esto que, en los primeros siglos de la lengua escrita, pareció genuino y nuevo, en los últimos años llega a fatigar y a inutilizar aun los más perfilados logros formales. Hay en todos estos poemas que se escriben en Navarra, igual que en el resto de España, un hartazgo de mieles, una orquesta interminable de flautas y rabeles, un batallón pesadísimo de pastores, que saben, que tocan, que hablan, respectivamente, lo mismo que hace cinco o diez siglos[2].

Sigamos recordando algunos otros nombres: Cástor Olcoz, en su primer libro de poemas, del año 1975, incluye el soneto «La Navidad fenece con el día», que «apunta sin miedo a las varias degradaciones de la fiesta divina y humana»[3]:

La Navidad fenece con el día
si cristaliza en musgo o en abeto
y de Belén apenas es boceto
si toda se disuelve en melodía.

Es hueca y desfasada letanía
transcrita sin pudor en un panfleto
si el mensaje se trueca en un boleto
que promete ilusión de romería.

Y si su voz es solo un balbuceo,
eco senil confuso y estridente
del misterio perenne que refleja,

no hay anuncio real, solo siseo,
ruido ambiental que aturde, solamente,
feria cabal, pregón de nochevieja.

Por su parte, el Padre Valeriano Ordóñez tiene algunas canciones navideñas, como la titulada «Tus ojuelos», bellísima (recogida en el capítulo «Tiempo de Navidad» de su libro Intenta orar cantando, Madrid, 1969):

Tus ojuelos me dicen
que vives de amor,
que lloras como un niño
y amas como un Dios.

Por mirar tus ojos
una estrella nace,
y estrellas del alma
en tus ojos abres.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 43.

[2] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 39.

[3] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 41.

La Navidad de los poetas navarros: Urrutia, Martínez Baigorri y Gaztelu

Más cerca de nuestros días, ya en el siglo XX, el tema navideño ha sido líricamente cantado por numerosos poetas. Por ejemplo, Ángel Urrutia, Ángel Martínez Baigorri o Ángel Gaztelu; ¿y quién mejor que este trío de “Ángeles” para cantar el Nacimiento del Niño-Dios?

Ángel Urrutia publica su primer poema navideño en la revista madrileña Signo (30 de diciembre de 1955):

Reclíname al Infante en la palabra
aunque sea inexacta,
aunque no quepa en ella
el Verbo, pronunciado con las letras
humanas de la carne.

En Navidad de 1969, en la revista Pregón, aparece su «Canción de Navidad»:

Para hacer todo el camino
que hay de mi vida a Belén
he de prenderme en el alma
o una estrella o un clavel.

Oro, incienso y mirra llevo
si llevo un poco de luz:
¿por qué no hacerme yo cuna
en vez de hacerme ya cruz?

Ángeles de oro y pastores
llenarán mi corazón,
porque ya siento en el pecho
un nacimiento de amor.

Lanza aleluyas de gloria
este arco-iris de paz;
la Navidad es por dentro,
por fuera no hay Navidad.

La Nochebuena no es noche
porque está llena de luz.
A todos nos ha nacido
el mismo Niño Jesús.

Adoración de los Reyes Magos

Y un año más tarde da a las prensas otro poema más logrado, el soneto «Paisaje de la Navidad», de cadenciosos endecasílabos:

Sobre un manso pesebre Dios se atreve
a ser carne mortal, a la locura
de hacer con nuestro barro su hermosura
mientras cae el silencio de la nieve.

La noche está de frío. Un Niño mueve
el paisaje del musgo y la ternura;
y saltan villancicos de agua pura
al abrazarse el fuego con la nieve.

Los caminos terminan en la cuna
donde nacen de nuevo los caminos
y se inclinan de gozo las palmeras.

Luz de ángeles colgantes, pozos, luna,
corre un espejo y mueve los molinos,
y los hombres se dicen primaveras.

