Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: mezcla de historia y ficción

No es mi propósito el estudiar aquí la relación que existe en estos dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda entre historia y ficción, es decir, en qué medida asisten los elementos históricos y los ficticios y la forma en que se imbrican unos y otros. Solo quiero destacar que la autora era bien consciente de este complejo y siempre interesante asunto, como lo deja ver con sus palabras en la dedicatoria de El Príncipe de Viana «A Fernán Caballero». Allí indica que esta obra era una de las que estaba condenada a ser suprimida de la colección impresa, por los visibles defectos que contenía; y añade:

En efecto, ¿no debe considerarse condenable abuso el que cometemos los autores cuando, al presentar hechos y personajes que han existido realmente, nos cuidamos menos de la verdad histórica que de los efectos dramáticos? (p. 51).

Tras advertir que quiere rectificar el haber presentado al canciller Peralta, en la primera redacción del drama, como cómplice en el asesinato de don Carlos, apostilla:

Y ni aún me juzgo suficientemente autorizada por los rumores públicos, consignados en la historia, para atribuir la muerte —aparentemente natural— de mi desgraciado protagonista, al lento veneno que los enemigos de la reina de Aragón supusieron último recurso empleado por la ambiciosa princesa para el triunfo de su causa (p. 51a-b).

Reconoce que, por el contrario, hubiese podido recargar las tintas en la figura de Juan II, pero prefirió hacer recaer todas las culpas sobre la madrastra del desdichado joven:

Así, además, me pareció el cuadro, no sólo más verosímil, sino también más dramático; pero la verdad es —y yo la he reconocido siempre— que todo ello no lo hacía más rigurosamente histórico (p. 51b).

Efectivamente, Gómez de Avellaneda se inclina por el triunfo de la verdad poética sobre la verdad histórica. Como sugería Martínez de la Rosa, esa verdad literaria es la que ha de prevalecer siempre en este tipo de obras, que no deben ser juzgadas por sus posibles inexactitudes históricas, o por incurrir en anacronismos, sino por su calidad estética. Las recientes investigaciones históricas parecen demostrar que el Príncipe de Viana murió, como apuntaba la propia autora, de muerte natural, enfermo de tuberculosis, y no por causa del veneno, fuese este subministrado por orden de su padre Juan II, de su madrastra Juana Enríquez o de su hermana Leonor de Foix. Sin embargo, su muerte en extrañas circunstancias era cuando menos sospechosa, y algunos historiadores acogieron la idea del envenenamiento. Y si así lo hicieron los historiadores, no tiene nada de extraño que el autor literario haga, conscientemente, lo mismo, presentando en su obra la versión más dramática, o más novelesca, la que mejor cuadre a sus propósitos.

Carlos, Príncipe de Viana

Por supuesto, estas licencias que se le permiten no han de constituir una «patente de corso» para desfigurar la historia a su antojo, pero sí se ha de admitir que el literato goza de una mayor libertad que el historiador, a quien ha de pedirse rigor y exactitud científica. En este sentido, mi opinión coincide con la de Velilla Barquero, manifestada en estas palabras:

El drama histórico romántico pretende recrear episodios y personajes, insertando en un marco histórico una peripecia dramática y unas figuras del pasado poco conocidas o marginales. En todos los casos se recurre o a la evocación histórica, plena de anacronismos, o a la “anti-historia”, que se opone a la escueta narración factual y empírica basada en datos y testimonios perfectamente comprobables. La historia, por lo tanto, tiene protagonismo sólo como marco y aun decorado —de colorido localista, muchas veces— de una vivaz acción dramática, que es lo que verdaderamente interesa al dramaturgo[1].

En definitiva, el único, o el principal, rigor que se le debe exigir al novelista o dramaturgo histórico es el rigor literario, esto es, que cumpla con los requisitos de belleza y bondad estética que se esperan de una obra de arte[2].


[1] Ricardo Velilla Barquero, «La historia nacional en la tragedia neoclásica y el drama romántico», Historia y vida, extra núm. 74, p. 95.

[2] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

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2 pensamientos en “Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: mezcla de historia y ficción

  1. Creo que no está clara la muerte del Príncipe, si juzgamos la oportunidad de todas las muertes que ocurrieron alrededor de los Cátolicos y más si se tiene en cuenta que era la época de los envenena,mientos. Pedro Girón, maestre de Calatrava, Alfonso, Enrique IV, El Príncipe de Viana, Leonor,, Blanca, Felipe el Hermoso y, aún si me apuras el nieto Miguel.(al que desde Flandes se le seguía la pista y cuya muerte inclinó la la corona a Juana la loca. ) Muertes al menos todas oportunas, incluyendo el vaso de agua del Hermoso , al que la historia cree fulminado por un corte de digestión. . Marañón , que negaba el envenenamiento de Enrique IV, lo confirmó al encontrar sus restos y mandarlos analizar. La historia real no evita horrores. Nuestra historia , por mucho que la idealicemos, la escriben los ganadores. Siempre el Príncipe de Viana me ha resultado una figura romántica, atravesada por esl sino. y el Católico, una figura maquiavélica, También don Juan II .No he leido la obra, la leeré.

  2. Todo puede ser, Charo. En este caso, lo que importa es que en la ficción el dramaturgo o el novelista histórico aprovechan esos elementos de intriga para construir su trama ficticia. Pocos elementos tan “efectistas” y eficaces como un pomo de veneno rondando por la escena, o por las páginas de la novela…

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