Desde la Ínsula

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Aquí estoy, me uno a la GRISOSFERA con mi blog “Ínsula Barañaria” (vaya titulito para esto de Internet, con acento en la primera mayúscula y una “ñ” en la segunda palabra…). Soy nuevo en estas lides blogueras, así que no sé cómo lo haré hasta que le vaya cogiendo el tranquillo al asunto…

Un puente hasta la ÍnsulaEl título, además de ser un guiño cervantino, se explica por mi lugar de residencia: Barañáin, un pequeño municipio cercano a Pamplona. Aquí es donde uno intenta tener su refugio y retiro, su lugar apartado del mundanal ruido: mi personal Ínsula Barañaria, un lugar tranquilo, salvo cuando se oyen las campanas tocando a rebato y alteran su paz los Guerreros de la Ínsula (que son solo dos, pero a veces parecen seis o siete). Ah, en la Ínsula hay también una Princesa, pero creo que no le gustará mucho que se hable aquí de ella… En la Ínsula Barañaria se han firmado ya los prólogos de algunos libros, y desde la Ínsula se irán escribiendo estas nuevas páginas.

Escudo de BarañáinEste será un blog fundamentalmente académico: se hablará aquí, con un “orden desordenado”, de literatura, de libros y lecturas, de autores clásicos y modernos (Cervantes, a la fuerza, habrá de estar presente); aparecerán citas y versos que alguna vez me han gustado; también tendrán cabida las investigaciones personales en curso y, cómo no, los proyectos del GRISO, etc., etc.

—Oiga, ¿y se hablará también de la vida?

—Sí, vida y literatura, literatura y vida van siempre unidas, y algo también se dirá en estas páginas acerca de la vida…

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Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Blancos y negros, de Arturo CampiónLas técnicas de contraste en Blancos y negros[1] de Arturo Campión las podemos apreciar igualmente en detalles menores: por ejemplo, al final del capítulo VI, los sonidos del silbo y tamboril que suenan en la gambara de casa de Josepantoñi contrastan con los rugidos de la tempestad que se oye fuera. La tristeza de la escena en que doña María se entera de que no es dueña de ninguna de sus propiedades porque perdió el usufructo foral tiene como contrapunto el júbilo de las canciones de Navidad que se escuchan en la calle. Unas líneas merece también el empleo de técnicas caricaturescas en los retratos de algunos personajes. Caricaturesco es, en efecto, el de don Abdón, el teniente de la parroquia. También carga Campión las tintas en el retrato del maestro, navarro de nacimiento, no de sentimiento, don Bernardino, descrito como un sádico («Me llamo Balda y… baldo», p. 324). Véase asimismo la descripción de doña Sotera (p. 284) o esta nota a propósito de la esposa de Osambela: «La risa sacudía las carnes de doña Gertrudis, asemejándose a un budín de gelatina recién extraído del molde» (p. 298). La carta del fraile Aguinaga que se incluye en el capítulo V, plagada de faltas de ortografía, constituye un acertado retrato caricaturesco de su persona, de su cerrilidad e incultura.

Campión gusta de dotar de estructura circular a algunos capítulos. El capítulo primero comienza con lluvia: «Llueve, llueve, llueve. Quince días de lluvia incesante, inagotable, irrestañable» (p. 189), y acaba con una alusión al murmullo de la lluvia «que se precipitaba a borbotones por las cañerías y canales de hojalata, o libre caía a la calle chorreando desde los tejados» (p. 198). En este capítulo I se indica que el suelo de la plaza de Urgain ha quedado convertido «en papilla de lodo negruzco, espeso, pegajoso y resbaladizo, licuado, a trechos, en agua fangosa» (p. 190), lodo negruzco en el que podemos ver anticipado «el líquido derramado por las eras» (palabras finales de la novela), es decir, la sangre mezclada con el fiemo y la tierra. Estructura circular tiene también el capítulo XIII, que comienza con la imagen papeletas electorales=mariposas:

Si a estos papelitos el viento reinante los hubiese arrancado de las callosas manazas de Loipea, con caprichosos revuelos de blancas mariposas se habrían esparcido por el ámbito de la villa, siendo recreo de los ojos (p. 393).

Y acaba con la de copos de nieve=mariposas=papeletas electorales:

La blanquísima nieve de San Donato, a la luz discontinua de la luna, chispeaba como un diamante. De las pardas nubes, impelidas por el sudeste, escapábanse argentados copos que, con vuelos de mariposa, sumíanse dentro de las chimeneas, extendíanse sobre los tejados y torbellineaban en las fangosas callejuelas, semejantes a las papeletas electorales que invadieron a Urgain, escapándose, no de las callosas manazas de Loipea, sino, realmente, de las negrísimas garras del demonio de la política (p. 411).

Comentario más detenido merecería la abundante utilización de metáforas, imágenes y símiles, aspecto cuyo análisis habrá de quedar para otra ocasión. Haré notar, en fin, la huella de Cervantes, que se aprecia en pequeños detalles de estilo como la forma de comenzar algún capítulo («Las ocho de la mañana serían…» es la expresión que abre el capítulo V) o la predilección por algunos adjetivos (desaforado, descomunal…) de clara raigambre cervantina[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento profano en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: amor y honor

CapayEspadaSabido es que muchas de las estructuras y mecanismos de la comedia hagiográfica coinciden con los de la comedia de enredo o de capa y espada: amor, honor, gracioso, humor, mujer en traje varonil, etc. Pues bien, en esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso ese elemento profano es muy importante. Recordemos que la acción comienza con un triángulo amoroso, el formado por Natalio, Teodora y Filipo. El galán desdeñado logra con violencia gozar a la mujer y el marido ultrajado querrá vengar su honor. Veamos cómo funciona en la pieza esta estructura de amor y honor.