Por su parte, el Padre Ángel Martínez Baigorri, durante su estancia en Bélgica, concretamente el año 1932, vertió al castellano la letra de un villancico flamenco. Dice así:

Un sol ha nacido en la noche.
—Estrellas, ¿sabéis dónde está?
La estrella del alba decía:
—Su aurora brilló en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Un niño ha nacido en el campo.
No tuvo casa en que nacer,
y el cielo estrellado su manto
le dio a su cuna por dosel.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su padre exclamó: —Salvador.
El Niño sonríe y su pecho
palpita en incendio de amor.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su madre le llama Jesús.
Y luego lo viste de rojo
como ha de subir a la Cruz.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

El cielo calló media hora.
Hermanos, callad y adorad,
que viene vestido de blanco
aquel que nació en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Ponedle por cuna de oro
en llamas vuestro corazón.
Y haced de silencio de amores
para mecerle esta canción:

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Uno de los catorce sonetos de su libro Dios en Blancura (México DF, 1960) es el titulado «La Navidad de Ser», muy conceptual y teñido de misticismo:

Todo se ha reunido en tu Presencia:
mi Memoria de Ayer y mi Memoria
de Mañana me dan este Hoy en gloria
de todo en Ti para habitar mi esencia.

La esperanza de ser es ya existencia
del ser cumplido, y dicha sin historia
todo lo que era sombra transitoria,
ciencia de un hombre en luz de la conciencia.

Par es tu nombre: el mundo se ha olvidado
del suyo y dice Dios en lo que nombra
seres, y en todos nace un Niño tierno.

En todos es, el Hoy de su pasado,
Presente de ese Ser sobre su sombra
y luz Tú en todos de su Día eterno.

En fin, el Padre Ángel Gaztelu incluye el soneto «De cómo el silencio fue sonoro la noche del Nacimiento» en su poemario Gradual de laudes (1955):

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su rocío la Azucena,
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor a cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo,
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo el cielo.

La Navidad de los poetas navarros: Navarro Villoslada

La literatura de Navarra es una literatura, por lo general, muy costumbrista (aunque siempre hay excepciones, por supuesto). En efecto, si revisamos algunos de los temas concretos en que se han inspirado con preferencia los literatos de nuestra tierra, descubriremos por ejemplo que uno de los más fecundos es la descripción de nuestras celebraciones religiosas: un tema casi obligado para muchos autores es el de las fiestas de San Fermín. De la misma forma, también otras festividades religiosas, como la Navidad y la Epifanía o la Semana Santa, han dejado una huella muy clara, en especial en el género de la lírica. Esos tres conceptos —historia, costumbrismo y religiosidad— conforman una visión muy tradicional de nuestra historia literaria. Y siendo esto así, siendo la literatura en Navarra tan tradicional, tan costumbrista y tan religiosa, nada tiene de extraño el hecho de que los autores navarros —navarros por nacimiento, por adopción, por decisión personal, etc.— hayan reflejado con frecuencia las fiestas más señaladas de nuestro calendario, sabiendo captar desde una perspectiva literaria sus diversos aspectos folclóricos, etnográficos, culturales, anecdóticos…

En lo que se refiere a la Navidad, si acudimos al siglo XVII, podemos mencionar entre los títulos que forman la producción escrita del venerable Juan de Palafox y Mendoza un tratado de ascética que se presenta bajo el título El Pastor de Nochebuena. Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios. Por lo que toca a los poetas navarros del Siglo de Oro, no encuentro el tema concreto de la Navidad. Muchos de ellos son religiosos (Pedro Malón de Echaide, Leonor de la Misericordia, Juan de Amiax, Miguel de Dicastillo, José de Sierra y Vélez, Ana de San Joaquín), y de hecho la poesía ascético-mística abunda entre sus escritos, pero sus temas se centran más bien en otros aspectos religiosos, como la Pasión y Muerte de Cristo, la paráfrasis de salmos bíblicos, etc.

En cuanto al siglo XVIII, ya sabemos que es una época poco dada a las expansiones líricas que escapen del ámbito de la poesía anacreóntica, a lo Villegas y Meléndez Valdés, y tampoco he documentado el tema entre los escasos vates navarros del momento. Por tanto, tenemos que dar un salto hasta el siglo XIX.

