«Como la uña de la carne»: dolor y ternura en el «Cantar de mio Cid»

En el Cantar de mio Cid, un episodio que rezuma ternura, y a la vez hondo dolor, es el de la separación de Rodrigo Díaz de Vivar de su esposa doña Jimena y sus hijas, a las que deja en el monasterio de San Pedro de Cardeña cuando, tras haber sido desterrado por el rey Alfonso VI, se dispone a partir a la frontera a pelear con los moros. Sabemos que la despedida del guerrero y su esposa constituye un topos de la épica (baste recordar la despedida de Héctor y Andrómaca en La Ilíada), pero aquí ese momento está transido de una especial delicadeza poética, que humaniza notablemente al héroe castellano:

Afevos doña Ximena     con sus fijas dó va llegando;
señas dueñas las traen     e adúzenlas en los braços.
Ant’el Campeador doña Ximena     fincó los inojos amos,
llorava de los ojos,     quísol besar las manos:
«¡Merced, Campeador,     en ora buena fostes nado!
Por malos mestureros     de tierra sodes echado.
¡Merced, ya Çid,     barba tan complida!
Fem’ ante vós     yo e vuestras ffijas,
iffantes son     e de días chicas,
con aquestas mis dueñas     de quien so yo servida.
Yo lo veo     que estades vós en ida
e nós de vos     partir nos hemos en vida.
¡Dandnos consejo     por amor de santa María!»
Enclinó las manos     la barba vellida,
a las sues fijas     en braço’ las prendía,
llególas al coraçón,     ca mucho las quería.
Llora de los ojos, tan fuerte mientre sospira:
«¡Ya doña Ximena,     la mi mugier complida,
commo a la mie alma     yo tanto vos quería!
Ya lo veedes     que partir nos emos en vida,
yo iré y vós     fincaredes remanida.
¡Plega a Dios     e a santa María,
que aun con mis manos     case estas mis fijas,
o que dé ventura     y algunos días vida,
e vós, mugier ondrada,     de mí seades servida!» (vv. 262-284)[1].

El Cid se despide de su esposa y sus hijas

Y poco más adelante, cuando ya es inminente la partida, el dolor de la separación —expresa bellamente el anónimo poeta— es como el que se produce cuando la uña se desprende de la carne:

La oraçión fecha,     la missa acabada la an,
salieron de la eglesia,     ya quieren cavalgar.
El Çid a doña Ximena     ívala abraçar;
doña Ximena al Çid     la manol’ va besar,
llorando de los ojos,     que non sabe qué se far.
E él a las niñas     tornólas a catar:
«A Dios vos acomiendo     e al Padre spirital;
agora nos partimos,     ¡Dios sabe el ajuntar!»
Llorando de los ojos,     que non vidiestes atal,
assís’ parten unos d’otros     commo la uña de la carne (vv. 366-375).

Rodrigo parte rumbo a la incertidumbre de la guerra, sin tener seguridad del regreso, sin saber si volverá a encontrarse con su familia en este mundo. No es de extrañar la cordial identificación que con el personaje del Cid sintieron muchos de los poetas del 27 y otros exiliados republicanos tras la Guerra Civil: igual que Rodrigo, ellos hubieron de marcharse para ganar el pan lejos de una patria a la que amaban profundamente y a la que no sabían si alguna vez podrían regresar…

En el Cantar de mio Cid, como es normal que suceda, ocupa un lugar destacado la descripción de hechos de armas (batalla de Alcocer, conquista de Valencia…), pues Rodrigo es un señor de la guerra, y aparece lógicamente caracterizado como valiente guerrero y buen estratega; pero, como he tratado de mostrar con un ejemplo ilustrativo, también hay lugar para abordar la dimensión humana del personaje, un hombre maduro y cabal, un héroe mesurado, incluso en los momentos de mayor dolor. Y es que don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, queda retratado como un héroe perfecto: es el perfecto vasallo y hombre de armas, pero también el perfecto esposo y padre. En el proceso de mitificación del héroe castellano, el primitivo autor no deja de lado esos otros aspectos correspondientes al ámbito de su vida familiar. De esta forma, con la inclusión de algunas escenas particularmente emotivas, poesía y ternura, sensibilidad literaria y sensibilidad humana, se dan la mano en el Cantar.


