Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1845 a 1870)

La cuarta etapa sería de 1845 a 1870. Estamos ya en una fase posromántica en la que la novela histórica se escindirá en dos grandes corrientes[1]: por un lado, se continuará escribiendo una novela documentada, erudita o, por lo menos, seria, cultivada por autores como Cánovas del Castillo (La campana de Huesca, 1852)[2], Amós de Escalante (Ave, Maris Stella, 1877), Castelar (Fra Filippo Lippi, 1877; El suspiro del moro, 1885-1886) o Navarro Villoslada (Doña Blanca de Navarra, 1846; Doña Urraca de Castilla, 1849; Amaya, 1877). De otra parte, los temas históricos serán tomados en los años 50-60 por los entreguistas y autores de folletines (Fernández y González, Ortega y Frías, Parreño…), con escaso cuidado en la documentación y reconstrucción histórica (que se pierde en beneficio de la aventura, de la simple peripecia novelesca), lo que conducirá a la degeneración[3] y casi desaparición de la novela histórica romántica[4]. El año de 1870 es señero[5], en este sentido, al tener ya escrita Pérez Galdós La Fontana de Oro, obra con la que se iniciará una nueva forma de tratar la historia, sobre todo de ambiente contemporáneo, que culminará con las series de los Episodios Nacionales. Por otra parte, en la literatura no histórica ha triunfado ya plenamente el Realismo, movimiento en el que se producirá la gran novela española del siglo XIX.

Cubierta de La Fontana de Oro

En definitiva, la novela histórica romántica ofrece en España sus mejores frutos desde  1834 hasta 1844 —o desde 1830, si queremos incluir la novela de López Soler—[6], con una producción de cierta originalidad (pese a las grandes influencias recibidas, siempre señaladas, en lo concerniente a recursos narrativos y situaciones, sobre todo de las novelas de Scott). Con El señor de Bembibre, y al tiempo que empiezan a influir varios autores extranjeros en nuestro costumbrismo (Balzac, George Sand, Soulié…), culmina ese primer gran momento de la novela histórica española que coincide, grosso modo, con el triunfo del movimiento romántico. Todavía aparecerán después algunas obras importantes, pero habrá que esperar a Galdós y a sus Episodios nacionales para encontrar una renovación dentro de este peculiar subgénero narrativo.


[1] «Todavía en esta fase post-romántica se da algún que otro ejemplo de la novela romántica histórica, pero tienen todas ellas un aire de antiguallas teatrales. Ocurría con esta modalidad literaria del romanticismo lo que con otras muchas. No muere la novela histórica, se desintegra, y en el mismo proceso se transforma y se revitaliza. De un lado […], se degrada en manos de escritores que no conservan de la modalidad anterior más que el dominio de los temas y de la técnica. Es el caso de Fernández y González (cuya primera novela, La mancha de sangre, data de 1845) y, después de él, de todos los abastecedores de novelas seudohistóricas por entregas. De otro lado, y los ejemplos son mucho menos frecuentes, tenemos la novela histórica seria y documentada, siguiendo el ejemplo de Walter Scott, de Francisco Navarro Villoslada», escribe Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, pp. 35-36.

[2] Baroja no encontró, de todas formas, tan seria esta novela: «A mí me ha parecido Cánovas igualmente malo como orador que como escritor. Yo leí La campana de Huesca sin poder contenerme, a carcajadas» (Juventud, egolatría, Madrid, Caro Raggio, 1917, p. 292).

[3] La decadencia de la novela histórica romántica coincide con el desarrollo de la conciencia de la historicidad en España. Cfr. Enrique Tierno Galván, Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 19.

[4] Por supuesto, algunas novelas históricas con características similares a las románticas se pueden encontrar hasta finales de siglo, pero se trata de autores que cultivan una tendencia pasada ya de moda. En 1877 se publicarían tres obras importantes Ave, Maris Stella de Escalante, Fra Filippo Lippi de Castelar y Amaya de Navarro Villoslada, lo que permite a Amado Alonso hablar de «un conato de resurgimiento» de la novela histórica romántica (Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 66).

[5] «… el año 1870 es un año clave y límite para la novela española, ya que en el mes de diciembre del mismo, acabó su primera novela un tal Benito Pérez Galdós. Naturalmente, la novela histórica, en sus tres tendencias, se va a continuar produciendo pero, digámoslo cuanto antes y aunque sea en desdoro de un Navarro Villoslada, nos encontramos ya ante una moda fuera del tiempo, ante un hacer sin mucho significado para la historia literaria» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 202). La primera edición conocida de La Fontana de Oro es de 1871, pero conservo la fecha de 1870 que da Ferreras como tope final de la etapa, porque para entonces la novela ya estaba redactada.

[6] La antología de Felicidad Buendía recoge con las obras seleccionadas este marco temporal, con una novela de 1830 (Los bandos de Castilla), una de 1831 (La conquista de Valencia por el Cid), dos de 1834 (El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña), tres de 1835 (Ni rey ni Roque, El golpe en vago y La heredera de Sangumí), una de 1837 (Doña Isabel de Solís), otra de 1838 (Cristianos y moriscos) y la de Gil y Carrasco de 1844.

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