«Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra»

El epígrafe que da entrada a esta ídem del blog es, claro está, toda una declaración de intenciones: «Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…». Con estas palabras que tan claramente parafraseaban las del Credo y cuya difusión tuvo que perseguir la Inquisición española, ponderaban las gentes del siglo XVII la valía poética del Fénix de los Ingenios. También, para alabar cualquier cosa buena, se decía: «Es de Lope». Y cuenta la anécdota que cierto día una mujer, viendo pasar un vistoso entierro, en el que una incontable multitud de gente acompañaba al féretro, exclamó, queriendo indicar su magnificencia: «Este entierro ¡es de Lope!». Sin embargo, la frase habitualmente empleada en sentido metafórico, era en aquella ocasión literalmente cierta: se trataba del entierro de Lope de Vega, que había nacido en Madrid, en 1562, y que en Madrid moriría en 1635. Entre esos dos años, una vida dedicada por entero a la literatura, y una vida convertida, también, en muchas ocasiones, en literatura.

Que Lope hizo de la vida literatura y de la literatura vida es algo que han destacado todos los estudiosos que han hablado sobre él. Morby, por ejemplo, ha escrito que Lope fue «siempre dado a explotar literariamente en forma reconocible los incidentes de su vida»[1]. Cómo no recordar, por ejemplo, los romances y sonetos pastoriles y moriscos inspirados por sus amores con Elena Osorio, en los que el poeta se encubre bajo el seudónimo de Zaide: «Mira, Zaide, que te digo / que no pases por mi calle…». También debemos mencionar, por supuesto, La Dorotea, obra en la que un Lope maduro rememora literariamente ese gran amor de juventud, y en la que el personaje de don Fernando afirma: «Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe» (acto IV, escena I). Y en los versos finales de un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribe Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

Añade el citado crítico, Morby:

Como ocurre con frecuencia en la época, en Lope hay siempre algo de histrión y, como en todo el gremio, algo de espectador de su propio histrionismo. No por eso es insincero, pues a diferencia del representante profesional, cuando sufre, sufre de veras e intensamente; pero es observando y midiendo sus penas, como para adecuar a la causa el ademán… y el vestido, ya pellico, ya albornoz, con que se disfraza a medias[2].

Las citas similares podrían multiplicarse fácilmente. Así, José Manuel Blecua señala:

Ningún poeta español ha tenido tanta capacidad como Lope de Vega para transformar su propia vida en auténtica poesía, y lo curioso, a su vez, es que además tuvo conciencia muy clara de este fenómeno. Lope fue capaz de poetizar desde su propio nacimiento a la huida de su hija Antonia Clara al final de su vida. Desde sus primeros amores a los últimos, pasando por numerosos sucesos familiares y amistosos, reflejados en sus epístolas, todo lo contará el genial escritor en versos bellísimos, y por eso José F. Montesinos pudo decir que Lope es el mejor poeta de circunstancias de toda nuestra lírica[3].

Por su parte, Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy afirman:

En el conjunto de esta obra destaca la profunda capacidad de Lope para escribir poesía; todo cuanto vive o imagina lo pasa ágilmente y con fluido desenfado a la escritura poética. […] Lope ajusta su vida con la literatura en grado extremo»[4].

Igualmente, Antonio Villacorta Baños ha puesto de relieve su entrega total a la vida, su entrega sin reservas al amor y a la literatura:

Su entrega y adhesión al amor, al amor entendido sobre todo con un sentido profano, aunque también al “espiritual o divino”, no tiene reservas. Como dice en una de sus obras: “yo amo por fuerza de estrella y sigo mi inclinación”. La generosidad de Lope en el amor es tan extrema que lejos de guarecerse en el caparazón de la huida o defenderse, vuelve a él una y otra vez, con la misma ingenuidad inicial, enamorándose de distintas mujeres con el ímpetu de una juventud indemne. Es como si la angustia, el desequilibrio, el temor al fracaso, el desdén, la fricción de una convivencia malsana, la imposible fidelidad, e incluso el desprecio explícito y el abandono, que de todo eso hubo en sus amores, fueran mil veces preferibles al silencio de la indiferencia o al vacío de la soledad. Su entrega es total, sin trabas ni reservas, arrebatada. Para lograr el amor que desea se humilla, suplica, implora y acosa, sin temor al fracaso. Pero sumergido Lope en las aguas confusas del amor todos los sentidos se le avivan. Además, sus emociones le enloquecen, y la emoción en él es un estado desequilibrado de conciencia[5].

Sí, lo digo alto y claro: Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…, y por ello el Fénix se hará presente, con mucha frecuencia, en este blog insular y barañario.


[1] Edwin S. Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, Madrid, Castalia, 1968, p. 10.

[2] Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, p. 15.

[3] José Manuel Blecua, introducción a su ed. de Lope de Vega, Obras poéticas, Madrid, Planeta, 1983, p. IX.

[4] Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, estudio preliminar a El remedio en la desdicha, Barcelona, PPU, 1991, pp. 19-20.

[5] Antonio Villacorta Baños, Las mujeres de Lope de Vega, Madrid, Aldebarán, 2000, pp. 12-13.

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