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola: valoración final

El caballero del Cid, de José Luis OlaizolaEn otro orden de cosas, hay que destacar que el autor sabe imbricar con acierto los dos planos de la narración, los elementos históricos y los de ficción. No es solo que el Cid, en medio de sus campañas en el Levante, halle tiempo para interesarse por las cuitas amorosas de Efrén; también doña Jimena y sus damas siguen con interés la hermosa historia de amor que viven, con muchas dificultades, Efrén y Rucayya. En fin, cuando el muchacho logra encontrar el famoso tesoro que buscaba, los hombres del Cid lo venden y con el dinero obtenido compran armas para el ejército, que servirán para la conquista definitiva de Valencia. Por medio de pequeños detalles como estos se fusionan ambos planos de la obra.

La novela, en la que no han faltado las aventuras y los amores, termina con un desafío, un duelo caballeresco en el que van a estar en juego el honor de un caballero cristiano y el alma de una delicada doncella. En efecto, al final, Efrén desafía a Abid Muzzafar por felón y traidor; este ordena a un sayón que le rompa al joven dos dedos de la mano derecha y dos costillas (para asegurarse de combatir con ventaja), pero cuando pelean el tercer viernes de junio de 1089, el joven logra vencer y, en lugar de perdonar a su enemigo, lo degüella, dejándose llevar por el odio. Entonces Rucayya le dice que no puede ser su esposa, por haber matado a su hermano, que le pedía clemencia. Efrén se da cuenta de que va a perder para siempre el único amor de su vida y decide profesar en Cardeña, de la misma forma que su amada va a hacerlo en las benedictinas de Estella. La melancolía tiñe su alma y siente un total despego por la vida, de forma que ahora pelea temerariamente en las luchas del Cid. Pero será el propio don Rodrigo quien facilite a Efrén la solución para un final feliz, al ordenarle que saque a Rucayya del convento y se case con ella. Los vendedores de noticias —nos dicen las últimas líneas del relato— hablan de un caballero indomable que combate con una sola mano y que marcha con el ánimo muy alegre hacia Navarra…

El final es abierto, pero esperanzado: no se cuenta el desenlace definitivo, pero se adivina la posibilidad real (facilitada por el Cid) de la unión feliz de Efrén y Rucayya. Es a lo que apuntan las palabras que leemos en la contracubierta del libro: «El caballero del Cid, novela con toda la frescura de los romances fronterizos y de las primeras novelas artúricas, transportará al lector a aquel tiempo en que Europa era aún tan joven que el más grande de los héroes épicos hacía un alto en su guerrear para propiciar que la historia de amor del más gentil de sus caballeros tuviera un alegre final». Es esta, en suma, una novela amena y fácil de leer, con buenas dosis de amores y aventuras, que puede contribuir a acercar, de forma indirecta, al conocimiento del personaje del Cid entre un público amplio.

La ambientación histórica en «El caballero del Cid» de José Luis Olaizola

Aunque la novela no resulta farragosa en la inclusión de datos históricos, sí que transmite al lector los necesarios para que se haga cargo de la situación en aquel momento: se ofrece, por ejemplo, una explicación de la enemistad del Cid con el conde García Ordóñez (p. 73), que es «el más feroz enemigo que tuvo nunca el Campeador»; se dan datos, también, sobre la relación entre el Cid y el rey Alfonso VI.

La jura en Santa Gadea

Así, fue la derrota de don Alfonso en Sagrajas lo que le hizo pensar en la necesidad de recurrir al Cid en su lucha contra los almorávides, dispensando al vasallo de la ira regia; se alude a la posterior reconciliación en Toledo, cuando el Cid muerde la hierba del prado (acto de sumisión vasallática que recoge el Cantar de mio Cid); se pone de manifiesto la división de Al-Andalus en reinos de taifas, con reyes enfrentados entre sí, que han de pagar parias al Cid para que sea su protector; se alude al relajo de la corte de Toledo (pp. 88-89) y, en el otro lado, a la ola puritana que supuso la llegada de los almorávides, encabezados por el emir Ben Yussuf; se incluyen datos sobre la mesnada del Cid, que alcanza primero la cantidad de mil hombres, para aumentar luego hasta los siete mil; y, en fin, se introducen otras alusiones al conde Berenguer de Barcelona (una de las hijas del Cid, María, terminará casando con un sobrino suyo), al proyecto de conquista del Levante peninsular, etc.