En efecto, el arranque de La adúltera penitente bien podría ser el de una comedia de enredo. La primera escena nos muestra a un galán, Filipo, que, tras quejarse de sus desdeñados amores, pide a su criado Morondo y a su amigo Roberto que le dejen morir. Morondo va a ser el típico criado industrioso[1]. Le dice que es una locura amar a una mujer casada, pero el galán se excusa diciendo que ella se casó con un rico que compró su belleza. Dos años después, él le sigue escribiendo billetes de amor. La propia Teodora corrobora esa explicación: sabía al casarse que Filipo la amaba, pero sus deudos le pidieron que admitiera a Natalio por dueño. Ella, en cualquier caso, es virtuosa y, fiel al honor conyugal, resiste en todo momento a las porfías de Filipo. Consideremos esta bella descripción de Teodora vista por Filipo:

FILIPO.- Aunque es el fuego su asiento,
libre en sus llamas se mira
la salamandra, y respira
sin riesgo de un elemento.
Entre las zarzas vecinas
de las fragosas montañas,
nace el lirio, y aunque hurañas,
le respetan las espinas.
Con repetida porfía
de la enfaldad[2] obscura
de la noche hermosa y pura
se libra la luz del día.
Sin que amargo sabor cobre,
hay río cuyos cristales
conservan dulces raudales
en medio del mar salobre.
Y así el recato que veo
en Teodora ser pretende
salamandra, que no ofende
todo el fuego de un deseo;
lirio cuajado ni herido
del riesgo, no puede ser;
aurora que obscurecer
sombras torpes no han podido,
y río que nunca deja
el curso de su rigor
y está en el mar de mi amor
si en lo amargo de mi queja (p. 245a)[3].

También el final de la primera jornada, cuando salen Filipo y Teodora a medio vestir, es «de capa y espada». Él le ha arrebatado su honor, pero una vez que ha tomado posesión del cuerpo, muere su deseo y se va, dejándola abandonada. En ese momento, el Demonio mata la luz y hace creer a la desengañada mujer que ha llegado su esposo, todo para incitarla a dejar la casa. Así lo hace, no sin antes explicar que, si huye, es porque teme el castigo de los cielos, no el humano. Al llegar Natalio ve ropas revueltas en el suelo y teme por su honor. Al principio duda, pero convencido de su deshonra, sale a buscar a la fugitiva y ejecutar su venganza:

NATALIO.- Ya no hay mal que no recele
contra el decoro sagrado
del honor; pero ¿qué arguyo?
Miente el recelo villano,
miente cualquiera apariencia,
mas lo que podrán pensar
los que la vieren faltar,
a lo peor me sentencia.
Pues su duda o su obediencia
a nadie honrado le hace,
del concepto ajeno se hace
la honra propia, y así
no me satisface a mí
si a todos no satisface.
Hallar desea en su ayuda
algún indicio mi amor,
mas de ausentarse el error
no da lugar a la duda.
Claros astros, noche muda,
guiad mi venganza fiera,
pero aunque seguirla quiera,
¿cómo he de alcanzar, cargado
de un agravio tan pesado,
a una mujer tan ligera?
Mas ya que a entender su culpa
me obligan indicios tantos,
la buscaré aunque la esconda
el centro más ignorado
de la tierra o el abismo
en sus profundos espacios.
Peregrinando sujeto
al dictamen de mi agravio,
fatigaré incultos montes,
pisaré desiertos campos,
navegando nuevos mares,
discurriendo climas varios,
siendo piedad de los Cielos,
de los hombres y los hados
con la deshonra que llevo,
con el fuego en que me abraso.
Y si no hallare la causa
de tan afrentosos daños,
hallar la muerte aguardo
que es la dicha mayor de un desdichado (p. 258a-b).

Al comienzo de la Jornada II se nos informa de que Teodora lleva dos meses en traje varonil: vive en un convento de la orden de San Elías (Teodora es ahora fray Teodoro); Filipo, a su vez, recorre el monte como bandido; y el esposo ultrajado los anda buscando a los dos. El Demonio quiere hacer que Natalio conozca su afrenta a ciencia cierta y para ello escribe en los troncos el siguiente mensaje: «Adúltera fue Teodora». Trata así de vengarse en la opinión de Teodora, ya que no puede en su virtud. Más tarde se produce el encuentro entre Natalio y su esposa (a la que no reconoce por ocultar con el hábito su verdadera personalidad). Natalio cuenta su historia —cómo casó con la bella e ingrata Teodora— al supuesto padre Teodoro, el único que le ha prestado atención. Teodora, llorosa por lo que escucha, se turba cuando su marido empuña el acero en su mano: Natalio, tras leer al final el «Adúltera fue Teodora», ve confirmado su agravio, ve su deshonra grabada en las cortezas de los árboles, y todo su amor se transforma en odio. Si Teodora es mala, concluye, no habrá ninguna mujer buena.

Al inicio de la Jornada III, vemos de nuevo a Natalio, rodeado de sus deudos y amigos, encendido por la deshonra y su sed rabiosa de venganza. Siente la herida afrentosa de su deshonor y el Demonio quiere acercarlo a Roberto, que va a traicionar a Filipo. Honor, venganza, deshonra, son palabras repetidas en esta escena. Roberto dice que Filipo ha afrentado a la esposa de Natalio. Pero Natalio no desea hacer notoria su afrenta. Por ello, en lugar de darse a conocer, dice ser un hombre que vengará esa inocencia ofendida (intentará que parezca socorro lo que en realidad es venganza). Natalio va a ser médico de su honra (p. 275b; de ahí que se hable de herida, p. 275b y supra, p. 274a). Se duele de la resolución tomada (ama a su esposa, se insiste en esto) y luchan en su pecho los sentimientos de amor y de deshonra:

NATALIO.- Muerte dio a mi bien, señora,
Teodora, querido dueño,
vida ya de mis congojas,
alma de mi amor, ¿qué digo?,
siéndolo de mi deshonra.
Cielos, ¿cómo cabe en mí
este sentimiento agora
sin que el de mi amor le impide?
Sin duda, pues no se estorban,
que en los secretos del pecho
puso mano artificiosa
un seno para el amar
y otro para la deshonra,
pues entrambos ofendidos,
¿qué espera mi furia loca?
El veneno que respiro,
¿cómo el aire no inficiona?
¿Qué nieve en mi pecho oculta
el Etna[4] que incendios brota?
¿Cómo no arden estas plantas
para hacer ojos sus hojas
con que miren mi venganza?
¿Cómo ya llamas no arrojan
arenas, riscos y peñas?
Amigos, huid agora,
que el volcán de mis alientos
va abrasando cuanto topa.
¡Venganza, amigos, venganza,
que abrasará mi deshonra,
que este rayo aun lo débil no perdona! (pp. 275b-276a).