Adoracion de los pastores

En esta centuria, no puedo olvidarme de Francisco Navarro Villoslada, autor de un villancico «Al Niño Jesús», enunciado por una voz femenina. La muchacha va a ofrecer como regalo al recién nacido unas coplas, pero se queda ronca y no puede cantarle; luego quiere llevarle unos bollos, pero se los come antes de llegar al portal; piensa después en darle la rosa que adorna su cabello, mas se la acaba entregando a su amigo Andrés. Desesperada por no poder entregar nada al Niño-Dios, su madre la consuela diciendo que le ofrezca su llanto, su amor y su fe, regalos que agradarán sobremanera al Señor:

Al Niño donoso
nacido en Belén
unos llevan leche
y otros llevan miel.
Yo que nada bueno
tengo que ofrecer,
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
Hilando en la vela
de mi tía Inés,
unos villancicos
hube de aprender.
Al Niño esta noche
festejar pensé,
cantando las coplas
al son del rabel.
Con otros mancebos
allí estaba Andrés,
aquel zagalillo
que baila tan bien.
De mi voz prendado
quedó al parecer;
me miró, mirele,
suspiró, y se fue.
Ayer todo el día,
¡que día el de ayer!,
del alba a la noche
cantando pasé.
Andrés me escuchaba
con tanto placer,
que por darle gusto
ronca me quedé.
Ya no puedo cantos
al Niño ofrecer:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
En un canastillo
con arte junté
seis bollos, dos tortas
y medio pastel.
Ufana con ellos
echeme a correr…
Como un corderillo
seguíame Andrés.
Husmea los bollos,
levanta el mantel,
los toma, los deja,
los vuelve a coger.
Una de las tortas
me comí con él,
luego un bollo, y otro,
y aun otro después.
Cuando tres quedaron
yo me acongojé:
vergüenza me daba
llevar solo tres.
Seguimos comiendo,
¿que había de hacer?
Yo comer, comía,
¡pero bien lloré!…
Sin tortas el Niño
se queda por él:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
La cándida rosa
que adorna mi sien,
después del fracaso
llevarle pensé.
Cata que el goloso
me asalta otra vez,
la rosa pidiendo
que llevo a Belén.
Le ofrezco mil otras
de nuestro vergel,
pero Andrés se empeña
en que esa ha de ser.
Con ceño le miro,
me llama cruel,
y adentro, en el alma,
sentí no sé qué.
Temblaba el mancebo,
temblé yo también,
y mano a mis trenzas
eché sin saber.
¡Ay, madre del alma!,
creerlo podéis:
la flor a sus manos
cayó… sin querer.
Por él soy al Niño
tres veces infiel:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?

La madre.

—Hija arrepentida,
ven conmigo, ven;
cuando al Niño veas,
póstrate a sus pies.
Llora, que tu llanto,
tu amor y tu fe
le saben más dulce
que leche con miel.
Su bendita Madre,
si llorar te ve,
te alzará en sus brazos,
llorando también.

Es un villancico que tiene toda la gracia de la poesía popular, de la que toma el verso repetido «madre, la mi madre». Su sencilla versificación (se trata de un romancillo con rima aguda en -é) da al conjunto un aire de suma ligereza, de alegría casi infantil.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (2)

(¡Feliz Año Nuevo a todos los insulanos! Que el 2013 sea un gran año en el que se cumplan todos vuestros sueños y esperanzas…)

Siguiendo con autores del siglo XX, podemos traer a colación otro soneto, el de José García Nieto titulado «Nacimiento de Dios»:

Y Tú, Señor, naciendo, inesperado,
en esta soledad del pecho mío.
Señor, mi corazón, lleno de frío,
¿en qué tibio rincón lo has transformado?

¡Qué de repente, Dios, entró tu arado
a romper el terrón de mi baldío!
Pude vivir estando tan vacío,
¡cómo no muero al verme tan colmado!

Lleno de ti, Señor; aquí tu fuente
que vuelve a mí sus múltiples espejos
y abrillanta mis límites de hombre.

Y yo a tus pies, dejando humildemente
tres palabras traídas de muy lejos:
el oro, incienso y mirra de mi nombre.

El poema es un apóstrofe a Dios, que llena y colma el corazón del yo lírico, mientras este le brinda el tributo sencillo de su propio nombre, lo mejor que puede entregarle.

También Rafael Morales cantó «Al Niño Dios» en la misma forma estrófica:

El alba tomó cuerpo en tu figura,
el aire se hizo carne, los rosales
desangraron sus rosas virginales
para crear tu piel silente y pura.

Desparramó la brisa su ternura,
la luz cuajó en tu forma sus cristales,
la luna derramó sus manantiales
para crear en Ti nuestra ventura.

