Algunas claves del pensamiento unamuniano

El eminente filólogo Ernst Robert Curtius llamó a Miguel de Unamuno «praeceptor» y «excitator Hispaniae», es decir, maestro y, sobre todo, aguijoneador de España, verdadero despertador de la conciencia nacional. En efecto, él quería sacar del sueño del dormir al sueño del soñar a aquella España que vivía sumida en el marasmo («Sobre el marasmo actual de España», artículo de En torno al casticismo, 1895) y  que pronto conocería el «Desastre» de 1898.

Miguel de Unamuno

Unamuno fue, sin duda, uno de los grandes intelectuales de la España de principios del siglo XX. No cabe duda de que su personalidad es muy rica, no solo compleja sino incluso contradictoria. Suele afirmarse a veces que «Unamuno es todo uno», porque buena parte de su copiosa producción (ahí están los diez volúmenes de sus Obras completas publicadas por Escelicer, al cuidado de García Blanco) supone continuas variaciones sobre unos mismos pocos temas, que podrían resumirse en dos: por un lado, el problema religioso (Dios, la fe, la vida y la muerte, el ansia de inmortalidad…); y por otro, pero muy relacionado con el anterior, el conflicto de la personalidad.

Miguel de Unamuno fue una persona agónica, torturada, apasionada, que arremetió siempre «contra esto y aquello». Una persona, o un personaje agónico, como prefiere Sánchez Barbudo[1], quien ve en el autor bilbaíno una continua pose. En su faceta pública, Unamuno profesó una ideología política progresista, encarnando, en palabras de Gullón, el «espíritu inconformista y heterodoxo del modernismo». En el aspecto religioso íntimo, su vida fue una sucesión de crisis: educado como católico, perdió la fe y luchó duramente por recuperarla, haciendo gala de una férrea voluntad de creer, pero llegando casi siempre a la conclusión de la imposibilidad de concordar razón y fe.

Las principales ideas, las claves del pensamiento unamuniano, pueden resumirse en estos puntos esenciales:

—Es el suyo un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras, las dilogías, las etimologías… tan frecuentes en sus textos.

—Unamuno tuvo «hambre de inmortalidad»: su mayor drama fue que deseaba creer, pero no podía creer. Aunque no ortodoxo, fue un hombre profundamente religioso, como pocos: todos los días leía el Evangelio, marcando los pasajes y anotando comentarios al margen; buena prueba de ellos son las innumerables citas intertextuales que salpican las páginas de todas sus obras. En el fondo, imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Él solía decir: «Hay que echarse a dormir como quien se echa a morir» y, en efecto, se acostaba en la cama boca arriba, con los dedos entrelazado sobre el pecho, en la misma postura en que se pone a los difuntos. Sin duda don Miguel conocía el aforismo clásico «Somnium imago mortis».

—Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, entre lo que uno es realmente y la imagen que de uno tienen los demás.

—Con todo lo apuntado, se comprende la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo; él aspira a la inmortalidad, pero no en el sentido estrictamente católico, sino como un puro deseo de perpetuarse, de eternizarse de alguna forma.

—Y no hay que olvidar el tema de España, una preocupación constante para él, aspecto en el que recibió el gran influjo de Costa. Como buen regeneracionista, Unamuno fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial (para la intimidad de cada persona).

Estas ideas esenciales de su pensamiento se expresan en las obras unamunianas por medio de diferentes temas, siendo los principales los siguientes: la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer, etc.); el otro; el mito de Caín y el de don Juan…


[1] Ver Antonio Sánchez Barbudo, Miguel de Unamuno, Madrid, Taurus, 1974.

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