Natalio afirma que quemará todo el monte, aunque es consciente también de que, aunque se vengue con el fuego, quedarán siempre las cenizas del deshonor. En la escena en que Roberto se ofrece para entregarle a Filipo —a cambio de lo cual Natalio le promete «hacienda, honor, riqueza» (p. 276b)— aparecen de nuevo las imágenes ígneas: abrasa, incendia, quema[5]


[1] Ver para industria las pp. 244b y 245a.

[2] Sic en el texto, quizá error por «frialdad».

[3] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[4] Enmiendo la lectura errada «Etno».

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

Muchos de los personajes de la novela[1] de Arturo Campión se construyen como parejas de contrarios (Osambela y doña María, Cuadrau y don Mario, Celedonia y Josepantoñi…). Añadamos ahora algunos detalles más con relación a la presentación antitética de Osambela y doña María. Si la palaciana es generosa y amable con los pobres (cuando entrega unas monedas, ofrece además el consuelo del alma), el odioso cacique es «avaro por naturaleza y cálculo» (p. 385) y su propio hijo Perico se da cuenta de que tan solo pretende hacer un negocio de «usurero desalmado, vengándose, al mismo tiempo, de una familia a quien detesta» (p. 384). Pero la misma consideración negativa se extiende al propio Perico, menospreciado por la mayorazga doña Rosa de Altolaguirre y Zufiaurre:

Doña Rosita consideraba la casa de Ugarte como a templo donde la raída nobleza de Urgain y cinco leguas a la redonda recibía solemne culto, y además, como a ejecutoria donde constaba fehaciente el número de las personas que podían alternar entre sí, sin desdoro. De suerte que, propiamente, a Perico Osambela lo equiparaba a callejero can que se cuela en el archivo, hociquea los papelotes, y cual de ruines piltrafas, se apodera de las más preciosas genealogías y las arrastra por el enfangado suelo (p. 357).

El contraste maniqueo lo observamos asimismo en la presentación de los personajes vascongados (la familia de Juan Bautista Oyarbide, sobre todo[2]), que constituyen acabados modelos de bondad y virtud, frente a los personajes foráneos (sobre todo los hijos de Aquilino Zazpe, Celedonia y Casildo, verdaderos dechados de maldad). Campión idealiza el carácter y las costumbres tradicionales del pueblo vasco y fustiga las novedades venidas de fuera para distorsionar su alma. Desde la ventana del palacio observa don Mario (capítulo IV) el baile que en la plaza consistorial protagoniza la juventud urgainesa, «sana, alegre y ágil», al son del silbo y el tamboril, baile honesto que contrasta con el «agarrao» que tiene lugar junto al portal de la taberna de Aquilino Zazpe, al son de guitarra, bandurria y pandereta, con intervención de la «gente forastera» (carabineros, guardias civiles, mozos de la estación y sus mujeres).

SilboyTamboril

Esa radical oposición de autóctonos y foráneos se personaliza en el enfrentamiento entre Josepantoñi y Celedonia (que culmina en la pelea en el río del capítulo IX). Si las montañesas hablan «la lengua éuskara, formada por Dios para susurrar ternezas y amores» (p. 365), las otras mujeres, las esposas e hijas de guardias civiles, carabineros y empleados del ferrocarril, se expresan en un español plagado de vulgarismos y coloquialismos y con un acento marcadamente ribero-aragonés. El carácter idílico de la vida en la aldea vasca queda subrayado en las visitas que hace Mario al caserío de Ermitaldea:

Mario saboreaba la honradez y la rústica poesía de aquel hogar feliz. Opinaba que las instituciones y costumbres, el lenguaje nativo y las tendencias étnicas naturales que semejantes ejemplares de clase popular producen, se habían de conservar y defender. Su amor a la tierra éuskara templábase en los cuadros familiares que veía. Tomaba cuerpo ante sus ojos la imagen de un pueblo creyente, sencillo, bondadoso, roído por el tiempo y arrojado a las altas cumbres de las montañas, circuido por desbordados mares, cuyas aguas con impasible e ineluctable progresión crecen, avanzan, suben, se extienden, sin retroceder nunca un palmo, ni rebajar su nivel nunca, fatales como el curso de las estrellas y la sucesión de los siglos, hasta anegar, disolver y sumergirlo todo bajo una desolada uniformidad (p. 343).

La misma técnica del contraste y la dualidad sirve para presentar la división política existente en Urgain, que se escenifica en los cafés (el Café de la Paz es el cuartel general del puñadico liberal mientras que la taberna de Aquilino Zazpe constituye el centro popular de los carlistas). Verdaderamente antológico es el capítulo XIII, «El diablo en Urgain» —el diablo llega al pueblo en forma de candidaturas electorales—, donde Campión describe magistralmente la «exaltación furiosa de las pasiones políticas» (p. 439) y cómo los ánimos pacíficos se transforman en pendencieros: «Ardió la pasión política» (p. 393). Unas palabras del abad tratando de convencer a don Mario anticipan de nuevo lo que va a ocurrir más adelante:

«Cada hogar —decía— es copia del infierno; cada hombre, encarnación del demonio. Hay muchas lágrimas, y me temo que hasta sangre ha de correr. Satanás, y no otro, es el inventor de semejantes sistemas políticos.» (p. 439)

Y así sucede en la escena final, cuando las eras estercoladas, bajo el asfixiante sol canicular, quedan empapadas con la sangre de blancos y negros:

Ganchos y muñidores de ambos partidos recorrían las eras, torciendo las voluntades con la promesa, la dádiva y el engaño. Sobre el fiemo de las cuadras, campaba el fiemo, mil veces más pestilente, de la política española. […]

Vacío el cesto de las injurias, exhausto el desaguadero de los insultos, los hombres, enardecidos por el sol que en las venas inyectaba fuego, se lanzaron unos contra otros a puñadas, mordiscos y coces, rodando y revolcándose frenéticos por el suelo.

