Margarita de Navarra y «L’Heptaméron»

Al recorrer la historia literaria de Navarra, la primera figura importante que debemos recordar en el terreno de la prosa narrativa es la de Margarita de Navarra (llamada también Margarita de Angulema, Margarita de Francia y Margarita de Orleans). Aunque su estudio en el citado panorama se haya discutido en ocasiones, y aunque ciertamente su producción deba ser analizada en el contexto de la literatura francesa, no se puede negar su vinculación a Navarra en virtud de su título dinástico, ya que fue reina consorte entre 1527 y 1549.

En efecto, Margarita de Navarra, hija de Carlos de Angulema y Luisa de Saboya, hermana mayor del rey Francisco I de Francia, nació en Angulema en 1492. Gran lectora, poetisa y cazadora, casó a los diecisiete años por razones políticas con el duque de Alençon, Carlos IV, el año de 1509, y en 1527, en segundas nupcias, con Enrique II de Albret, rey de Navarra. Manifestó simpatías por Lutero y Calvino y fomentó el movimiento hugonote, aunque en el momento de su muerte (acaecida en Odos, Bigorre, en 1549) había vuelto al seno de la religión católica.

Margarita de Navarra —«corps féminin, coeur d’homme, tête d’ange», según la definiera el poeta Clemente Marot— fue una mujer con grandes inquietudes intelectuales, una verdadera humanista: protectora de las letras, viviría siempre —primero como duquesa de Alençon y luego como reina de Navarra— rodeada de humanistas y escritores (cabe recordar su relación con el Cenacle de humanistas y teólogos de Meaux, su corte literaria de Nérac, su amistad con el Sodalitium Lugdunense o Círculo literario de Lyon, etc.).

Margarita de Navarra

En su faceta de escritora, que es la que ahora más me interesa, es autora de varios poemas en lengua francesa, como el Dialogue en forme de vision nocturne (Diálogo en forma de visión nocturna), 1.260 versos de terza rima, que son «una meditación cristiana sobre la muerte» escrita tras la muerte en 1524 de su sobrina Carlota. En la misma época se puede datar la Oraison à Notre Seigneur Jésus-Christ, poema «mucho más regular y lírico», al decir de Víctor Manuel Arbeloa. Entre los años 1527 y 1529 compondría Le Miroir de l’âme péchereuse (El espejo del alma pecadora), impreso en Alençon en 1531: «Examen de conciencia en presencia de Dios, la reina de Navarra abre, a través de 1.434 versos decasílabos, una puerta al lirismo religioso en la literatura francesa», escribe el citado Arbeloa. Además de tres pastorelas (piezas de género pastoril, de las que la más interesante es La Complainte por un détenu prisonnier), algunos misterios y farsas (Le Malade, L’Inquisiteur…), se suele recordar la recopilación de sus escritos recogida bajo el título de Les marguerites de la Marguerite des princesses.

Pero, sin duda alguna, su obra más importante, y por la que Margarita de Navarra merece un puesto de honor en el panorama narrativo europeo del siglo XVI, es la colección de relatos que escribió a la manera del Decamerón de Boccaccio (es decir, con un marco narrativo que los engloba), en la línea también de los cuentos de Chaucer, que se presenta bajo el título de L’Heptaméron (El Heptamerón) y que quedó inacabada.

En el «Prólogo» asistimos a la reunión, en los baños de Cauterets, de tres gentileshombres, Hircan, Dagoucin y Saffredent, que junto con otros personajes irán enhebrando los setenta y dos relatos de que consta la obra. Son narraciones de temas y contenidos bastante desenfadados, en las que se describen las prácticas amatorias de principios del Renacimiento. La autora no rehúye temas escabrosos, y para comprobarlo bastará con consignar el título de la novela XXX: «Un gentilhombre, de catorce o quince años de edad, creyendo acostarse con una de las doncellas de su madre, se acostó con esta misma, quien al cabo de los nueve meses de lo sucedido con su hijo, dio a luz una niña, con la que se casó doce o trece años después, ignorando, él que fuese su hija y hermana, y ella que fuese su padre y hermano». Como leemos en el prólogo a la edición de 1970 debida a Felipe Ximénez de Sandoval, todos los relatos se caracterizan por

 la soltura de las descripciones, la vivacidad del lenguaje y la finura psicológica con la que la escritora pinta a sus personajes, tanto príncipes y grandes señores como campesinos, burgueses, clérigos, menestrales, prelados y monjas. La autora va poniendo los cuentos en los labios de diferentes damas y caballeros, forzados a refugiarse en un monasterio a causa de una horrorosa tormenta y que deciden pasar las horas de encierro, alternando los oficios religiosos en la iglesia con la cháchara en el refectorio. Sin demasiado respeto al lugar sagrado en donde se encuentran, los joviales refugiados cuentan atrevidas historias galantes que ponen de relieve la elasticidad de los conceptos morales en la Francia renacentista.

Este es el contenido de las ocho jornadas de L’Heptaméron (siete de ellas incluyen diez relatos y la octava tan solo dos; al parecer, la reina quiso escribir un total de cien relatos, distribuidos en diez jornadas, pero no pudo culminar su propósito): «En la primera jornada se hace una recopilación de las trastadas que las mujeres hacen a los hombres y los hombres a las mujeres»; «En la jornada segunda se conversa acerca de las ocurrencias que súbitamente se le vienen a la imaginación a cada uno»; «En la jornada tercera se trata de las damas que en sus amores no han buscado más que la honestidad, y de la hipocresía y perversidad de los frailes»; «En la jornada cuarta se trata principalmente de la virtuosa paciencia y larga espera de las damas para ganar a sus maridos; y de la prudencia que utilizaron los hombres con las mujeres, para conservar el honor de sus casas y de su estirpe»; «En la quinta jornada se trata de la virtud de las solteras y de las casadas que han tenido en más su honor que su placer, de las que han hecho lo contrario y de la simpleza de alguna otra»; «En la sexta jornada se trata de los engaños que se hacen de hombre a mujer, de mujer a hombre o de mujer a mujer, por avaricia, venganza y malicia»; «En la séptima jornada se trata de quienes hacen todo lo contrario de lo que deben o desean»; «En la jornada octava se trata de las más grandes y verdaderas locuras que pueden servir de aviso a todos».

La obra de Margarita de Navarra ha generado abundante bibliografía. Por ejemplo, José Antonio González Alcaraz, en un trabajo titulado L’Heptaméron. Estudio literario (Murcia, Universidad de Murcia-Departamento de Filología Francesa, 1988), ha analizado el libro en relación con otras colecciones de relatos con marco. También ha estudiado cómo funciona ese marco narrativo de L’Heptaméron, con varios apartados dedicados a la inclusión de cuentos de textura bizantina; el contraste entre los propósitos y el tono del marco; la coexistencia de ficción y realidad: el desdoblamiento; el «locus amoenus»; los personajes; la presencia del debate en el marco y la dramatización. En sus conclusiones indica que Margarita de Navarra sigue a Boccaccio, pero con un tono distinto, destacando su laconismo riguroso, su expresión desnuda[1].


[1] La bibliografía final que recoge González Alcaraz completa la de la edición de François en Clásicos Garnier, actualizada por Nicole Cazauran. Una buena edición moderna en español es la de María Soledad Arredondo (Madrid, Cátedra, 1991).

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