Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (y 3)

Pero pese a su éxito, la novela histórica romántica española tuvo sus detractores. Es muy interesante, en este sentido, el artículo titulado «La novela» que apareció en el Semanario Pintoresco Español, con las iniciales de Ramón de Mesonero Romanos, del que extracto estas dos citas[1]:

La novela de costumbres contemporáneas […] hubo de ceder el cetro a la novela histórica, que la brillante pluma de sir Walter Scott trazó atrevidamente en nuestros días, abriendo ancho campo en donde los ingenios aventajados pudieran alcanzar nuevos laureles. Mas desgraciadamente para los que le siguieron, el descubridor de tan peregrina senda siguió por ella con paso tan denodado, que consiguió siempre dejar muy atrás a los que pugnaban por imitarle. Y estos pretendiendo suplir con la exageración lo que les faltaba de ingenio, convirtieron muy luego en ridículas caricaturas modelos por cierto más dignos de respeto ¡Suerte lamentable de los grandes ingenios, la de verse seguidos por infinita turba de serviles imitadores, los cuales abultando los defectos, y no acertando a reproducir las bellezas naturales de su modelo, llegan a hacer insoportable hasta el género mismo de composición que aquel supo inventar o ennoblecer!

Vemos, por último, a la novela histórica de Walter Scott ridículamente ataviada por sus imitadores con un falso colorido, desfigurando la historia con mentidas tradiciones; prohijando la afectada exageración de los libros caballerescos, y prestando a los personajes históricos que pretende describir los atrevidos rasgos con que aquella pudo realzar a sus héroes fabulosos; remedando a veces su estilo pomposo y recargado, y otras complaciéndose en dejar atrás la natural grosería de la plebe en cuadros repugnantes por su absoluta desnudez.

Ramón de Mesonero Romanos

Ramón de Navarrete, en otro artículo del Semanario, también condena la novela histórica, precisamente porque ni es novela ni es historia del todo:

¿Qué es la novela histórica? Una narración más o menos fiel, más o menos exacta, de sucesos pretéritos, amoldada a las intenciones del novelista, desfigurada según conviene a sus propósitos, y las más veces ridícula e infiel. ¿Puede ser algo más que esto? Por cierto que sí; pero entonces ha de faltar precisamente a las condiciones de su existencia; entonces ha de perder su amenidad, su interés, su ligereza, para convertirse en un curso indigesto de historia que nadie leerá; las mujeres porque se verán burladas en su esperanza y arrojarán el libro con enojo; los hombres porque preferirán la historia en su verdadero terreno, narrada con la detención conveniente, con la severidad que le es propia, con la exactitud indispensable. El que busque instrucción sana y esté sediento de estudio, no irá seguramente a beber en aguas tan turbias; el que desee divertir el ánimo, tampoco se contentará con aquello que le recree a medias[2].

Y en 1867, José Pulido y Espinosa, al hablar de las novelas, arremete contra este tipo peculiar que aquí estamos examinando, particularmente contra las publicadas por entregas que son, como cabe suponer, de peor calidad:

No menos producen disgusto algunas llamadas históricas, en las que el novelista no se cuida de la verdad sino que, truncando los hechos y los tiempos y dando tortura a la historia, finge sucesos y crea personajes e inventa situaciones que muchas veces hacen hasta visible el anacronismo que envuelven y las distancias que separan, para sostener un enredo que, como vulgarmente se dice, no tiene pies ni cabeza. Con tal de aumentar el número de entregas, no se repara en la unidad de pensamiento, ni en la verdad de los tipos que se presentan. ¿Se creerá tal vez probar en esto fecundidad e ingenio? ¿O acaso ostentar facundia y riqueza de imaginación? ¡Ah, qué error! Montañas de pedruscos apenas dan quilates de rico mineral[3].


[1] Semanario Pintoresco Español, año 1839, t. I, p. 254.

[2] «La novela española», Semanario Pintoresco Español, año 1847, p. 83.

[3] Prólogo a Antonio de Padua, María Magdalena, novela bíblica original, Madrid, 1867. Recoge la cita Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 62.

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