Y cuando, al cabo, se logró restablecer el orden y llegó el caso de levantar los contusos y heridos, nadie hubiese podido decir quiénes eran los blancos y quiénes los negros, pues a todos les tiznaba y embadurnaba, parificándolos, desde la uña del pie hasta la punta del pelo, el líquido derramado por las eras (p. 469)[3].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véanse las pp. 341 y ss.

[3] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento espectacular en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: los milagros de Santa Teodora

Frente a las artes diabólicas del Demonio, tenemos en la comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso los milagros que obra Teodora en su vida de penitente. El primero acontece precisamente ante su esposo Natalio, que recorre el monte enajenado provocando la huida de los villanos. Él explica que la suya es locura de amor, y lo expresa en una bella enumeración diseminativo recolectiva:

NATALIO.- ¿Adónde, amante y rendido,
hallaré el bien que perdí?
Mas sin duda estuvo aquí
pues dejó el campo florido.
Flores, decidme su esfera;
mas no lo querréis decir,
que en sus pies os va a decir[1]
otra mejor primavera.
Aves, que al sol hacéis salva,
sin duda della sabréis,
si no es que ya no cantéis
dulces requiebros al alba.
Arroyo, en aqueste empleo
que ciegamente conquisto,
¿ríeste de haberla visto
o de que yo no la veo?
Yedras, decid de mi bien,
y no me dejéis penar,
y pues que sabéis amar,
sabed consolar también.
Todos amáis, selvas, flores,
arroyos, yedras constantes,
y pues todos sois amantes,
mirad que muero de amores (p. 263b)[2].

El abad manda a fray Teodoro que salga al encuentro del loco. Así lo hace, y sus palabras logran apaciguarlo: Natalio explica al supuesto religioso que no hubo traición por parte de su esposa, pondera su «honesta hermosura» y afirma que la idolatra. Otro hecho prodigioso tiene lugar más tarde, cuando se encuentran Teodora y Filipo; él sigue enamorado de la dama, pero ella es ya otra, sigue a Dios, y a Él pide amparo: cuando se entra Teodora huyendo del galán, este no puede moverse para seguirla, y la sorpresa del hecho sobrenatural queda subrayada por el comentario del galán: «todo es prodigios mi vida» (p. 269b).

Una nueva intervención milagrosa se produce a propósito del niño cuya paternidad Flora atribuye a fray Teodoro. Despechada porque fray Teodoro (en realidad, Teodora) no le hace caso, afirma delante del abad que le entregó las llaves de su honor porque le dio palabra de ser su esposo y que después se entró fraile sólo por burlarla. Además, esta noche la ha vuelto a gozar, así que la ha burlado dos veces. Pide por ello que lo echen del convento, ya que si no lo hacen así bajarán las limosnas. El niño que trae es de fray Teodoro, dice, pero uno de los labradores comenta: «Ya el niño ha tenido / con este diez padres» (p. 272a). El abad pide cuentas a fray Teodoro, y aunque protesta que es inocente, es expulsado del convento: «Vaya, y su pecado pague» (p. 272b)[3]. Entonces Teodora pide a Dios por el niño, momento en que bajan dos ángeles con cestillas «y dánselas a la Santa» (p. 272b). Le explican además que en una cueva hallará una leona para criarlo, como así sucede[4].

DosAngeles_Giotto

Siguen los milagros de la santa[5]: Teodora amansa un león y, más tarde, al tiempo que lamenta la tristeza de verse arrojada del coro, pide a la Virgen que la ayuden a cantar los árboles; entonces «Descúbrese un coro en un bofetón que saldrá hasta donde está la Santa» y el coro de árboles entona un Kyrie eleyson. Luego «Sale un ángel en una apariencia» y la invita a subir al coro de la Virgen, porque María le restituye su gracia: «Desaparece todo con sus apariencias, la Santa por una parte y el coro por otra, y el Ángel por otra» (p. 280a). Otra aparición espectacular ocurre cuando Natalio y Roberto persiguen a Filipo, que cae por un despeñadero. Sabe que le ha vendido el traidor Roberto, movido del interés, y tras invocar al Cielo, se oculta en unas peñas, en una de cuyas cuevas hay un santo varón (Teodora) leyendo:

TEODORA.- Es la vida una jornada
que hace el hombre para el Cielo:
andamos cuando vivimos,
partimos cuando nacemos,
cuando morimos llegamos
y descansamos muriendo (p. 281a).

Filipo quiere ampararse del santo y entonces: «Sale un bofetón de dentro, que tape la cueva, y en él la Santa de rodillas, y suena música» (p. 281b). Natalio ve que se trata de un aviso del Cielo y decide perdonar sus agravios. En fin, cuando Teodora se siente morir es llevada al convento. El Demonio se va vencido definitivamente:

ABAD.- Válgame el cielo, ¿quién eres?

DEMONIO.- Quien persiguiendo a Teodoro,
[ha] asistido inútilmente,
porque venciendo mi engaño
ya en el aire resplandece,
y yo de sus luces huyo
a mis lóbregos albergues. Húndese. (p. 285b).

