La Navidad de los poetas navarros: Urrutia, Martínez Baigorri y Gaztelu

Más cerca de nuestros días, ya en el siglo XX, el tema navideño ha sido líricamente cantado por numerosos poetas. Por ejemplo, Ángel Urrutia, Ángel Martínez Baigorri o Ángel Gaztelu; ¿y quién mejor que este trío de “Ángeles” para cantar el Nacimiento del Niño-Dios?

Ángel Urrutia publica su primer poema navideño en la revista madrileña Signo (30 de diciembre de 1955):

Reclíname al Infante en la palabra
aunque sea inexacta,
aunque no quepa en ella
el Verbo, pronunciado con las letras
humanas de la carne.

En Navidad de 1969, en la revista Pregón, aparece su «Canción de Navidad»:

Para hacer todo el camino
que hay de mi vida a Belén
he de prenderme en el alma
o una estrella o un clavel.

Oro, incienso y mirra llevo
si llevo un poco de luz:
¿por qué no hacerme yo cuna
en vez de hacerme ya cruz?

Ángeles de oro y pastores
llenarán mi corazón,
porque ya siento en el pecho
un nacimiento de amor.

Lanza aleluyas de gloria
este arco-iris de paz;
la Navidad es por dentro,
por fuera no hay Navidad.

La Nochebuena no es noche
porque está llena de luz.
A todos nos ha nacido
el mismo Niño Jesús.

Adoración de los Reyes Magos

Y un año más tarde da a las prensas otro poema más logrado, el soneto «Paisaje de la Navidad», de cadenciosos endecasílabos:

Sobre un manso pesebre Dios se atreve
a ser carne mortal, a la locura
de hacer con nuestro barro su hermosura
mientras cae el silencio de la nieve.

La noche está de frío. Un Niño mueve
el paisaje del musgo y la ternura;
y saltan villancicos de agua pura
al abrazarse el fuego con la nieve.

Los caminos terminan en la cuna
donde nacen de nuevo los caminos
y se inclinan de gozo las palmeras.

Luz de ángeles colgantes, pozos, luna,
corre un espejo y mueve los molinos,
y los hombres se dicen primaveras.

Por su parte, el Padre Ángel Martínez Baigorri, durante su estancia en Bélgica, concretamente el año 1932, vertió al castellano la letra de un villancico flamenco. Dice así:

Un sol ha nacido en la noche.
—Estrellas, ¿sabéis dónde está?
La estrella del alba decía:
—Su aurora brilló en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Un niño ha nacido en el campo.
No tuvo casa en que nacer,
y el cielo estrellado su manto
le dio a su cuna por dosel.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su padre exclamó: —Salvador.
El Niño sonríe y su pecho
palpita en incendio de amor.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su madre le llama Jesús.
Y luego lo viste de rojo
como ha de subir a la Cruz.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

El cielo calló media hora.
Hermanos, callad y adorad,
que viene vestido de blanco
aquel que nació en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Ponedle por cuna de oro
en llamas vuestro corazón.
Y haced de silencio de amores
para mecerle esta canción:

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Uno de los catorce sonetos de su libro Dios en Blancura (México DF, 1960) es el titulado «La Navidad de Ser», muy conceptual y teñido de misticismo:

Todo se ha reunido en tu Presencia:
mi Memoria de Ayer y mi Memoria
de Mañana me dan este Hoy en gloria
de todo en Ti para habitar mi esencia.

La esperanza de ser es ya existencia
del ser cumplido, y dicha sin historia
todo lo que era sombra transitoria,
ciencia de un hombre en luz de la conciencia.

Par es tu nombre: el mundo se ha olvidado
del suyo y dice Dios en lo que nombra
seres, y en todos nace un Niño tierno.

En todos es, el Hoy de su pasado,
Presente de ese Ser sobre su sombra
y luz Tú en todos de su Día eterno.

En fin, el Padre Ángel Gaztelu incluye el soneto «De cómo el silencio fue sonoro la noche del Nacimiento» en su poemario Gradual de laudes (1955):

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su rocío la Azucena,
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor a cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo,
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo el cielo.

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