Como en otras novelas ambientadas en la Edad Media, abundan las referencias a creencias supersticiosas: la Paciana es aficionada a los sueños y la astrología y, de hecho, traza la carta astral de Efrén, que armoniza a Venus y Júpiter; cierta importancia alcanza un sueño que ha tenido Efrén, en el que vio un caballo zaino (es el que monta el Cid cuando se conocen y el que aquel terminará regalándole) y una doncella con una cruz al cuello (es Rucayya, la muchacha de la que se va a enamorar): el sueño se hace realidad en el momento en que sale a cabalgar llevando a la joven a la grupa. También podemos mencionar el personaje de Ermelinda la gallega, una sanadora que ha fijado el centro de gravitación del Cid de forma tal, que nunca le puede alcanzar el hierro de sus enemigos (pp. 67 y 94). También se recogen otros augurios y profecías: así, el judío Elifaz vaticinó al Cid un futuro prometedor por donde se levanta el sol; o, cuando Efrén parte con otros caballeros a enfrentarse en duelo con Abid Muzzafar, una bandada de cuervos les cruza por el lado izquierdo, algo interpretado como un mal agüero.

Rodrigo y Jimena en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

La novela de Olaizola nos va retratando a un Cid buen guerrero y buen estratega, que es un cumplido caballero, «el más notable caballero del orbe conocido» (p. 70), que está llamado a ser modelo de caballero cristiano por los siglos de los siglos. En una época en la que abundan los caballeros iletrados, el Cid es una excepción, pues sabe escribir en romance, latín y árabe (pp. 89-90). Además, su autoridad de mando militar se ve reforzada en los consejos con sus conocimientos de Derecho, en los que está muy versado.

Es, claro, una persona que se debe al honor: para él, se afirma, el honor de cualquiera de sus caballeros vale más que todos los reinos de España juntos, «pues el honor era patrimonio del alma y el alma era de Dios» (p. 129), según había aprendido del abad de Cardeña (se adelantó, pues, unos siglos con esta formulación el buen dom Sisebuto a Pedro Crespo, el famoso personaje calderoniano de El alcalde de Zalamea). Igualmente, «en lo que afectaba a la palabra dada, el Campeador era irreductible» (p. 126). Sin embargo, don Rodrigo es sensible ante el dolor ajeno y se interesa por personajes desventurados como el joven Efrén: «Cuentan las crónicas que, aun siendo tan aguerrido para la vida, era muy tierno en lo que atañía a determinados aspectos de las personas» (p. 128). En definitiva, tanto para sus amigos como para sus enemigos, el Cid era un guerrero sin igual, el más famoso y cumplido adalid de la cristiandad.

Hay también algunas referencias al personaje de Jimena. La sanadora Ermelinda le cuenta a Efrén cómo el Cid conoció a la joven Eximina y cómo se hicieron sus desposorios (pp. 96-97).

El Cid y doña Jimena

Después de casados, doña Jimena aconseja sabiamente al Cid acerca de los matrimonios de sus hijas, sobre la necesidad de conquistar Valencia… y es por ello muy respetada entre los caballeros de su mesnada. Se la describe como una mujer con señorío y atractiva en su madurez (p. 118), y se introduce algún detalle humorístico, a propósito de su afición a tomar baños, al afirmarse que

obligaba a hacer otro tanto a su egregio esposo, y sobre este extremo los otros caballeros, pese al respeto que debían a su señor, se permitían algunas chanzas, pues resultaba insólito que quien tanto poderío tenía sobre tantas gentes hubiera de plegarse al capricho de tomar aguas como si fuera un doncel en vísperas de sus nupcias (pp. 118-119).

La galería de personajes de la novela no es demasiado amplia, pero incluye varios otros interesantes: la Lince, pérfida y astuta mujer cuya actuación perjudicará seriamente a Efrén; el ermitaño Juan, que también acabará formando parte de las mesnadas del Cid; la viuda Zaynab y su bella hija Aisa, con la que casa Maksan (ambas están interesadas en que el viejo confiese dónde se encuentra el tesoro); Abid Muzzafar, el malvado de la novela, que asesina vilmente a Maksan y la Paciana y da tormento a Efrén (en su mirada, se nos dice, se percibe la pasión por la muerte y la destrucción); el judío Ben Elifaz, que administra sabiamente los bienes del Cid; algunos de los hombres del Cid como Minaya, el conde Pedro Peláez, Martín Antolínez, o el abad de Cardeña dom Sisebuto.