Hecho que el abad subraya con sus asombradas palabras: «¡Cielos, qué raro prodigio! / ¿Pero qué estruendo es aqueste?». Se oye, en efecto, un estruendo de campanas y sucede un último prodigio; se ve a la santa y a Filipo con hábito: «Descúbrese la Santa con tunicela, y Filipo con el hábito, abajo un Ángel» (p. 286a). Y acaba la comedia así:

ÁNGEL.- Natalio, y todos vosotros
cuantos escucháis alegres,
la que miráis es Teodora,
que, viviendo penitente
en el traje de varón,
logró tan dichosa muerte.
El honor te restituye,
pues ya Filipo te ofrece,
donde le miras, rendido,
que ya otra vida promete,
y cumpliendo con su fama
y contigo, ahora vuele
donde celestial corona
divina mano le ofrece.

NATALIO:- ¡Cielos, dichosa venganza!

ABAD.- Su error nuestra voz confiese.

TODOS.- Todos pedimos perdón.

MORONDO.- Y con vitorias alegres
tendrá aquí dichoso fin
La adúltera penitente (p. 286a-286b)[6].


[1] Quizá se podría enmendar ese repetido «decir» por «lucir».

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Como vemos, Teodora por segunda vez ha sido arrojada del espacio que le sirve de hogar: al acabar la primera jornada, de su propia casa; al acabar la segunda, del convento donde había hallado acogida. Pero eso no le hace perder la esperanza, en modo alguno, y en la Jornada III se intensificarán los milagros de la adúltera penitente.

[4] Por cuenta de Dios queda el sustentarlo, y se destaca que el niño abandonado va a encontrar más abrigo en una fiera que en su madre.

[5] También tenemos milagros a lo burlesco, los que supuestamente hace el gracioso Morondo, que dice ser santo: por ejemplo, ha logrado convertir a un hombre… con un azumbre de vino.

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

«Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión: Juan Miguel Osambela versus doña María de Axpe-Salazar

Algunos datos sobre la personalidad del cacique liberal Osambela han quedado apuntados ya en las entradas precedentes. Es en el capítulo II donde Arturo Campión nos ofrece el retrato de la familia de don Juan Miguel Osambela y Zurutuza, escribano y agente del partido liberal, y resume la historia familiar y las causas de su enriquecimiento. El notario de Urgain es un potentado que tiene dos únicas pasiones, la avaricia y la dominación: «Su bolsillo era de rico; su modo de vivir, no. […] Nada le satisfacía tanto como que le reconociesen y ponderasen su riqueza e influencia. La vanidad constituía su único placer intelectual» (pp. 203-204). Tramará su venganza (apoderarse de la hipoteca de los Ugarte y obligarlos a la boda de doña María Isabel con su hijo Perico), y para ello contará con la colaboración del abogado pamplonés Ignacio Ostiz.

En el capítulo VII, Osambela visita a Ostiz; ambos están unidos por una amistad añeja, pese a militar en distintos bandos políticos: lejos de ser enemigos, estos dos «doctores en cucología» se unen para sacar adelante sus negocios. Osambela expresa ante su compadre sus deseos de «patear a esa bruja de doña María» (p. 280). El capítulo VIII, «Intimación matrimonial», enfrenta por primera vez directamente a ambos personajes rivales. El notario visita a la palaciana y le expone sus propósitos sin rodeos: «El fingimiento y disimulo —apostilla el narrador— no formaban parte del caudal de sus defectos» (p. 306). Le explica que ha comprado la hipoteca que pesa sobre su hacienda y pide la mano de su hija para su Perico. Doña María llama a María Isabel, quien confirma que ella y el hijo de Osambela se quieren. Pero doña María, digna, se niega a autorizar semejante unión: ella es una madre católica y no entregará su hija, por su propia voluntad, a un liberal; herida en su orgullo, despacha a Osambela, pero la amenaza de este queda flotando en la estancia de Jaureguiberri (nueva prolepsis narrativa):

—¡Acaso el que sale despedido como criado, volverá con las ínfulas de dueño! Mis propósitos eran pacíficos, conciliadores: sólo han servido para aumentar la soberbia de quien la derrama por todos su poros como un veneno. ¿Queréis guerra?, pues la habrá sin cuartel. Chocarán el puchero y la olla: el puchero se hará pedazos, que yo, soy de hierro, ¡badajo! (p. 314)

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Osambela visualiza el enfrentamiento de ambas familias (nobleza decadente y burguesía ascendente) con esa expresiva imagen del choque del puchero y la olla. Más adelante hará uso de otras similares:

—¡Cómo acaban los linajes! La coraza del infanzón atravesada por la pluma ruin del curial (p. 263).

—Al diablo lágrimas y sensiblerías: yo, el acreedor, martillo; ellos, el deudor, yunque, y porrazo limpio hasta que se hagan polvo (p. 379[1]).

Don Mario pronto comprende que Osambela tan solo busca arruinar a su familia, que constituye el único «dique de su avasallador caciquismo» (p. 340). Su mayor deseo es buscar dinero a cualquier precio para escapar de las garras del notario. Pero Juan Miguel, que como elector y cacique es ducho «en todo linaje de marrullerías» (p. 397), entabla sus diligencias contra los Ugarte, mostrándose como un acreedor implacable y codicioso:

Sonaba la hora de la ruina, precedida de edictos y subasta. El desahucio de la casa solariega, la caída desde pedestales seculares, la desaparición por la honda sima del pueblo anónimo. Un poco de espuma sobre el verdoso abismo que se cierra, y luego… nada: la inmensa extensión del mar sobre los náufragos (p. 429).