Divinidad que, tan pequeña y suave,
se hace niña en tu carne redentora,
en lo infinito ni siquiera cabe.

En Ti la eternidad tiene su aurora,
en Ti nada se halla que se acabe,
¡oh, alba de Dios que entre la paja llora!

Cabe destacar la bella musicalidad de este soneto, similar a la de otro suyo titulado «Al gozo de la Virgen cuando se supo Madre de Cristo». Y en forma tradicional está escrita también su «Cancioncilla del pajar de Belén».

Nacimiento de Cristo

Cierta originalidad encontramos en los poemas navideños de Antonio Murciano, ya desde los propios títulos. Así, «Nochebuena del astronauta» es un romance con la peculiaridad de que todos los versos pares, los que llevan la rima, acaban con la palabra aire. Y el poema termina con dos versos de aire —valga la expresión— muy tradicional:

Aire que el aire me lleva,
aire que me lleva el aire.

Su «Villancico triste por lo que ocurrió aquella noche» evoca las melancólicas palabras de un hombre anónimo que murió en la Nochebuena:

Mi vida entera daría,
Niño, por poderte ver.

En fin, en «La visitadora» recrea con tensión dramática la llegada de una «mujer seca, harapienta y oscura» al Portal de Belén. María teme al ver que se acerca a la cuna y ofrece algo al Niño. Cuando la mujer se alza, se la ve transformada, radiante de hermosura: es Eva, que ha ofrendado al Niño la manzana mordida del Paraíso.

De Carlos Murciano es esta otra composición:

Sale el asno del establo;
salta el galgo de su tabla.
(Por el borde del alero
jilguerea la mañana.)
Sale manso y dulce el buey
con su larga y lenta lágrima,
y la hormiga se atosiga
arrastrando su montaña,
sale el último vencejo
por la más vieja ventana.
(El establo semiazula
y ensilencia sus barandas.)
Viene el ángel. Con la pluma
que le sobra de las alas,
recompone la carreta,
descompone telarañas,
y rellena de oro nuevo
el pesebre tan sin paja.
Luego cuelga de una viga
su pedazo de nostalgia,
desempolva el sucio suelo,
se sacude la su cauda
y se marcha repicando
por el campo su campana[1].

Cabe destacar el tono juguetón del poema, en el que tienen entrada diversas creaciones verbales (como los verbos jilguerear, semiazular o ensilenciar), la rima interna («la hormiga se atosiga»), la paronomasia (campo / campana) o incluso el arcaísmo morfológico («la su cauda»). Este mismo autor ha escrito un soneto titulado «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió». Este texto se articula como una serie de preguntas de María a José acerca de la llegada del Niño, que es equiparado poéticamente a «nieve pequeña».


[1] Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 436.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (1)

Si pasamos ya al siglo XX, encontraremos que la poesía de Navidad va a conocer un gran rebrote, en ambas orillas del Atlántico. El argentino Francisco Luis Bernárdez —que después de su conversión llegó a ser el máximo representante de la literatura católica de su país— nos brinda un bello «Soneto de la encarnación» sobre el maravilloso misterio de Dios hecho hombre:

Para que el alma viva en armonía
con la materia consuetudinaria
y, pagando la deuda originaria,
la noche humana se convierta en día;

para que a la pobreza tuya y mía
suceda una riqueza extraordinaria
y para que la muerte necesaria
se vuelva sempiterna lozanía,

lo que no tiene iniciación empieza,
lo que no tiene espacio se limita,
el día se transforma en noche oscura,

se convierte en pobreza la riqueza,
el modelo de todo nos imita,
el Creador se vuelve creatura.

Y volviendo la vista a España, ¿cómo no traer a estas páginas la «Canción al Niño Jesús» de Gerardo Diego? Dice así:

Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera…

Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo,
para cuando el Niño quiera
correr, volar a su vera…

Si la palmera supiera
que sus palmas algún día…
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira… Si ella tuviera…

Si la palmera pudiera…
… la palmera…

Nacimiento de Cristo

El poeta hace aquí un magistral uso de la reticencia. La expresividad del poema, en efecto, está más en lo que se calla que en lo que se dice: la palmera dará palmas, con las que Jesús será recibido triunfalmente en Jerusalén, pero eso será para padecer poco después su Pasión y Muerte en Cruz. De ahí la callada angustia con que la Virgen —que presiente el dolor futuro de su Hijo— mira a la palmera…

Otros poetas del 27 se acercaron también al tema navideño, como por ejemplo Jorge Guillén, quien tiene una composición titulada «Epifanía», que se centra en la Adoración de los Reyes Magos a un Dios que no es rey ni rico, sino «camino, verdad y vida», mientras el Portal de Belén supone una «invitación fraternal» a todos los hombres[1].

