Algunas notas sobre Cervantes y Navarra

El objetivo de esta entrada[1] es rastrear la presencia de Navarra en la vida y en la obra de Cervantes. Las huellas estrictamente biográficas apenas existen, pues sus andanzas no lo trajeron a tierras navarras, aunque sí hay, como veremos, algunos navarros que se cruzaron en su vida. Por lo que toca a las huellas literarias, tampoco las menciones de temas y personajes navarros en la obra cervantina son importantes, pero sí debemos poner en relación a Cervantes con algunos escritores como Jerónimo Arbolanche, Julián de Medrano o Juan Huarte de San Juan.

Seguramente fueron más los navarros con los que se topó Cervantes a lo largo de su intensa vida (en la milicia y en su largo deambular por las tierras españolas), pero hay dos que desempeñaron un papel de cierta consideración en sendos momentos de su peripecia vital: me refiero al jardinero Juan y al noble Ezpeleta. En efecto, en el segundo intento de fuga de Argel (septiembre de 1577) le ayudó un jardinero llamado Juan, natural de Navarra, que era cautivo del renegado griego Hazán: durante cinco meses mantuvo ocultos a Cervantes y catorce cristianos más en una gruta del jardín del alcaide de Argel pero, traicionados por un renegado de Melilla conocido como el Dorador, serían descubiertos el 30 de septiembre; el esclavo navarro pagaría con su vida el intento de ayudar a Cervantes a recuperar su libertad (moriría ahorcado, en medio de grandes tormentos, el 3 de octubre).

Si damos un salto hasta 1605, nos encontramos con el “asunto Ezpeleta”. La Primera Parte del Quijote, recién publicada, está alcanzando una enorme popularidad, pero el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por prisión: Cervantes sufre un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era, al parecer, un alguacil de Corte, y la justicia miró hacia otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso y se ordenó encarcelar a todos los inquilinos de la casa (el proceso judicial, por cierto, nos brinda noticias interesantes sobre el escritor y su familia).

A continuación consideraré la relación de Cervantes con tres escritores navarros del momento: Arbolanche, Medrano y Huarte de San Juan. Jerónimo Arbolanche (h. 1546-1572) es autor de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), una obra ambiciosa —pero fallida— en la que se mezclan elementos pastoriles, bizantinos, caballerescos, mitológicos, rasgos épicos, líricos, alegóricos, digresiones eruditas y geográficas, etc. En cierto sentido, Arbolanche fue un precursor de Cervantes en la mezcla de géneros literarios, aunque sin su genio, de ahí que no lograra la armoniosa integración de todos esos materiales, de los distintos géneros y estilos narrativos de la época (ese intento lo culminaría felicísimamente en 1605 el ingenio complutense). Sin embargo, Las Abidas es una obra cargada de tanta vanidad literaria como erudición, y seguramente por esta razón Cervantes presenta a Arbolanche en el Viaje del Parnaso (1614) como adalid de las huestes de los malos poetas que asaltan el monte: “El fiero general de la atrevida / gente, que trae un cuervo en su estandarte, / es Arbolánchez, muso por la vida” (VII, vv. 91-93). Además, el hecho de que hubiera fallecido varias décadas atrás evitaba el problema de una posible réplica.

Retrato de Jerónimo Arbolanche

En 1583 aparecía en París La silva curiosa de Julián de Medrano, quien se presenta como caballero navarro. Esta obra asimilable a las misceláneas renacentistas volvió a publicarse en París en 1608, “corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por Cesar Oudin”, con la novedad ahora de la inclusión al final de la Novela del curioso impertinente de Cervantes, sin ningún tipo de indicación respecto a la autoría. Fijándose únicamente en el año de la primera edición, el abate Pedro Estala atribuyó el Curioso a Medrano (en el Correo de Madrid, o de los ciegos, del 3 de noviembre de 1787), error que pronto fue corregido por el académico Tomás Antonio Sánchez.

Portada de La silva curiosa de Julián de Medrano

En fin, se ha estudiado la influencia del Examen de ingenios para las ciencias (1575) de Juan Huarte de San Juan en el Quijote: su lectura pudo guiar a Cervantes a la hora de trazar el carácter de su cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue Rafael Salillas, en un libro de 1905, quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Portada de Examen de ingenios para las ciencias

Por lo demás, queda todavía materia para una próxima entrada: las obras de Cervantes y Navarra, y también las huellas cervantinas en la producción de distintos escritores navarros, hasta nuestros días.


[1] Sintetizo aquí algunos aspectos de mi ponencia «Cervantes y Navarra: huellas vitales y literarias», leída en el Congreso Internacional «El Quijote en Buenos Aires», Asociación de Cervantistas-Universidad de Buenos Aires (Instituto de Filología Dr. Amado Alonso), Buenos Aires, Biblioteca Nacional de Argentina, 20-23 de septiembre de 2005.

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