Rodrigo Díaz de Vivar en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

Aunque el Cid no ocupa el lugar protagónico de la novela de Olaizola, sí que es un personaje con una intervención destacada, sobre todo en la resolución del conflicto amoroso de Efrén. En las pp. 61-62 el novelista nos ofrece su descripción física:

Contaba a la sazón el Cid Campeador algo más de cuarenta años y la figura la seguía teniendo muy hermosa, siempre erguida, como quien está más acostumbrado a la silla de montar que al regalo de más cómodos asientos; los ojos los tenía garzos y la barba rubia, con no pocas canas blancas. En el vestir poco se diferenciaba del resto de los caballeros, salvo en las espuelas de plata muy repujada, regalo de un judío llamado Elifaz, que fue gran devoto de su persona. Ben Elifaz, hijo de Elifaz y continuador de sus negocios, fue quien le regaló el caballo Babieca, con su silla de montar y sus arzones de plata y oro, y su pedrería incrustada e hiladas de la misma especie en la cabezada del freno.

Luego, de forma concisa, se resumen los principales datos históricos sobre el personaje (mezclados, eso sí, con algunas concesiones a la fantasía literaria), comenzando por sus orígenes y sus primeros hechos de armas:

El Campeador había nacido en Vivar, aldea de Burgos, hijo de un infanzón de segunda nobleza que le había dejado por toda herencia dos molinos en las márgenes del río Ubierna, a su paso por Vivar. Pero de tal modo estaba dotado por la naturaleza para el oficio de guerrear, y para la vida en general, que el infante don Sancho, primogénito de Fernando I, emperador de León, Castilla y Galicia, le nombró alférez, y como tal hubo de combatir en lid singular de caballeros armados contra el conde de Lizarra, tenido por el más invencible de los caballeros cristianos, por la posesión del castillo de Pazuengos, en la frontera con Navarra. Rodrigo Díaz, que apenas contaba veinte años de edad, le dejó tendido sobre el palenque al segundo envite, y fue tan sonado el duelo, al que asistieron hasta nobles de la parte de Cataluña, que desde ese día comenzaron a llamarlo el Campeador, que quería decir vencedor en las armas y en la vida.

Poco después hubo de desafiar al moro Hariz, famoso por su estatura, por la plaza de Medinaceli. El duelo tuvo lugar en los prados de Barahona el 27 de septiembre del año 1067, y en esta ocasión el castellano le cortó la cabeza de un solo mandoble, con tal limpieza que el caballero siguió trotando sobre su corcel, erguido y con la cabeza fuera de su sitio. A partir de ese día comenzaron a llamarle «Cidi», en hebreo, que en árabe y castellano quería decir Mio Cid, o mi Señor.

El Campeador era fidelísimo al rey Sancho, que de tal modo le había distinguido, y por obedecerle se empeñaba en estos duelos singulares, pese a que la Iglesia los tenía prohibidos, y el abad dom Sisebuto, del monasterio de Cardeña, de quien el Cid era muy devoto, le había advertido que, de continuar por ese camino, acabaría siendo excomulgado. El Campeador daba muestras de contrición, pero cuando se presentaba la ocasión de lidiar en el palenque acababa cediendo.

Como alférez real mandó las tropas castellanas del rey Sancho que en Golpejera derrotaron a las de su hermano Alfonso; y como pareciera milagro que estando siempre en la primera línea, combatiendo contra varios caballeros a la vez, no recibiera nunca heridas de consideración, comenzóse a correr la voz de que una gallega, de nombre Ermelinda, santera en el monasterio de Cardeña, muy diestra en el arreglo de los huesos del cuerpo humano, le había colocado su centro de equilibrio de tal manera que nunca pudiera ser herido por arma enemiga (pp. 65-67).

Los éxitos militares prosiguen, pero, tras la muerte del rey Sancho, comienzan las desavenencias con su nuevo monarca, Alfonso VI, y las intrigas cortesanas que culminarían con el destierro:

Las batallas se sucedían y de todas ellas salía vencedor el Campeador, excepto de la más principal, la de Zamora, en la que no supo defender la vida de su señor, el rey Sancho, que murió a manos del caballero italiano Vellido Dolfos. Cuentan que fue la única derrota que había de conocer en su vida, pero no por eso menos dolorosa, pues no sólo perdió a un amigo bienamado sino que a éste le sucedió su hermano Alfonso VI, a quien, en su condición de alférez real, hubo de tomar juramento en la iglesia de Santa Gadea de Burgos de no haber participado en la muerte de su hermano, y desde aquel día fue apartado de la corte. Y más tarde, por intrigas del valido del rey Alfonso, el conde de García Ordóñez, conocido como el Boquituerto por traer la boca torcida, incurrió en la ira regia, siendo castigado con la pena de destierro.

