Cervantes, poeta de vocación

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella (Quijote, II, 16, ed. Rico, p. 757).

Poesía

Con estas palabras da comienzo el loco-cuerdo don Quijote —muy cuerdo y discreto siempre en todas aquellas cuestiones no atingentes a la caballería— a su discurso sobre la poesía en casa de don Diego Miranda, el Caballero del Verde Gabán, reflexión suscitada al conocer que este tiene un hijo poeta. Dispersas a lo largo de la obra cervantina podemos encontrar multitud de referencias a la poesía, los poetas y el quehacer poético en general, unas dichas en serio, otras expresadas en tono de burla. Un simple vistazo a las entradas que sobre esta materia recoge la Enciclopedia cervantina de Avalle-Arce bastará para confirmar esta impresión[1]. Si las tomamos en consideración, nos quedará muy clara la alta estima en que Cervantes tenía la verdadera poesía —la ciencia de la poesía, como él dice—; pero si, además, nos acercamos a su obra lírica, nos resultará patente también que Cervantes fue poeta, y poeta de vocación, que estimaba en mucho sus criaturas poéticas.

Fue, en efecto, poeta Miguel de Cervantes desde el principio de su carrera como escritor hasta el fin de sus días, hasta las vísperas mismas de su muerte. Suele comentarse que su salto a la arena literaria se produce en 1585 con la aparición de La Galatea, y ciertamente ese es su primer libro publicado; sin embargo, ya antes había dado a las prensas algunos escritos, y esas primeras publicaciones del ingenio complutense fueron precisamente varios poemas, los dedicados a la muerte de la reina Isabel de Valois, en el año 1569. Si pasamos al otro extremo y nos situamos al final de sus días, ¿cómo no recordar la famosa cuanto emotiva dedicatoria del Persiles al Conde de Lemos, que firma «Puesto ya el pie en el estribo / con las ansias de la muerte…»? No es sólo que, para su despedida del mundo, eche mano, adaptándolos, de unos versos de la copla antigua, sino que además, en esa novela que a la postre sería póstuma, introduce Cervantes cuatro hermosos sonetos y otras diversas poesías. Entre ambos hitos, las composiciones juveniles dedicadas a Isabel de la Paz y las insertas en su Historia setentrional, numerosos testimonios nos iluminan acerca de la vocación poética cervantina. Así, en las palabras a los «Curiosos lectores» con que se abre La Galatea, justifica su decisión de dar a la estampa esa novela escrita en prosa y verso, y para ello alega «la inclinación que a la poesía siempre he tenido…». Esa vocación la reitera decididamente en el Viaje del Parnaso:«Desde mis tiernos años amé el arte / dulce de la agradable poesía» (Viaje del Parnaso, IV, vv. 31-32, ed. Herrero García, p. 254); así lo reconoce ahora que ya es un anciano, y puede nombrarse el «Adán de los poetas» o presentarse graciosamente: «Yo, socarrón; yo, poetón ya viejo».

Doblo aquí la hoja por hoy, y en una próxima entrada me referiré a los planteamientos de la crítica ante la poesía de Cervantes. En fin, en futuras entradas iré comentando diversos textos poéticos del autor del Quijote.


[1] Véase Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia cervantina, 2.ª ed., Guanajuato, Universidad de Guanajuato / Centro de Estudios Cervantinos, 1997, pp. 378a-381a.

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Un pensamiento en “Cervantes, poeta de vocación

  1. No me gusta la dulzonería y menos en un hombre; me empalaga, me saca caries leer versos tan llenos de adjetivos estereotipados y lugares comunes como “Desde mis tiernos años amé el arte dulce de la agradable poesía». Prefiero al Cervantes que, tras denunciar la corrupción o “polilla de dineros” que pudo constatar en La Goleta africana, uno de los episodios más heróicos de la historia de España, cumple con un poeta caído, un camarada. El ex Cautivo recuerda a un alferez Aguilar en este soneto:

    De entre esta tierra estéril, derribada,
    destos terrones por el suelo echados,
    las almas santas de tres mil soldados
    subieron vivas a mejor morada,
    siendo primero, en vano, ejercitada
    la fuerza de sus brazos esforzados,
    hasta que, al fin, de pocos y cansados,
    dieron la vida al filo de la espada. (Quijote I, 39)

    Mi Cervantes-poeta es del Quijote de las sorpresas y los contrastes: “Era anochecido; pero antes que llegasen les pareció a todos que estaba delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes estrellas.” Es el del Viaje final al Parnaso

    —¡Oh Adán de los poetas, O Cervantes!
    ¿qué alforjas y qué traje es éste, amigo,
    que assí muestra discursos ignorantes?—
    Fuyme con esto, y lleno de despecho,
    busqué mi antigua y lóbrega posada,
    y arrojéme molido sobre el lecho,
    que cansa, quando es larga, una jornada.

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