Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

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