En efecto, cuando llega el verano, Osambela se instala en Jaureguiberri como nuevo dueño. Doña María y su hija María Isabel han de marcharse a Vizcaya. El narrador describe la escena de su partida, que ocurre bajo una intensa lluvia: la insultante felicidad de Juan Miguel contrasta con la pena sincera de los aldeanos, que se duelen del «éxodo lamentable de los últimos Ugartes» (p. 458). Doña Gertrudis, la esposa de Juan Miguel, ve alejarse a doña María, gravemente enferma, montada en un carrito: «Pues, con todo —comenta—, paralítica, muda, semimuerta y pobre, es una señora, una verdadera señora» (p. 459). Su marido Osambela afirma orgulloso que ahora son ellos las personas más importantes e influyentes del pueblo, están «en la punta de la cucaña», porque quien tiene el dinero lo tiene todo: él cree únicamente en el brillo del oro, no en el de los escudos nobiliarios. Sin embargo, su mujer le explica en una especie de apólogo la incómoda situación en que queda:

—Y al oírte hablar de la cucaña, recordé un cuento de mi padre —¡digo cuento, y fue sucedido!— que a ti también te hará gracia, y para desenfadarte, lo voy a contar. «Celebrábanse las fiestas de un pueblo, y acudió muchísima gente, la cual se extendió por la plaza, alrededor de la cucaña. Por entre los grupos, andaba un pobre jorobadito sin que nadie notase su presencia o le hiciese mayor caso. Observando que ninguno de los mozos conseguía llegar a la punta de la cucaña, el jorobadito, muy ágil, se acercó, y en un santiamén se encaramó por el palo. La gente, al principio creyó que era un niño, y le aplaudía. Pero cuando se detuvo el ganancioso para apoderarse de la bolsa y saludar, muy ufano, al público, ¡uu, uu, uy!, entonces le vieron todos la joroba, y le pegaron una silba… ¡una silba!…» (p. 460).

Osambela ha expulsado de su solar nativo a los Ugarte; ha ascendido a lo más alto de la cucaña; pero siempre se le verá la joroba…[2]


[1] Estas parejas de contrarios son muy frecuentes. Celedonia usa la de regadío y secano (noble / campesino) para mostrar a su hermano Cuadrau la diferencia que le separa del que consideran su rival en lides amorosas, don Mario: «—¡Pero igo mal, porra! ¡Ca andará por casarse, como tú y José Martín: quiós, no sus ha salido mala parte contraria! Secano contra regadío» (p. 320).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento espectacular en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: las trampas del Demonio

En esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, la presencia de lo prodigioso, de lo maravilloso, de lo sobrenatural y espectacular tiene un anticipo en la conversación que mantiene Teodora con su criada Julia en la Jornada I. Ahí le explica que la persigue una estrella violenta y cuenta el prodigio que ocurrió en el momento de su nacimiento, aunque no sabe si es un buen o mal vaticinio:

TEODORA.- De nobles padres nací
en la grande Alejandría,
con prodigiosos anuncios
que mi pecho atemorizan:
la noche que del materno
centro en que fui concebida
salí al piélago del mundo,
mar en que todos peligran,
sobre mi casa en el aire
subió una antorcha lucida,
y los que vieron entonces
aqueste prodigio afirman
que una nube obscura y densa
manchó su luz pura y limpia,
y que de allí a breve espacio
aquella luciente envidia
del Sol, libre del grosero
vapor que la escurecía,
quedó más resplandeciente,
y volando introducida
a más superior esfera,
cortó[1] la región vacía,
pájaro de fuego, siendo
las alas sus luces mismas.
Yo no sé si estas señales
el bien o el mal significan,
pues aunque en él impresas
cuando el asombro las mira
se observan como portentos,
no se entienden como enigmas (p. 248a-b)[2].

Este prodigio es prefiguración clara de la historia de Teodora: su virtud se va a ver temporalmente manchada, eclipsada, por la infamia y el deshonor, pero luego va a brillar con más fuerza que nunca (será santa).

Teodora sigue refiriendo después a Julia la causa de sus tristezas en los últimos tiempos. Un día que estaba en el jardín[3] se quedó dormida, y le vino un sueño en el que una sombra lasciva le animaba a premiar el amor constante de Filipo. Desde entonces, la visión la acosa todas las noches:

TEODORA.- Desperté toda turbada,
sin valor, sin osadía,
y desde entonces no hay noche
que no me acose y persiga
esta visión, repitiendo
sus espantosas porfías (p. 250a).

Es el Demonio —él mismo lo explica— quien manda las tentadoras visiones a Teodora: «valiéndose del sueño mis porfías, / la persigo con tristes fantasías» (p. 251). Sin embargo, el Demonio teme el recogimiento de Teodora, y esta —ya ha quedado indicado en una entrada anterior— será otra de las constantes de la comedia: la impotencia de las fuerzas del mal frente a una mujer en apariencia débil, pero fortalecida por la fuerza de la fe. El sueño y la visión de Teodora no se presentan visualmente en escena (en una escena paralela), sino que son relatados por ella misma. Sin embargo, sí se escenifica la siguiente intervención del Demonio, en el asalto a la casa de Natalio. El Demonio, que convierte a Filipo y sus deseos deshonestos en el instrumento de sus planes, le va a facilitar la entrada en casa del rico esposo de Teodora. Si este había afirmado pocas réplicas antes que la hermosura de su mujer es el más estimado tesoro que en ella guarda, en realidad es su bella alma la joya más preciosa que quiere robar el Demonio. Este arroja una escala que queda asida al muro y pone en fuga a tres ladrones que intentaban un robo: de esta forma, Filipo tiene la entrada franca, y no va a encontrar ninguna oposición, porque Natalio se halla fuera gracias a una añagaza urdida por Morondo. Al ver Filipo la escala, el criado comenta: «Parece que algún diablo la ha dispuesto» (p. 254), subrayando de nuevo con el comentario humorístico la realidad de la intervención diabólica. Y si la ocasión hace al Demonio ladrón, Filipo no quiere desaprovechar la que ahora se le presenta, y va a convertirse en el ladrón de la honra de Teodora: «A gozar la ocasión me determino» (p. 254), exclama. Sus criminales pretensiones contrastan con el recogimiento de los cristianos que rezan en el cercano oratorio, pero nada le importa: «Mi despeñado amor ofenda al cielo» (p. 254). Distintas imágenes verbales insisten en su apetito desenfrenado, en el fuego de la pasión en que se abrasa.