Entre el corpus poético de Luis Rosales figuran varios poemas dedicados al Nacimiento del Niño-Dios: «Nana», «Villancico y canción de la divina pobreza»…, pero aquí copiaremos otros dos textos. El primero, «Callar…», está formado por dos décimas que repiten el último verso en una suerte de estribillo:

Dicen que el Niño ha nacido,
y el corazón en la brisa
tiene una fiesta imprecisa
de campanario sin nido…;
siempre hay un niño dormido
junto al silencio…; vivir
sin despertarle ni herir
con la nieve su garganta…;
callar, es la noche santa,
no la debemos dormir.

Callar… ¿Si el Niño tuviera
siquiera luz por abrigo,
y el viento no helara el trigo
de su sonrisa primera…?
Callar… ¿Si el Niño quisiera
descansarnos de vivir,
y el mundo dejara oír
su alegre mensajería?
Callar… Habla todavía,
no la debemos dormir.

El segundo poema se presenta bajo el título «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», y se trata de un soneto:

¡Morena por el sol de la alegría,
mirada por la luz de la promesa,
jardín donde la sangre vuela y pesa,
inmaculada tú, Virgen María!

¿Qué arroyo te ha enseñado la armonía
de tu paso sencillo, qué sorpresa
de vuelo arrepentido y nieve ilesa
junta tus manos en el alba fría?

¿Qué viento turba el monte y le conmueve?
Canta tu gozo el alba desposada,
calma su angustia el mar antiguo y bueno.

La Virgen a mirarle no se atreve,
y el vuelo de su voz arrodillada
canta al Señor, que llora sobre el heno.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 266.

La Navidad en las letras españolas: siglos XVIII y XIX

En entradas anteriores hemos repasado algunos de los grandes clásicos de la literatura española del Siglo de Oro que cantan el nacimiento de Cristo. Todavía podríamos añadir otros nombres: Alonso de Bonilla, fray Ambrosio de Montesinos…), o recordar el Romancero, que en el conjunto de su rico acervo dio entrada igualmente al tema navideño. Mencionaré, por ejemplo, un romance popular, «Camino de vuelta a Nazaret», que refiere como el Niño tiene sed y, cuando pide de beber, la Virgen le indica «que las aguas vienen turbias / y no se pueden beber». Llegan entonces a una huerta cuidada por un «pobre ciego», que les da unas naranjas (o unas manzanas, según las versiones) para que con ellas puedan calmar la sed que les acucia. En el momento de morder el Niño la fruta, se obra el milagro «y el ciego comienza a ver». Es un romance sencillo e ingenuo, pero igualmente emotivo por referir este milagro infantil de Cristo-Dios, que ha sido musicado en nuestros días por Joaquín Díaz, entre otros.

Y si ampliáramos nuestra mirada para abarcar el ámbito hispanoamericano, todavía sin salir del siglo XVII, deberíamos aludir a sor Juana Inés de la Cruz, escritora novohispana autora de varias colecciones de villancicos de gran calidad, muchos de ellos musicalizados en la época, por ejemplo:

Pues mi Dios ha nacido por mí,
déjenle velar.
Pues está desvelado por mí,
déjenle dormir,
que no hay pena en quien ama
como no penar,
que quien duerme en el sueño
se ensaya a morir.

Nacimiento de Cristo

Sin embargo, pasemos ya al siglo XVIII, durante el cual la temática religiosa está presente en autores como Gabriel Álvarez de Toledo, José María Blanco-White o Alberto Lista; pero la poesía de Navidad se transmite sobre todo en forma de villancicos y coplas populares, tanto en España como en Hispanoamérica. Por ejemplo, el compositor mulato José Francisco Velásquez (1755-1805) construye una pieza para dos sopranos (solo y dúo) con bajo continuo solamente con la siguiente estrofa:

Niño mío que entre pajas
naces para nuestro bien,
yo te ofrezco el corazón
y toda el alma también.