Mucho dolió tal injusticia al Campeador y, por el contrario, no menos contentó a sus caballeros, sobre todo a los más jóvenes, ya que, conforme al Fuero Viejo, el caballero desterrado tenía derecho a ganarse el pan en tierra de moros, y soñaban que, dada la estrella de la fortuna de su señor, todos habían de volver ricos a Castilla. Y no les faltó razón porque encontraron gran provecho a la sombra del Campeador, unas veces guerreando por cuenta propia y otras poniéndose al servicio de un gran señor. El más principal de éstos fue el rey moro de Zaragoza, Mutamín, que le nombró jefe de todos sus ejércitos y le hizo construir un palacio a orillas del Ebro que no desmerecía del suyo de la Aljafería. Amigos entre los moros tuvo muchos el Cid Campeador, y hasta le tomó afición a su habla, que la manejaba con tanta soltura que era la admiración de los cadíes y los faquíes musulmanes, que le respetaban y tenían en mucho su amistad. Eran tan evidentes sus dotes en todos los órdenes de la vida que el más grande de los escritores árabes de la época, Ibn Bassam, lo calificó de «maravilla del Creador».

La malevolencia le venía más bien de los cortesanos de León, encabezados por el Boquituerto, de los que el Campeador procuraba estar distante, sin querer combatirlos, por fidelidad al rey Alfonso, a quien había besado la mano en Santa Gadea (pp. 67-68).

El rey Alfonso VI

Los tributos cobrados a los reinos moros permiten al Cid armar un ejército cada vez más poderoso, con el que poder emprender nuevas acciones bélicas en el levante peninsular:

Cuando Efrén conoció al Campeador andaba barruntando la conquista del Levante hispánico porque el judío Elifaz, antes de morir, le había profetizado que su destino estaba por donde se levantaba el sol. Y el Campeador, aunque buen cristiano, tenía en mucho esa clase de augurios, mayormente viniendo de personas que le querían bien, hasta el extremo de brindarle dineros y empréstitos para armar un ejército que, bajo su mando, había de resultar invencible. Pero el Cid no gustaba de esa clase de compromisos y prefería ir combatiendo a los reyes y reyezuelos que se extendían desde León hasta el Levante y, según los vencía, brindarles su protección, cobrándoles las correspondientes parias conforme a las costumbres de la época (p. 68).

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola, novela de aventuras y de aprendizaje

Como hemos podido apreciar por el apretado resumen del argumento de la entrada anterior, es el joven Efrén, y no el Cid, el verdadero protagonista de la obra de Olaizola, que es, no tanto una novela histórica, sino más bien una novela de aventuras ambientada en un determinado momento histórico, y que maneja los ingredientes tradicionales de la novela de aventuras (lo que, dicho sea de paso, puede hacerla atractiva también para un público juvenil). Así, no falta la pareja de héroes jóvenes, Efrén y Rucayya, que viven unos amores puros pero contrariados, ni el villano de turno, el citado Abid Muzzafar, que los persigue sin compasión.

Por otra parte, también podemos calificar El caballero del Cid como una novela de aprendizaje, en tanto en cuanto nos describe la formación progresiva de Efrén: su primer maestro es Maksan, el hombre anciano y sabio con el que permanece en la sierra hasta los dieciséis años y que, además de lo relativo a la caza, le transmite otras enseñanzas (por ejemplo, el conocimiento de que todas las glorias humanas son perecederas); esa formación «para la vida» la completa Efrén con un ermitaño que encuentra en el monte cuando se dedica a cuidar una piara de cerdos; el arte militar se lo enseña Alvar Háñez Minaya (pasa a su lado los años 1086-1089), mientras que las letras las aprende en el monasterio de Cardeña.