La escena que sigue visualiza sobre las tablas las dudas de Filipo y, sobre todo, la contraposición de las fuerzas del bien y del mal. Si un músico llama a su conciencia con frases como: «Larga cuenta que dar de tiempo largo», «Que tengo de morir es infalible» o «Dejar de ver a Dios y condenarme» (p. 255), el Demonio le incita a que cometa la mala acción.

Demonio tentador

Combatido por estos dos impulsos contrarios, Filipo se decide a no sujetarse a las leyes del Cielo, con lo que comete un nuevo error, subrayado por una réplica del Demonio: no solo peca contra Dios, sino que además desprecia el auxilio divino que se le ofrece en forma de aviso.

Consideremos ahora el segundo ardid del Demonio. Ocurre cuando Filipo y su amigo Roberto, huidos, andan por el monte como bandoleros. Como Filipo desea pasar la noche con Flora, el Demonio intentará sustituir a esta por Teodora: «Ya llegó el tiempo / aquí del engaño mío» (p. 268b). Para ello, explica a Filipo que Flora, por burla, se ha vestido el hábito del donado, y que es mujer fácil: «tiene vicio / en her mil cosas a todos» (p. 268b). Así pues, le incita a cumplir su deseo esa noche y hasta llega a fingir la voz de Flora para sacar adelante su engaño. Su propósito es que Filipo peque de nuevo con Teodora[4], pero la voluntad de Dios —a la que Teodora se ha abandonado— no permite que esta nueva infamia se lleve a cabo[5].


[1] En el texto manejado (la edición de 1657, por la que vengo citando) se lee «corté», pero el sentido parece exigir «cortó».

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Ver la descripción de este jardín en la p. 149a-b.

[4] Otro instrumento que quiere utilizar el Demonio es Roberto. Este personaje se quiere vengar de las injurias de Filipo entregándolo a Natalio, cuyas riquezas codicia. El Demonio subraya su acción con el comentario de «que el que a ser traidor se arroja / no ha menester más demonio / que su intención alevosa» (p. 275a).

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Hasta ahora el lector de Blancos y negros[1] de Arturo Campión solo ha conocido a los Ugarte a través de la mirada de sus enemigos, los Osambela. La presentación de doña María y sus dos hijos, María Isabel y Mario, se produce en el capítulo IV, cuando acude a Jaureguiberri el Padre Aguinaga[2]. Este capítulo sirve para completar el retrato (físico y sobre todo moral) de don Mario. El fraile, apodado por los liberales Padre Trabuco-Urnas dados sus ánimos belicosos y sus continuas ingerencias en los asuntos electorales, trae instrucciones del pretendiente carlista de cara a las elecciones que van a renovar la Diputación provincial: en concreto, pide —ordena— a don Mario que sea el candidato carlista para quitar el distrito a los liberales. Pero don Mario se niega, alegando las deudas contraídas por su casa tras la última guerra civil, pues es consciente de que existe para ellos riesgo verdadero de perder el solar nativo (en una prolepsis narrativa que anticipa lo que, de hecho, va a suceder más adelante):

—¿No sabe usted que la última guerra civil vino a desbaratar los restos de nuestro patrimonio, salvados casi milagrosamente de los estériles sacrificios que mi familia prodigó siempre a la causa? ¡Hoy mismo, si a nuestro principal acreedor se le antojase, podría vendernos el solar nativo, los últimos terrenos de una pingüe hacienda; y mi pobre madre habría de pasar los últimos años de su vida entre paredes extrañas! Vea usted; he renunciado a mis gustos, a mis aficiones, a mis hábitos. ¿Le parece a usted que para un muchacho joven que hizo su carrera en Madrid, gozando de las mejores relaciones de familia y sociedad, con el bolsillo repleto y bastantes ilusiones en la cabeza, no equivale a cambiar palacio por mazmorra venir desde la corte a Urgain, súbitamente, sin transición, como cuando se hunde el suelo que pisamos? Vivo entre estos montañeses, que son dueños de mi afecto por honrados y pobres. Dios se sirvió plantar en un rinconcito de mi corazón cierto amor a la naturaleza, del cual, lo confieso, no me había dado cuenta ni en el Retiro ni en las butacas del Real; hoy se desarrolló, y me consuela. Mis amigos de Pamplona y Madrid, mis primos de Bilbao, me llaman el oso de Andía: bromeando, dicen verdad. Pues mire usted, estoy aclimatado; y maldito si me acuerdo de teatros, casinos, bailes ni ateneos, que hace años me parecían la única razón de vivir. Aquí descubro el fondo de los corazones, como las guijas de los arroyos. Rústicamente, vivo entre los rústicos. Alivio, cuanto puedo, sus trabajos; participo de sus alegrías. Ellos me respetan y quieren; llevo el alta y baja de sus rebaños y conozco la cantidad y calidad de sus cosechas. Las primeras bocanadas de este licor fueron muy amargas. Otro hubiera luchado allí, en Madrid; yo no sirvo para eso. El papel de pobre con frac me horroriza. ¿Es resignación, cobardía, conformidad, orgullo, pereza? No lo sé; de todo habrá, a desiguales dosis. Hasta he renunciado al dulce propósito de casarme; ¿dónde hallar mujer, digna de mí, que no me desdeñe? Rica y de cuna humilde, su vanidad me compraría; pobre y bien nacida, doblaríamos nuestros males. Aquí soy un aldeano más; un García del Castañar. Habito la casa de mis padres y no quiero que de ella me lancen los alguaciles del Juzgado. Aquí nacieron los Ugartes y aquí morirá el último de ellos. En resumidas cuentas, yo y los míos pertenecemos a una sociedad que se desmorona, mejor dicho, a una sociedad que la mano de Dios borra del mundo. Por lo que a mí toca, carezco del orgullo de casta, la honradez es el más valioso pergamino, y la Providencia escribe sobre él nombres, sin acepción de clases: pero quiero ser digno de los míos. Nuestra hacienda montañesa, que es dilatada, vale poco, de suyo, excepto el arbolado, que podrá sacarnos de apuros si lo explotamos con pericia. Mi hermana se casará, debe casarse, y hay que dotarla cuanto sea posible para que haga buena boda. […] ¿Cómo, pues, he de desatender lo mío y meterme a nuevas aventuras, que para mí serán desventuras? (pp. 240-241).