Por lo que toca a la centuria siguiente, sabemos que el XIX es un siglo traspasado por el problema religioso, así que no debe extrañarnos que reaparezca con fuerza la temática navideña. Así sucede, por ejemplo, en el poema «En Nochebuena», de Vicente W. Querol, dedicado a sus ancianos padres, que comienza así:

Un año más en el hogar paterno
celebramos la fiesta del Dios-niño,
símbolo augusto del amor eterno,
cuando cubre los montes el invierno
con su manto de armiño.

El resto de la composición es una evocación de la celebración navideña familiar: el yo lírico se muestra preocupado por la avanzada edad de sus progenitores, pero confía en que —una vez llegada la hora de la muerte— Dios hará posible que en el cielo se repita «esta unión tierna» de que gozan ahora en la tierra.

También podemos traer a estas páginas el poema «El santo nombre de Jesús», del catalán Jacinto Verdaguer, que en traducción castellana de Luis Guarner dice así:

El Niño Jesús
lloraba, lloraba;
lo han circuncidado
y su sangre mana.
Canciones del cielo
María le canta,
y mientras lo arrulla,
lo baña en sus lágrimas.
—Niñito, no llores.
—Madre, el llanto acalla;
para consolaros
los ángeles bajan
desde el alto cielo
a tejer su danza,
coronados todos
y llevando palmas.
Tañen violines,
vïolas y arpas,
guitarras de oro,
rabeles de plata;
la canción que entonan
al mundo alegrara.

La Navidad en las letras españolas: siglos XVI y XVII

A caballo de los siglos XVI y XVII se sitúa la figura de Francisco de Ocaña (1570-1630), autor de un Cancionero para cantar la noche de Pascua (1603). En «Camino de Belén»[1] pone estas palabras en boca de San José:

Caminad, Esposa,
Virgen singular,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Caminad, Señora,
bien de todo bien,
que antes de una hora
somos en Belén;
y allá muy bien
podréis reposar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Yo, Señora, siento
que vais fatigada[2]
y paso tormento
por veros cansada;
presto habrá posada
do podréis holgar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Señora, en Belén
ya presto seremos;
que allí habrá bien
do nos alberguemos;
parientes tenemos
con quien[3] descansar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

¡Ay, Señora mía!,
si librada os viese,
de albricias daría
cuanto yo tuviese.
Este asno que fuese[4]
holgaría dar;
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Según vemos, el yo lírico enunciador del poema es San José y la composición se centra en la marcha de Nazaret a Belén de la Sagrada Familia, y concretamente en el desamparo y cansancio de la Virgen María, a la que su esposo trata de consolar con la esperanza de llegar a un refugio que se adivina ya cercano.

Nacimiento de Cristo

Y Juan Díaz Rengifo tiene otro poema dedicado «Al Niño Jesús», que dice así:

Soles claros son
tus ojuelos bellos,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Rayos celestiales
echan tus mejillas,
son tus lagrimillas
perlas orientales,
tus labios corales,
tu llanto es canción,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Niño divino,
Niño adorado,
mi bien amado,
mi buen Pastor,
estos pastorcitos
que tanto te aman
humildes te aclaman,
escucha su voz.

En el pesebre
sobre unas pajas,
con pobres fajas
veo a mi amor;
llora y tirita,
mas no de frío,
del hombre impío
siente el rigor.

Mortal que lloras
los grandes daños
que tantos años
tu culpa da,
con gran anhelo
busca gozoso
al Niño hermoso
nacido ya.

Niño divino,
ven a mi pecho,
que dulce lecho
te quiero dar,
y si en las pajas
lloras de frío,
arrullo mío
te hará callar.

Como podemos apreciar, la primera parte se detiene en la descripción física del Niño, mientras que la segunda insiste en el llanto del recién nacido, que llora, pero no de frío, sino al ver el rigor del hombre y su maldad.

Por su parte, José de Valdivielso dedicó un «Romance al día de la Epifanía», en realidad un romancillo, con el hermoso estribillo:

Atabales tocan
en Belén, pastor,
trompeticas suenan,
alégrame el son.

