Lope canta a Elena-Zaida-Filis

En La Dorotea (1632), Lope completaría el retrato de Elena con nuevos detalles[1]:

Esto en cuanto al paramento visible, que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me cuesta más de dos mil versos.

Lope paseaba la calle a Elena (que, no lo olvidemos, era una mujer casada) y, al parecer, ella pronto correspondió a un galán tan gallardo y gentil, y de tan buenas prendas. Y luego Lope recreaba tales visitas y encuentros en romances que ponían como telón de fondo a esos amores el idealizado ambiente morisco, con su nombre y el de Elena enmascarados tras los de Zaide y Zaida:

Gallardo pasea Zaide
puerta y calle de su dama,
que desea en gran manera
ver su imagen y adorarla…

I Love Zaida

Así comienza uno de ellos, al que sirve de respuesta este otro, uno de los más famosos del ciclo de romances moriscos, puesto en boca de Zaida:

—Mira, Zaide, que te digo
que no pases por mi calle,
no hables con mis mujeres
ni con mis cautivos trates…

En otras ocasiones, los amores quedarían reflejados en otro mundo idealizado, el de los romances pastoriles, y en estas ocasiones los disfraces nominales serían Belardo y Filis. Y aunque es obvio que no debemos tomar al pie de la letra y aplicar a Elena y Lope todos los lances y aventuras que en ellos se cuentan (cierta bofetada dada por Belardo a Filis porque en una fiesta de toros había ponderado la valentía de un caballero; los cabellos arrancados por la madre de ella, que se opone a la relación, y con los que Filis hace una trenza que regala a su enamorado como favor amoroso; la vena del cuello del amante que salta por la fuerza de la pasión…), sí que podemos ver en ellos un trasunto, bellamente pasado por el tamiz de la literatura, de aquellos apasionados amores, con sus alternativas de gozo y dolor, de esperanza y sufrimiento, de entregas y rechazos desdeñosos, con sus celos de ausencia y el placer de los reencuentros…

El orgullo satisfecho del poeta, al que cabe imaginar exultante por su conquista de tan celebrada beldad, no podía dejar de pregonarla vanidosamente por medio de sus versos, de forma que tales amores se convirtieron en la comidilla de la Corte; estarían en boca de todos en los famosos mentideros de Madrid y, como señala Entrambasaguas, «Allí saldrían a relucir los dos enamorados entre hazañas de Flandes, riquezas de Indias y relatos de fiestas y autos de fe». En La Dorotea, don Fernando señala precisamente que fue ese hecho, el haberse convertido ambos en «fábula de la corte», la razón alegada por Dorotea para su ruptura:

Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto.

En efecto, los versos de Lope servían de altavoz de aquella relación adúltera, convirtiéndola en piedra de escándalo para muchos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos intensos amores con Elena Osorio, como contrapunto de calma, y quizá para rellenar las horas que no podía pasar a su lado, Lope tuvo ocasión de perfeccionar sus estudios, y lo hizo asistiendo, entre los años 1583 y 1586, a la Academia de matemáticas fundada por Felipe II. En ella cursó estudios astrológicos (frecuentó las clases de Juan Bautista Labaña y Ambrosio Ondériz) y recibió además lecciones de esgrima del famoso maestro Pablo de Paredes. La habilidad con la espada era condición sine qua non para todo aquel que se preciase de cortesano; y aunque Lope no lo fue nunca, en sentido estricto, por sus años de estudio y formación, por sus buenas prendas de naturaleza y por sus nuevas habilidades adquiridas reunía muchas de las condiciones necesarias para aparentar tal faceta.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

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