Fray Ramón le espeta que antepone su interés personal al deber e insiste en que los leales han de sacrificarse y dar a la Causa, no solo la sangre, sino también el dinero. Don Mario, tras criticar la «ordenomanía» que en su opinión ha llevado a la ruina al partido carlista, reitera su negativa, lo que lleva al intransigente fray Ramón a concluir que el último de los Ugartes ya no es carlista, sino liberal: un traidor, apóstata, mestizo y renegado, tales son los insultos que dirige a su huésped[3].

Carlismo

Don Mario, en cualquier caso, ha tomado su decisión y renuncia a ser el candidato carlista en la lucha electoral. No obstante, tendrá una intervención decisiva el día de las elecciones: la pasión política ha dividido peligrosamente al pueblo en dos bandos irreconciliables, a la hora de acudir a las urnas la tensión en el ambiente es máxima y una chispa cualquiera puede desatar el incendio de la violencia. Entonces el abad don Javier pide a don Mario que ponga paz entre los grupos rivales y «con su prestigio, influencia y palabra» (p. 449) evite que corra la sangre. El joven hidalgo se niega en principio, argumentando que la pobreza y la calumnia (la lengua viperina de Celedonia se ha encargado de propalar la especie de que ha dejado embarazada a Josepantoñi, una de las mozas campesinas del pueblo) le han arrebatado todo su prestigio. Pero el abad le insiste para que cumpla con su deber, para que sea Ugarte hasta el fin. Espoleado por esas palabras, al recordar que el señor de Jaureguiberri siempre ha ejercido su bienhechora tutela sobre el pueblo de Urgain y sobre todo el valle, don Mario asume valientemente la responsabilidad que por tradición familiar recae sobre su persona: «Una llamarada de generosidad y entusiasmo le enardeció el pecho» (p. 450). Tras besar a su madre, toma las papeletas del fuerista Zubieta y arenga a los vecinos del pueblo instándoles a la paz, representada en esa candidatura que supera la estéril división de carlistas y liberales:

Mario, rodeado de los aldeanos, seguía perorando. La carga nerviosa, durante tantos días acumulada, rompía en afluente y persuasiva frase; hablaba el corazón al corazón, y sus palabras volaban con las alas de oro de la elocuencia. Los aldeanos, atónitos, pronto persuadidos y encantados siempre, bebían el discurso. Nunca les habían dicho cosas semejantes. Lo que en el fondo de su aversión latente a las luchas políticas era egoísmo y desaliento, herido por la varita de virtudes que a los guijarros trueca en diamantes, ahora resultaba nobles sentimientos y patrióticas virtudes. Pasaban, envueltas en luctuosas túnicas, las escenas de la guerra civil, y sobre ellas se cernía, coronada de luceros obscurecidos por vahos de sangre, la imagen de Nabarra. Amarrados a la más alta picota los partidos políticos, recordaba sus promesas, otras tantas mentiras; sus esperanzas, otros tantos fracasos; su ingratitud, su insolencia, sus rapiñas y matanzas, única sinceridad de ellos. Hablaba, no a la opinión, sino a la naturaleza; no al carlista y al liberal, facticios y circunstanciales, sino al nabarro; y ahondando más la peña viva, al éuskaro, recubierto por tantas capas de mentiras políticas, históricas y nacionales, sedimento de los tiempos. Y pasando de lo general a lo particular, les trazó el cuadro de su hermandad y concordia deshechas, de las amistades rotas, de los parentescos encizañados, de los beneficios raídos por la ingratitud: el cuadro repugnante y vivo de los odios de vecindad, de los rencores de campanario. Y terminó incitándoles, con tierna, patética y arrebatadora palabra, que volviesen a ser los de antes y fundiesen sus sentimientos en la urna, causa de tanta desunión, sacando de ella el nombre de don Enrique de Zubieta, único candidato por quien no habría en Urgain vencedores ni vencidos (pp. 451-452).

Don Mario es aclamado por sus vecinos y llevado en volandas. Los ánimos, hasta entonces encrespados, se distienden. Sin embargo, en medio del gentío se alza una mano cobarde y asesina: Casildo Zazpe, alias Cuadrau, cegado por los celos (piensa que Josepantoñi le desdeña a él porque está en relaciones con el señorito de Jaureguiberri), aprovecha la confusión para herir de muerte a don Mario con su descomunal navaja[4]. López Antón ha subrayado el valor simbólico de esta muerte[5], que pone de manifiesto el fracaso del fuerismo y de la unidad navarra por él predicada[6].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 232-233.

[3] Don Mario expresa así sus ideas: «El campo de la vida es demasiado vasto para que en él no quepan sino carlistas y liberales» (p. 244); «Luchemos por perpetuar la fisonomía castiza del pueblo nabarro, que ya empieza a descomponerse y alterarse. Cese el grito de los partidos españoles y resuene el himno de la hermandad nabarra. Nada haré para dividir; cuenten conmigo para unir» (p. 248).

[4] Casildo había jurado «por la hostia» que lo mataría cara a cara, como hombre, pero no cumple su promesa, y más tarde su padre le reprochará su cobardía: cuando el mozo alega que «Vulcar a un hombre, a nadie deshonra» (p. 463), Aquilino le dice que es así cuando se le mata cara a cara, y le acusa de tener las manos manchadas de sangre «¡toíca llaneza de bien y señorío!» (p. 463).

[5] «La muerte de Mario significa la erradicación de la idea euskara de Navarra, eliminada por las sectas ultraibéricas» (José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, p. 183).

[6] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.