Podríamos recordar asimismo un romance de Bartolomé Leonardo de Argensola, «En la fiesta del Nacimiento de Cristo», que repite estos versos:

Vos, gloriosa Madre,
que le dais el pecho,
recogednos las perlas
que vierte gimiendo;
que por ser de sus ojos,
no tienen precio.

El poema se centra también en el llanto que derrama el Niño-Dios al nacer, indicando que esas lágrimas serán «general remedio» para el hombre, al que devuelve al estado de gracia anterior al pecado original.

Asimismo se pueden traer a colación otros versos, no menos famosos que los de Lope que veíamos el otro día, que Luis de Góngora dedicó igualmente «Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor», y que glosan el estribillo:

Caído se le ha un Clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!

Donde la Aurora es, claro está, la Virgen María, y el Clavel —con mayúscula— que ha caído sobre el heno es el Niño Jesús.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 131.

[2] siento / que vais fatigada: lamento que vayáis fatigada.

[3] quien: quienes.

[4] Este asno que fuese: aunque fuese este asno, incluso este asno.

La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
Niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.
Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.
Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona crüel.
Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.
Que aunque tan grandes deudas
en paja las cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

La Navidad en las letras españolas: siglo XVI

(«Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra.» Esta noche es Nochebuena, y el Gobernador de la Ínsula Barañaria quiere desear a todos los insulanos, lectores y amigos, una muy feliz y literaria Navidad. Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad a este blog de Letras…)

Siguiendo con el siglo XVI, entre la poesía de santa Teresa de Jesús encontramos varias composiciones pertenecientes al ciclo de Navidad, por ejemplo dos glosas «Al Nacimiento de Jesús». La primera de ellas glosa el estribillo:

¡Ah, pastores que veláis
por guardar vuestro rebaño,
mirá que os nace un Cordero,
Hijo de Dios soberano!

El poema se construye con diversos juegos inspirados en los nombres de Cristo como Cordero y, a la vez, Pastor. La segunda glosa parte de estos versos:

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios onipotente.

Y en la composición aparecen los nombres pastoriles tradicionales de Gil, Bras, Menga o Llorente. Otra composición de la santa «Al Nacimiento del Niño Dios» repite:

—Mi gallejo, mira quién llama.
—Ángeles son, que ya viene el alba.

Otro poema «para Navidad» canta:

Pues el amor
nos ha dado Dios,
ya no hay que temer,
muramos los dos.

Y otro más, «En la festividad de los Santos Reyes», anuncia gozoso:

Pues que la Estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

En fin, Santa Teresa cuenta además en su haber poético con varios poemas dedicados «A la circuncisión» de Jesús.

Nacimiento de Cristo

Por su parte, fray Ambrosio de Morales, otro autor del siglo XVI, redactó unas coplas para ser cantadas, dedicadas a ensalzar la dignidad de la Virgen María, que repiten como estribillo:

Aquella Estrella del norte,
tan sobida,
esperanza es y conhorte[1]
de mi vida.


[1] conhorte: consuelo.

La Navidad en las letras españolas: introducción y orígenes medievales

El tema de la Navidad en las letras españolas constituye una materia muy amplia, ya que son muchos los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En sucesivas entradas iré trazando un largo (pero a la fuerza selectivo) recorrido panorámico. Pero, antes que nada, tal vez convendría comenzar recordando la etimología de la palabra Navidad, que es un semicultismo derivado del latín nativitas, -atis y significa ‘nacimiento’. La poesía de Navidad canta, en efecto, el Nacimiento de Jesús, del Niño-Dios Salvador. Ese sería el significado stricto sensu, aunque tradicionalmente el ciclo de Navidad ha estado asociado al ciclo de Epifanía (literalmente ‘manifestación’), es decir, el relativo a la Adoración de los Reyes Magos. Por ello, en estas entradas del blog hablaré de la Navidad en sentido lato, tanto para referirme a los poemas dedicados al nacimiento como a los relativos a la adoración, o a otros aspectos relacionados con las fechas y fiestas navideñas[1], porque —como certeramente ha escrito Miguel Zugasti—, «desde los primeros tiempos de la literatura española se observa una estrecha vinculación y fuertes relaciones de dependencia entre ambos ciclos: el de Navidad y el de Epifanía»[2]. Según indicaba al comienzo, han sido muchos los poetas —navarros, españoles, hispanos, y de otras latitudes— que a lo largo del tiempo se han inspirado en la fiesta de la Navidad, circunstancia puesta también de relieve por Zugasti:

