Lope y la casa de la calle de Francos

Los años 1609-1610 los pasa Lope viajando entre Toledo y Madrid. Siguiendo en la senda de la vida piadosa, el 24 de enero de 1610 ingresa en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas[1]. El duque de Sessa le protege con dineros y dádivas, pero sigue escribiendo para ganarse el sustento; así, el 5 de abril data el manuscrito de La hermosa Ester.

El 7 de septiembre lo encontramos avecindado en Madrid. En efecto, compra a Juan Ambrosio de Leiva una casa con patio en la calle de Francos (hoy de Cervantes), donde se instala con su familia legítima. El precio es de 9.000 reales (el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de 18 comedias, valoradas en 500 reales cada una); paga 5.000 reales al contado, y el resto en dos plazos de cuatro meses.

Casa de Lope de Vega en Madrid

En la entrada figura esta inscripción: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). Allí dispone de un pequeño jardín, con cuyo cuidado se entretiene, tal como escribe en la epístola octava de la Filomena (1621), titulada El jardín de Lope de Vega. Al licenciado Francisco de Rioja, en Sevilla:

Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene solo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta.

Aquí son dos muchachos ruiseñores,
y dos calderos de agua forman fuente
por dos piedras o conchas de colores.

Huerto de la casa de Lope

En esa casa de su propiedad reúne sus modestas posesiones, y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años esta casa será su refugio y atalaya, y en ella podrá dedicarse al estudio y la escritura literaria.

Escritorio de Lope de Vega

En una carta a Sessa, de un 23 de diciembre, pero sin año, escribe:

Finalmente, cuando me quiten mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio, me queda Vuestra Excelencia; que este bien no me le pueden quitar ni el poder, ni el tiempo, ni la codicia, ni la muerte…

En estos otros versos de su Epístola al doctor Matías de Porras (un médico amigo suyo y presidente de Audiencia en Perú) revela un tierno detalle de la vida familiar:

Llamábanme a comer; tal vez decía
que me dejasen, con algún despecho:
así el estudio vence, así porfía.

Pero de flores y de perlas hecho,
entraba Carlos a llamarme, y daba
luz a mis ojos, brazos a mi pecho.

Tal vez que de la mano me llevaba
me tiraba del alma, y a la mesa
al lado de su madre me sentaba.

Como vemos, Lope sabe hacer poesía de una mínima escena cotidiana como esta en que el niño lleva de la mano a su padre, que estaba enfrascado en su trabajo, para sentarlo a la mesa con los demás. Y el Fénix sigue escribiendo para mantener a su familia: el 8 de junio se le pagan 300 reales por los autos compuestos para las fiestas madrileñas del Corpus.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

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