«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: una nota sobre la ambientación histórica

Con respecto a la ambientación histórica de la obra de Néstor Luján, ya he indicado que se consigue gracias a los abundantes datos ofrecidos por el narrador relativos a mobiliario, vestido y calzado, modas y costumbres, comida y bebida[1], todo lo relacionado con el cortejo amoroso y los usos corteses del galanteo (billetes amorosos perfumados, flores, abecedarios, juegos con las iniciales de los nombres…)[2].

El almuerzo, de Velázquez

Por ver mi estrella María es una novela de ambientación esencialmente urbana: dado que los protagonistas principales pertenecen a la alta nobleza (rey, príncipes, validos y caballeros de la corte, embajadores…), hay un reflejo mayor de esa esfera social. Pero también, de alguna manera, quedan reflejados los estratos bajos, sobre todo en el retrato del mundo de los criados (Francisco de Priego, criado de Hugo, ha sido soldado y valentón, espadachín de alquiler, y esto permite la entrada de ese ambiente apicarado, cercano al hampa, con su lenguaje de germanía). No aparece, en cambio, el mundo rural, y apenas se refleja la clase de los hidalgos (individuos pertenecientes al estrato inferior de la nobleza, muchas veces empobrecidos).

En cuanto a la situación de la mujer, queda reflejada de pasada en algunos diálogos. Es la propia reina quien así se queja:

—No, no hemos de olvidar que somos princesas y que nos debemos a las obligaciones de nuestra familia y finalmente de nuestro Rey, si con un rey nos casamos. No creáis, sin embargo, que las demás mujeres conocen mejor fortuna. Casi todas se casan a gusto de sus padres, a su placer y conveniencia, y muchas de ellas no tienen ni tan sólo el consuelo de las sacras obligaciones de la estirpe. Las mujeres nobles en Francia y en España sufren una triste infancia en devotos conventos, se someten a padres, hermanos o tutores. Y en el encierro en que se las guarda, son quizá todavía más desdichadas que nosotras, casadas también a ciegas, a veces amando a otros. Así existen en realidad tantas malmaridadas, como en tantas intrigas de comedia. Y en lo que nos toca a las princesas, bien sabéis lo que son nuestras vidas cuando llegamos a reinas: parir hijos, sentir celos, angustiarse de soledad en una patria que no es la tuya (p. 93)[3].


[1] Estas alusiones son muy frecuentes, dados los saberes gastronómicos de Luján. Así, por ejemplo, se habla del célebre vino de San Martín de Valdeiglesias (p. 25 y 156; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988), se dan datos sobre los libros de cocina y las recetas de la época (pp. 106-107); se alude al hecho de que había que llevar la comida a las posadas donde uno se alojaba (p. 28, por la escasez o mala calidad de lo que en ellas existía), se mencionan los bodegones de puntapié (pp. 41 y 113), etc. A veces la alusión culinaria requiere cierto conocimiento de la época: así, en la p. 41 se habla de unos «sospechosos pastelones», pero no se explica nada más: hay que conocer las acusaciones tópicas sobre la mala calidad de aquellos pasteles hechos de hojaldre y carne, y de los ínfimos ingredientes que entraban en su composición, para entender el calificativo de sospechosos. Baste recordar las macabras bromas que leemos en el Buscón sobre el destino del cuerpo descuartizado del padre de Pablos, que serviría para rellenar ese tipo de pasteles…

ENLACE: Manjar blanco, blog sobre gastronomía en el Siglo de Oro:

http://manjarblanco.gulalab.org/

[2] Diseminadas aquí y allá encontramos muchas otras alusiones a lugares y realidades de la época: la guardia española y alemana (en varios pasajes), el galeón de Manila y las flotas especieras (pp. 100-101), la romería de Santiago el Verde (p. 160), el rígido protocolo de la Corte austriaca (p. 147), el mentidero de las gradas de San Felipe (p. 113), las covachuelas del Alcázar real, el ambiente del teatro en la mosquetería y la cazuela femenina, etc. Se habla de una esclava marrueca, marcada con ese y clavo (p. 140), símbolo de la palabra esclavo; aparecen reflejadas las ideas de los españoles sobre sus vecinos extranjeros: «un gabacho, vendepeines y buhonero, amolador de tizonas, navajones y tijeras» (p. 41; tales eran los oficios que solían desempeñar los franceses); un fidalgo portugués «tan espetado que parecía haberse tragado un asador» (p. 79; se reitera esta caracterización tópica de los portugueses finchados de orgullo y, además, sumamente enamoradizos).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

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2 pensamientos en “«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: una nota sobre la ambientación histórica

  1. Leí Por ver mi estrella María de Néstor Luján hace ya bastantes años, en un libro prestado de la biblioteca (hace tiempo que no voy a la biblioteca dado que mi propia biblioteca ha crecido muchísimo con los años) y aunque conocí el episodio cuando estudiaba la carrera universitaria, de hecho la lectura de la novela es poco después de haber terminado, siempre me ha parecido que un episodio tan novelesco, tan aventurero, tan raro, pues la historia superó a la ficción novelesca, no haya tenido el desarrollo literario.

    Nos faltó un Alejandro Dumas, pues aquí aparece el Duque de Buckingham, el valido de Carlos I que es personaje en Los tres mosqueteros. Y también el episodio hubiera merecido tratamiento cinematográfico, que seguro habría cambiado la Historia, con la futura Maria de Hungria casándose o huyendo con Carlos I, que tampoco habría perdido, literalmente, la cabeza. Pero ahora pienso que por más que fuese novelesco el episodio la Historia fue prosaica y cruel con los protagonistas. Eso ni Lope de Vega, ni Dumas, ni Pérez Reverte que trata el episodio en la primera historia del Capitán Alatriste, y como lo desaprovechó la película, solo con este episodio habría salido una película de aventuras magnífica, puede arreglarlo.

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