Muchos son los autores antiguos y modernos que nos han embargado alguna vez con la magia de estos temas. Ni que decir tiene que el paso de los años y los cambios de estética, mentalidad o género literario acarrean notables variaciones en su tratamiento artístico, pero siempre se detecta en estas composiciones decembrinas un pulso uniforme, una homogeneidad anímica que late en la globalidad de textos y autores. Unos inciden más en la propagación de la buena nueva, otros en lo que ésta tiene de prodigioso, otros ahondan en el misterio de la Encarnación, otros buscan una adecuación a la problemática actual enlazando el nacimiento de Jesús con la vida de los marginados y desamparados, otros, en fin, se valen de la Navidad para plantear un conflicto humano entre los personajes[1].

Examinaremos, pues, cómo ha sido tratado poéticamente el tema de la Navidad, primero en la literatura española en general, luego específicamente en los autores navarros.

Nacimiento de Cristo

La Navidad ha estado siempre muy presente en la literatura y han sido muchos los autores que nos han dejado sus peculiares pregones navideños en forma de versos (y también de cuentos, narraciones o piezas dramáticas). Como ha escrito Víctor Manuel Arbeloa: «Para todos los poetas la Navidad es un reto. Que puede ser, de nuevo, poéticamente afrontado»[4]. Reto, ciertamente, porque el tema navideño viene impuesto, es un pie poético forzado, y la originalidad debe estar, más que en el contenido del poema, en el enfoque o el tratamiento que se dé a ese tema.

Para empezar nuestro recorrido histórico, debemos remontarnos hasta la literatura de la época medieval y renacentista. De hecho, algunas de las piezas teatrales más antiguas que conservamos son precisamente autos de Navidad (el anónimo Auto de los Reyes Magos, de hacia 1200[5], o —unos siglos después— las piezas de Gómez Manrique, Juan del Encina o Gil Vicente). En estas un ángel suele anunciar el nacimiento de Cristo a unos rústicos pastores, que expresan su sorpresa y su alegría en un convencional dialecto literario llamado sayagués. De Gómez Manrique, primer autor dramático castellano (siglo XV), debemos mencionar la pieza titulada La representación del nacimiento de Nuestro Señor, donde, además del misterio de la Encarnación, se anticipa la Pasión de Cristo —algo que será muy habitual en este tipo de poesía— a través de los distintos martirios que presentan al Niño: cáliz, astelo ‘columna’ y soga, azotes, corona de espinas, cruz, clavos y lanza. Junto a los pasajes propiamente dramáticos, hay otros de subido lirismo, como la «Canción para callar al Niño», que comienza así:

Callad vos, Señor,
nuestro Redentor,
que vuestro dolor
durará poquito.
Ángeles del cielo,
venid, dad consuelo
a este mozuelo
Jesús tan bonito.

Dejando aparte otros textos (algunos villancicos de Juan Álvarez Gato, poeta también del siglo XV), de Gil Vicente podemos recordar su famoso «Villancete», que presenta estructura de nana:

Ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!

Ro, ro, ro…
Niño, hijo de Dios Padre,
Padre de todas las cosas,
cesen las lágrimas vuesas:
no llorara vuesa Madre,
pues sin dolor os parió;
ro, ro, ro…
¡no le deis vos pena, no!

Ora, Niño, ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!
Ro, ro, ro…


[1] El Diccionario de la Real Academia Española recoge como tercera acepción de navidad: «Tiempo inmediato [al día en que se celebra la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo], hasta la festividad de Reyes».

[2] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997. Agradezco al Prof. Zugasti su generosa amabilidad al facilitarme el texto, inédito, de su conferencia.

[3] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997.

[4] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 90.

[5] Se ha conservado incompleto. En la escena inicial, según el texto que ha llegado hasta nosotros, Gaspar, solo, exclama al descubrir la estrella en el cielo: «Dios criador; ¡cuál maravilla! / ¡No sé cuál es aquesta estrella! / Agora primas la he veída, / poco tiempo ha que es nacida. / ¿Nacido es el Criador / que es de las gentes señor?» (Antología de la literatura española de los siglos XI al XVI, selección y notas de Germán Bleiberg, Madrid, Alianza Editorial, 1976, p. 759).