Julián de Medrano y su «Silva curiosa» (1583)

(Dedico la entrada de hoy a mi buen amigo Ramón Ábrego, labrador ilustrado de Igúzquiza, a su esposa Fani y a toda su familia, por su siempre cordial y generosa hospitalidad.)

Muy interesante resulta la obra del escritor del siglo XVI Julián de Medrano, quien al frente de su libro hace estampar su condición de «caballero navarro». Nacido probablemente —aunque no tenemos constancia documental— en el año 1540 en el palacio de Igúzquiza (Navarra) de los Vélaz de Medrano, escribió La silva curiosa de Julián de Medrano (París, 1583), típica miscelánea renacentista que incluye refranes, sentencias, cuentos, motes, proverbios, epitafios, chistes, anécdotas… Recoge además algunas narraciones en prosa y varias composiciones poéticas, en especial de temas pastoriles y amorosos. Esta obra no debió de ser desconocida de Lope de Vega, pues —según ha señalado la crítica— se inspiró en ella para su comedia Lo que ha de ser.

En realidad, no son muchos los datos biográficos de que disponemos acerca de este Julián de Medrano o Julián Íñiguez de Medrano (de las dos formas se documenta su nombre). En un trabajo de hace unos años comentaba Mercedes Alcalá Galán: «Sabemos muy poco de Julián de Medrano. Nadie da noticias acerca de su vida. Ni Nicolás Antonio, ni Menéndez Pelayo, ni Morel-Fatio, ni Sbarbi, ni ninguno de los muy pocos que lo citan aportan dato alguno sobre su biografía»[1]. Fue uno de los maestros españoles que marcharon a Francia en el último tercio del siglo XVI a enseñar el castellano en París y vivió al servicio de la reina Margarita de Valois en la ermita de Bois de Vincennes.

Como ingenio literario, Julián de Medrano es autor de la citada miscelánea, cuyo título completo es el siguiente: La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora (en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, 1583).

Portada de La silva curiosa de Julián de Medrano

La Silva volvió a publicarse en París el año 1608, «corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por César Oudin»; aquí la novedad principal consiste en la inclusión de la Novela del curioso impertinente de Cervantes (sin ninguna indicación de autoría, razón por la que hubo quien pensó que esta novela corta era de Medrano).

En realidad, el volumen publicado incluye tan solo la primera parte de las siete que pensaba redactar su autor. De hecho, en varios lugares de su Silva (título que connota ‘desorden, abigarramiento de temas y materias’), Medrano remite a la publicación de un futuro Vergel (donde, cabría esperar, los asuntos guardarían mayor orden, como los elementos de un jardín renacentista). Sin embargo, no tenemos constancia de que llegara a escribirla. El contenido y el propósito de su obra quedan indicados en las dos octavas «Al lector», no muy logradas desde el punto de vista métrico, que figuran en las páginas preliminares. La primera es esta:

Aquí podrá el agudo entendimiento
el tiempo más pesado y enojoso
entretener en gozo y en contento,
en este jardín dulce y deleitoso;
aquí verá divinas cosas ciento
agudo stilo, grave y sonoroso,
dichos de Amor, su locura y cordura,
con veinte mil secretos de Natura.

La segunda octava reza así:

Los que cazáis por el monte de amores,
curiosas invenciones deseando,
entrad en esta Silva y, descansando,
en ella gustaréis dos mil primores;
en ella cogeréis diversas flores
si andar queréis en ella paseando,
y en ella, vuestros males encantando,
olvidaréis trabajos y dolores.

La Silva curiosa se enmarca en un contexto literario típicamente renacentista, el de las oficinas y polianteas, obras que —a manera de las modernas enciclopedias, valga decirlo así— trataban de compendiar el saber y la cultura de la época reuniendo refranes, anécdotas, citas famosas de autoridades en diversas materias y otros variados elementos. De estos trabajos podían echar mano otros escritores para hacer gala de una rica erudición, cuando no les era posible acudir directamente a las fuentes primeras. En la obra de Medrano, además de diversos materiales folclóricos y paremiológicos (refranes, chistes, facecias, anécdotas, motes, sentencias, epitafios…) se incluyen varias historias amorosas y de aventuras exóticas, e igualmente algunos versos del autor[2]. De entre esas historias, una de las que mayor desarrollo narrativo alcanza es la crónica de la peregrinación de un tal Julio (especie de trasunto o alter ego del autor) a Santiago de Compostela, y en ella incorpora Medrano curiosos elementos de superstición y magia. Pero no sabemos si el relato de esta peregrinación responde a un viaje efectivamente realizado por el autor (es probable que sí), de la misma forma que tampoco tenemos datos para afirmar que tengan base en la realidad los demás viajes narrados en el libro[3].


[1] Mercedes Alcalá Galán, introducción a su edición crítica de La silva curiosa de Julián de Medrano, Nueva York, Peter Lang, 1998, p. 5.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Versos pastoriles de Julián Íñiguez de Medrano», Río Arga. Revista navarra de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[3] Para esta cuestión remito a los trabajos de André Gallego Barnés, «Otro enigma en torno a Julián Iñíguez de Medrano: las dos Orcavellas», en Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO, vol. III, Prosa, ed. de Ignacio Arellano, María C. Pinillos, Frédéric Serralta y Marc Vitse, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 185-193; y «Le chemin de Saint-Jacques d’un courtisan de Marguerite de Navarre, Julián Íñiguez de Medrano», Compostellanum, vol. XLII, núms. 3-4, 1997, pp. 351-370.

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