Espronceda, poeta romántico: «Sólo en la paz de los sepulcros creo»

Ante todo y sobre todo, José de Espronceda es poeta lírico[1]. En efecto, el grueso de su obra lo componen sus poesías. Son unos cincuenta poemas líricos y tres textos narrativos, dos de ellos incompletos. El autor parte de unos comienzos neoclásicos y acaba con un tono plenamente romántico: hay ya un abismo entre él y Martínez de la Rosa o el duque de Rivas (entre las dos generaciones de románticos). En Espronceda, lo que queda de neoclásico es ya un mero residuo marginal correspondiente a su época de juventud. Es notable su traducción juvenil del «Beatus ille» de Horacio y se recuerda su sátira anticlasicista «El pastor Clasiquino» (1835).

José de Espronceda

Su poesía circuló en copias manuscritas, se difundió a través de lecturas públicas y se imprimió en periódicos y revistas. Luego fue recopilada en volumen en 1840. El libro Poesías de don José de Espronceda, publicado por sus amigos, reúne composiciones juveniles de aire neoclásico y otras románticas. Junto a la originalidad de algunos asuntos y la experimentación poética, destaca el tratamiento de algunos temas típicamente románticos, como el dolor o el desengaño. Sus composiciones se pueden separar en varios grupos:

1) Poemas políticos y patrióticos: «Canción patriótica», «A la muerte de don Joaquín de Pablo», «A la muerte de Torrijos», «¡Guerra!», «A la patria. Elegía», «El dos de mayo», «A la traslación de las cenizas de Napoleón», «El desterrado», «Muerte a los carlistas». Son composiciones cívicas y de militancia.

2) Poesías amorosas: en piezas como «Serenata», «A una dama burlada», «El pescador», «Soneto» o «A Matilde» encontramos motivos neoclásicos, que a veces sirven para expresar circunstancias y sentimientos personales. Tras la ruptura con Teresa, aparece una nueva interpretación del amor, considerado como «mentida ilusión» (hastío, desengaño, muerte…). En opinión de Casalduero, en este grupo de poesías subjetivas, «Espronceda no analiza su yo, pone al descubierto su dolor»[2].

3) Las canciones: la «Canción del pirata», «El canto del cosaco», «El mendigo», «El reo de muerte» y «El verdugo» constituyen el grupo de poemas más famosos y significativos de Espronceda. En ellos presenta a personajes marginales, aislados de la sociedad, que muestran una actitud de rebeldía frente a toda norma de conducta; son símbolos de la lucha por la libertad absoluta o contra las convenciones sociales. Cabe destacar el magnífico manejo del ritmo en estas cinco composiciones, como ha puesto de relieve Casalduero:

Espronceda ha reducido el mundo a sentimiento y el sentimiento a ritmo, un ritmo ágil, sonoro, lleno de color que se pliega a la emoción, a la mirada y al gesto. Ritmo incorporado a una figura[3].

4) Poemas filosóficos: destaca entre ellos el «Himno al sol» (el único exclusivamente filosófico). Trata del anhelo de todo lo eterno y durable, en contraste con la inutilidad y fugacidad del hombre (el poeta viene a decirnos que nada es eterno, ni siquiera el sol). Otro poema, «Óscar y Malvina», es con el anterior uno de los raros ejemplos de la imitación de Ossian en España.

Los poemas de Espronceda constituyen lo más logrado de la poesía romántica española (antes de Bécquer). La visión pesimista que se aprecia en su novela Sancho Saldaña apunta de forma muy clara en estos poemas:

A mí tan sólo penas y amarguras
me quedan en el valle de la vida;
como un sueño pasó mi infancia pura,
se agosta ya mi juventud florida.

(«A una estrella»)

Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida.
Sólo en la paz de los sepulcros creo.

(«A Jarifa en una orgía»)

Como apuntaba en una entrada anterior, se ha exagerado bastante la deuda de la poesía de Espronceda con Byron y otros modelos extranjeros. En general, no cabe duda de que estamos ante un poeta muy original. Una valoración de conjunto nos la ofrecen Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez:

En los versos de Espronceda encontramos ramplonerías, martilleos rítmicos, textos carentes de expresividad…; pero junto a esto, momentos felicísimos, densos, reveladores de la compleja estructura de la realidad humana. Las piezas capitales, junto a bisutería barata que puede aportar cualquier poetastro, contienen sugerencias, intensos matices que sólo un gran poeta nos puede ofrecer[4].

Espronceda es autor también de tres poemas extensos, dos de ellos inconclusos: El Pelayo y El diablo mundo; el tercero es El estudiante de Salamanca. Pero estas piezas merecen comentario aparte.


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

[2] Joaquín Casalduero, Espronceda, Madrid, Gredos, 1961, p. 219.

[3] Casalduero, Espronceda, p. 171.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. VI, Época romántica, Tafalla, Cénlit, 1982, p. 518.

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