Minaya Álvar Fáñez

El carácter de Efrén se va formando con el paso del tiempo; al principio, como no ha llegado a conocer a sus padres y ha pasado sus primeros años en una tierra fronteriza, no sabe muy bien a qué mundo pertenece, ni siquiera si es moro o cristiano: «Soy de Naciados, y allí somos de unos y de otros» (p. 18), le explica a Maksan cuando este le pregunta por su religión; y poco después apostilla el narrador: «como tantos otros de los naturales de Naciados, no estaba seguro de si era moro o cristiano, ni si le convenía ser lo uno o lo otro, en el caso de que se decidiera a seguir el oficio de vendedor de noticias» (p. 21).

Una recreación cidiana: «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

El Cid CampeadorDe entre las recreaciones literarias del Cid —que han sido muchas a lo largo del tiempo, y escritas con intencionalidades y enfoques muy variados—, hoy quiero centrar mi atención en la novela El caballero del Cid, de José Luis Olaizola (Barcelona, Planeta, 2000). En ella el Cid no es el personaje principal, sino que aparece más bien en un segundo plano, aunque con una intervención destacada. En efecto, la novela se centra en la peripecia de Efrén, un muchacho que conocerá al Cid, entrará en su mesnada como cetrero y terminará siendo nombrado caballero. Así lo anuncian las primeras palabras de la novela: «Ésta es la historia de Efrén, el eslavo de las mesnadas del Cid, natural de Naciados, en tierras de Cáceres, cuyos habitantes estaban  mal vistos porque se ganaban la vida vendiendo noticias en tiempos de guerra, que en aquellos años del siglo XI lo eran casi todos» (p. 7).

Efrén es hijo de un normando y una mora del harén del cadí de Barbastro. Como su madre murió en el parto, se crió con la Paciana, la partera, que se considera por ello con derechos sobre él. Y como Efrén es un muchacho atractivo (es rubio, tiene ojos azules…), cuando crece, la Paciana, que es mujer harto codiciosa, quiere venderlo a un visir del rey de Granada. Así lo hace, pero un eunuco ayuda a escapar a Efrén; el mulero Temin lo salva de morir congelado en la sierra y luego, durante años, va a vivir con el cabrero Maksan, con el que comparte años trashumantes por los bosques, sierras y quebradas de las Alpujarras. Con él aprenderá a cazar, a tirar con arco y, sobre todo, a tratar con los animales: Efrén cría lobeznos y aguiluchos y, además, tiene un don especial que le permite entender el habla de las fieras salvajes y hacer que le obedezcan en todo momento.

Efrén conoce al Cid en cierta ocasión en que el Campeador se encuentra en una situación apurada: está separado del grueso de su mesnada, perdido en una hondonada de la Sierra Madroñera, con muy pocos hombres y rodeado de un ejército de moros y cristianos que quieren acabar con él (véanse las pp. 7 y 60). Como Efrén domina el arte de la cetrería, a la que el Cid es muy aficionado, se gana su confianza, pese a los recelos iniciales de Alvar Háñez Minaya, que desconfía de los de Naciados. Este es el inicio de la relación entre ambos. Después, el guerrero burgalés se convertirá en protector del joven muchacho, y Efrén le será fiel en todo momento, siendo su sueño morir por el Cid. Rodrigo pide a Minaya que le enseñe a ser un buen guerrero y un buen cristiano y, en efecto, Efrén terminará siendo armado caballero: adoptará el nombre de Efrén de la Santa Cruz de Moya y se convertirá en el cetrero mayor y batidor de caza de la mesnada.

El Cid también apoyará a Efrén en la búsqueda de un tesoro y en sus pretensiones amorosas, aventuras ambas en las que correrá graves peligros. El tesoro, procedente del saqueo de la Cueva Dorada, donde se guardaba la fortuna del cadí de Cazorla, está oculto en Quebrantahuesos e incluye el famoso ceñidor de la sultana Zobeida, sobre el que parece pesar una maldición, pues todos los que lo poseen acaban en desgracia; solo el viejo Maksan sabe su localización y, en atención a los años felices compartidos con Efrén en Sierra Nevada, le confesará dónde poder encontrarlo. Por otra parte, Efrén se enamorará de Rucayya, una joven cristiana, huérfana como él, toda sencillez y encanto, a la que han obligado a renegar de su fe para que contraiga nupcias con el rey Abdalá de Granada. El mayor enemigo de Efrén será precisamente el hermano de Rucayya, el malvado Abid Muzzafar, un cristiano renegado, que también anda tras la consecución del tesoro. Pues bien, el Cid será el principal valedor del muchacho tanto en su búsqueda del tesoro como en su aventura amorosa.