Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) y sus dramas históricos

En la producción dramática de Gertrudis Gómez de Avellaneda[1] (Puerto Príncipe, Cuba, 1814-Madrid, 1873), como en la de muchos otros autores románticos españoles, ocupa un lugar destacado un conjunto de piezas que, con mayor o menor propiedad, pueden ser incluidos bajo ese marbete de dramas históricos. En sucesivas entradas voy a ocuparme de algunas de esas obras: El Príncipe de Viana, Munio Alfonso, Egilona, Recaredo, Saúl y Baltasar, que son las seis que, en mi opinión, mejor se ajustan a dicha etiqueta.

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Existen, ciertamente, otras piezas de Gómez de Avellaneda que sitúan su acción en épocas pasadas, como La verdad vence apariencias (centrada en Castilla, hacia 1367-1370, en el momento del triunfo en Montiel de Enrique de Trastámara), El donativo del diablo («La escena en Suiza, cantón de Friburgo, corriendo el primer tercio del siglo XV»), La hija del rey René (ambientada en Provenza, también en el siglo XV), Oráculos de Talía o Los duendes en Palacio (últimos tiempos de la minoría de Carlos II) o Tres amores (reinado de Carlos III). Pero no siempre la ambientación histórica en una época pasada implica necesariamente que estemos ante un drama histórico: puede ser, como en el caso de Oráculos de Talía, un intento de imitación de las comedias clásicas del Siglo de Oro; o puede tratarse simplemente de un drama de corte romántico (como sucede con Macías, de Larra, con El trovador, de García Gutiérrez y con Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch) para el que su autor ha tenido a bien elegir una localización en el pasado, pero sin que exista el expreso deseo de convertir la historia en objeto de la poesía[2]. Esta característica, la intención del autor de acercarse literariamente a un personaje o un suceso histórico, constituye, en mi opinión, la verdadera piedra de toque para determinar si una determinada obra, ya sea novela, ya sea drama, puede ser apellidada con justicia como histórica.

En este sentido, considero que ese requisito fundamental se da preferentemente en las seis obras citadas en primer lugar, que son además de mayor calidad literaria que las enumeradas después, razones ambas por las que me inclino a escogerlas como corpus de trabajo para esta pequeña aportación sobre el drama histórico de Gertrudis Gómez de Avellaneda[3].


[1] Algunos trabajos destacados sobre su vida y sus obras: Edwin B. Williams, The Life and Dramatics Works of Gertrudis Gómez de Avellaneda, Pennsylvania, 1924; Domingo Figuerola-Caneda, Gertrudis Gómez de Avellaneda. Bibliografía, biografía e iconografía, Madrid, 1929; Emilio Cotarelo y Mori, La Avellaneda y sus obras. Ensayo biográfico y crítico, Madrid, 1930; Rafael Marquina, Gertrudis Gómez de Avellaneda, La Peregrina, La Habana, Trópico, 1939; Mercedes Ballesteros, Vida de la Avellaneda, Madrid, 1949;  y Carmen Bravo-Villasante, Una vida romántica. La Avellaneda, Barcelona, Edhasa, 1967.

[2] Cabría recordar la distinción establecida por Ricardo Navas Ruiz, en El romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 82, entre tres tipos de drama histórico romántico: el romántico, el histórico-político y el arqueológico. En el «romántico», a secas, el contenido histórico es «pretexto más que un objeto» (Macías, El trovador, Los amantes de Teruel); el «histórico-político» refleja un «espíritu de amor a la libertad y odio a las tiranías», y guarda relación con las «tragedias liberales de comienzos de siglo» (La conjuración de Venecia); el «arqueológico» es aquel que «bucea en la historia para revivirla sin otras intenciones ni preocupaciones» (Doña María de Molina, del Marqués de Molíns).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

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