Las octavas de Feliciana de la Voz en el «Persiles»

Escribe Aurora Egido acerca de esta composición incluida en el Persiles, que comienza «Antes que de la mente eterna fuera…»[1]:

… pero es en el cap. IV de este Libro III donde la aparición de Feliciana se convierte en la encarnación de la palabra humana hecha canto sublime y casi divino. […] Eva y Ave se unen en la elevación platónica de su canto con el que ella parece expiar la historia de sus pasiones. Feliciana madre canta ante una Virgen María que sostiene al Niño en sus brazos, loando los triunfos de tan gran mediadora. El carácter celestial de la protagonista en este instante ahonda en la sublimación de un peregrinaje que, a partir de allí, será eminentemente mariano, pues aparecerán otros monasterios y templos dedicados también a la Virgen María[2].

Los versos de Feliciana de la Voz se insertan en el Libro III, capítulo 5[3]: el personaje canta en ese momento solo cuatro, pero el narrador ofrece el texto de las doce octavas[4], cuyo desarrollo —que parte de la imagen básica Virgen=casa— puede resumirse así: en la primera se afirma que, desde antes de la eternidad, «fabricó para sí Dios una casa / de santísima y limpia y pura masa»; la segunda describe los cimientos de esa casa, fundados sobre «humildad profunda»; la tercera muestra que toda la fábrica es bendita, con pilares de fe y de esperanza y muros ceñidos de caridad y las demás virtudes; en la cuarta se describen los adornos de «este alcázar soberano», que es a la vez huerto cerrado (el «hortus conclusus» del Cantar de los Cantares, 4, 12), con evocación de varios nombres o atributos marianos más:

Adornan este alcázar soberano
profundos pozos, perenales fuentes,
huertos cerrados, cuyo fruto sano
es bendición y gloria de las gentes;
están a la siniestra y diestra mano
cipreses altos, palmas eminentes,
altos cedros, clarísimos espejos
que dan lumbre de gracia cerca y lejos (p. 478).

Hortus conclusus

En la quinta estrofa se siguen enumerando los árboles que adornan los jardines de esa casa (se añaden nuevas imágenes marianas: cinamono, plátano, rosa de Jericó), a la que nunca llega la «sombra tenebrosa» del pecado y donde «todo es luz, todo es gloria, todo es cielo»:

El cinamono, el plátano y la rosa
de Jericó se halla en sus jardines,
con aquella color, y aun más hermosa,
de los más abrasados querubines.
Del pecado la sombra tenebrosa
ni llega ni se acerca a sus confines.
Todo es luz, todo es gloria, todo es cielo
este edificio que hoy se muestra al suelo (p. 479).

En la sexta se pondera «la clarísima estrella de María», y en la séptima se especifica que esta humilde Estrella (Ester=María) precede al Sol (Cristo). La siguiente es una bella octava, con dos hermosos vocativos dirigidos a la Virgen («Niña de Dios», «brinco de Dios»), la cual quebranta la frente de la infernal serpiente (en claro eco de Apocalipsis, 12, 1-17) y es medianera entre Dios y los hombres.

La Virgen María con la serpiente a sus plantas

Merece la pena copiarla entera:

Niña de Dios, por nuestro bien nacida,
tierna, pero tan fuerte, que la frente,
en soberbia maldad endurecida,
quebrantasteis de la infernal serpiente;
brinco de Dios, de nuestra muerte vida,
pues vos fuistes el medio conveniente
que redujo a pacífica concordia
de Dios y el hombre la mortal discordia (pp. 480-481).

La novena octava revela que en esta «Virgen santísima» se han juntado la justicia y la paz, siendo Cristo el «venidero Augusto» (en alusión a la célebre Pax Augusta); María es la «primera aurora» del «claro amanecer del sol sagrado», y también gloria del justo, firme esperanza del pecador y bonanza en la tormenta. La décima introduce nuevas imágenes marianas: Paloma, Esposa, Brazo de Dios que da el «mansísimo Cordero». En la undécima se pide a esta «hermosa planta» que crezca y, como «universal remediadora», ponga fin al luto de la gran culpa primera, es decir, del pecado original. La última octava anuncia la «embajada honesta» del ángel a María, la «Virgen bendita», en la que pronto se verá «del gran poder de Dios echado el resto». En fin, cabe decir que en estas octavas de Feliciana de la Voz hay una notable elaboración artística y versos de subida belleza.


[1] Ver Patrizia Micozzi, «Imágenes metafóricas en la Canción a la Virgen de Guadalupe», en Giuseppe Grilli (ed.), Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, Società Editrice Intercontinentale Gallo, 1995, pp. 721-723; y Aurora Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles. El templo de la Virgen de Guadalupe», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 13-41.

[2] Egido, «Poesía y peregrinación en el Persiles…», pp. 19-20.

[3] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, pp. 477-483. Todas las citas del Persiles serán por esta edición de Romero Muñoz y solo se indicará el número de página.

[4] «Pidió Auristela a Feliciana le diese el traslado de los versos que había cantado delante de la santísima imagen. La cual respondió que solamente había cantado cuatro estancias, y que todas eran doce, dignas de ponerse en la memoria. Y, así, las escribió, que eran éstas…» (p. 477).

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Un pensamiento en “Las octavas de Feliciana de la Voz en el «Persiles»

  1. Muy a propósito tu comentario y lo guardo como referencia para una ponencia que tengo el viernes sobre los cautivos cristianos (Cervantes, el carmelita Gracián) y la Virgen de la Merced.

    El tema del silencio femenino en las obras de Cervantes atrajo a cervantistas como Ruth El Saffar y Aurora Egido, quien estudia la retórica del silencio (reticentia). Lo que refuerza el impacto del silencio femenino es que la voz de la mujer se desata, llegado el momento, como pasa con la Feliciana del Persiles. Feliciana ante la Virgen. Esto nos debería recorder el Magnificat de María. Con el Magnificat, la Virgen desata su voz y lo hace en loas a Dios, sí, principalmente; pero, debe notarse, que su loa incluye un reconocimiento a sí misma como si fuera una nueva Judit: “Mi alma proclama la grandeza del Señor… de ahora en adelante me llamarán Bienaventurada…”

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