Cervantes poeta: el soneto del Caballero del Bosque

En Quijote, II, 12, don Quijote y Sancho oyen que alguien templa su laúd o vigüela y escupe para desembarazar el pecho, al modo de caballero enamorado que se dispone a cantar al son de su instrumento; porque, según declara el hidalgo manchego, «de la abundancia del corazón habla la lengua» (p. 723). El caballero canta, en efecto, con voz «que no era muy mala ni muy buena». El soneto ha sido juzgado por la crítica como texto paródico de diversos motivos amorosos del Caballero del Bosque a su supuesta dama enamorada, Casildea de Vandalia (el amante que no tiene otra voluntad que la de la amada, el silencio que conduce a la muerte, el carácter contradictorio del amor, el pecho del amante como materia sobre la que la dama puede grabar lo que quiera…). En este sentido, la mala calidad poética del soneto no habría que atribuirla a Cervantes (es mal poeta y por tanto escribe malos versos), sino al bachiller Sansón Carrasco, a quien corresponde el texto: estaríamos, por tanto, ante un ejercicio de decoro, esto es, de adecuación del texto recitado al personaje que lo ha compuesto[1]. Nótese que el verso 2 evoca vagamente el «mi alma os ha cortado a su medida» de Garcilaso (soneto V, v. 10); por lo demás, cabe señalar el quiasmo antitético del verso 10, «de blanda cera y de diamante duro».

Las leyes del amor

Este es el texto del soneto:

—Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado,
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.

Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado;
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.

A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.

Blando cual es o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.

(Quijote, II, 12, ed. Rico, p. 724)


[1] Se anota en la edición de Rico: «Los sonetos eran concebidos como composiciones para ser cantadas; este, de muy escasa calidad, como corresponde a la categoría poética del bachiller, es un centón paródico de expresiones garcilasianas. El aspecto caricaturesco se subraya con el ¡ay! que le sirve de estrambote» (p. 723, nota 33). En efecto, tras haber cantado el soneto, escribe el narrador: «Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero del Bosque» (p. 724). Además, la parodia iniciada en el soneto se continúa más adelante con el relato de sus amores.

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