Lope y sus «otros desaires de fortuna»

Por cierto, la explicación que Pérez de Montalbán da en la Fama póstuma para la salida de Madrid es completamente diferente (el enfrentamiento con un hidalgo maledicente)[1]. Calla, como ya se dijo en una entrada anterior, todo lo relacionado con Elena Osorio (cárcel, proceso judicial, destierro…) y además indica que Lope se alista en la Armada por el dolor provocado por la muerte de su esposa Isabel, y una vez cumplidos varios años de estancia en Valencia.

Juan Pérez de MontalbánLa cronología, en el compendioso relato de Montalbán, queda de esta forma bastante trastocada. En efecto, tras mencionar la boda con Isabel de Urbina, escribe:

Es pues el caso que había en este lugar un hidalgo entre dos luces (que hay también crepúsculos en el origen de la nobleza como en el nacimiento del día), de poca hacienda pero de mucha maña para comer y vestir al uso, donde pedía barato con desahogo a título de decir donaires a los presentes y cortar de vestir a los que no estaban delante. Supo Lope que una noche había entretenido la ociosidad del auditorio a su costa y disimuló la descortesía, no por temor sino por desprecio […] mas viendo que porfiaba en su civil tema, cansose, y sin tocar en la sangre ni en las costumbres, que lo primero es impiedad y lo segundo despropósito, le pintó en un romance tan graciosamente que causó en todos risa pero no escándalo, que en los versos escritos sin odio y con buen gusto cabe el donaire pero no la injuria. Picose el tal maldiciente con grande estremo […] y remitió su defensa a la espada, enviando a Lope un papel de desafío; lance de que salió tan airoso que dejó calificado su brío y enmendada la condición de su contrario. Éste y otros desaires de la fortuna, ya negociados de su juventud y ya encarecidos de sus opuestos, le obligaron a dejar su casa y su patria, su esposa con harto sentimiento, si bien se le templó la cortesana acogida que le hizo la ciudad de Valencia y sus ciudadanos, mientras fue su huésped.

Nótese cómo con la expresión «otros desaires de fortuna» corre Montalbán un tupido velo sobre el destierro y sus verdaderas causas. Y sigue así su narración:

Después de algunos años que estuvo en aquel reino, los afectos naturales de la patria, las floridas riberas de Manzanares, objeto lírico de su pluma, y los justos deseos de ver su esposa le restituyeron a sus brazos con tan destemplado contento que se temió su vida en el mismo regocijo, que es tanto el melindre de nuestra salud que peligra en el gozo como en la pena, si no es que fuese ensayo del dolor que le estaba esperando, pues dentro de un año el agudo acero de la muerte, que corta y deshace las más firmes lazadas, se la quitó intempestivamente de los ojos. Golpe que le partió el corazón por medio, y que solo pudo hacerle sufrible el respeto a la mano que le tiraba. Sucedió esta desgracia en ocasión de efetuarse la jornada de Inglaterra, que alentaba el generoso brazo del Excelentísimo Señor Duque de Medina Sidonia, a cuya sombra se alistó de soldado con ánimo de perder la vida porque acabasen con ella sus congojas. Salió de Madrid, cruzó toda la Andalucía, llegó a Cádiz y pasó a Lisboa, donde se embarcó con un hermano suyo que tenía, alférez, y había muchos años que no se vían; placer que también le duró pocas horas, porque en una refriega que tuvieron con ocho velas de holandeses, le alcanzó una bala y murió en sus brazos. Y como sea verdad que nunca viene un pesar solo, porque siempre el que se padece es víspera del que ha de seguirse, sucedió tras tantos azares que el viento, tirano príncipe de las provincias de Neptuno, con una borrasca continuada malogró, a pesar de la razón y de la justicia, el noble corazón de tantos esforzados leones, cuyo lamentable suceso volvió a Madrid a nuestro Lope más aprisa que imaginó su ardimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

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