«Las afueras», de Luis Goytisolo, novela colectiva

Las afueras (1958) de Luis Goytisolo es una novela colectiva: en sus páginas el individuo cede el papel de protagonista a la sociedad. En los relatos que la componen se va tejiendo una complicada red onomástica, ya que en todos ellos aparecen repetidos los mismos nombres, pero en cada caso corresponden a distintos personajes.

Novela colectiva

Corrales Egea habla de «mezcla confusa de personajes (pues cada uno de ellos desempeña papeles distintos aunque bajo un mismo nombre, lo que resulta a veces difícil de seguir por el lector)»[1]. Veamos otras opiniones que explican mejor esta peculiar característica de la obra:

Cada uno de los relatos —dice Sanz Villanueva— ofrece una historia distinta, sin vinculación con las restantes excepto en el hecho de que los personajes coinciden en el nombre (Augusto, Víctor, Ciriaco, Domingo, Antonio, Alvarito, Bernardo, Magdalena, Claudina, Amelia…), pero la coincidencia es onomástica, no de personalidad, aunque sí exista vinculación en su sentido. Estos nombres corresponden a diversos grupos generacionales y sociales: Augusto (y sus esposas, Magdalena) representan una clase acomodada y vacía, correspondiente con la generación mayor. Víctor indica la generación siguiente, participante en la guerra y, pese a su posición acomodada, carente de sentido vital, frustrada o con mala conciencia que lleva a un aparencial acercamiento al pobre. Domingo (y sus correspondientes Amelia) es la generación mayor de tipo servil y doméstico. Ciriaco es la generación siguiente, clase modesta, trabajadora. Quedan, finalmente, los jóvenes o niños (Álvaro, Antonio, Dina y Bernardo). Todos estos nombres resultan protagonistas de una historia colectiva que, situada en este año concreto de 1957, mediante una recuperación del pasado, nos ofrece una panorámica reciente de Barcelona. Esta panorámica se hace realidad literaria, sin embargo, a través de argumentos singulares y de historias particulares[2].

Y estas son palabras de García de Nora:

[Luis Goytisolo] ha introducido hasta diez u once series de personajes que no se relacionan ni se parecen, pero que llevan todos el mismo nombre. (Si no recordamos mal, hay cuatro señores que se llaman Augusto, cuatro damas que son doña Magdalena, otros cuatro Víctor y Diana, Dinetas o Claudinas. Tres Ciriacos, Domingos y Tonios o Antonios. Dos Alvaritos, dos Amelias, dos Patacanos y Bernardos —si es que el Nacho del tercer cuento y el Nap del quinto no deben tomarse por Bernardos también—). [ …] La pluralidad de circunstancias, la diferencia de condiciones personales, la intervención misma del azar no anulan ni tuercen, en lo fundamental, el carácter y el sentido de esas vidas entramadas, condicionadas por su particular situación histórico-sociológica; la reiteración de los nombres propios, a esta luz, resulta, en efecto, un artificio —deliberado y transparente—, pero no caprichoso, sino buscado precisamente para subrayar la identidad de los destinos más allá de las innumerables variaciones circunstanciales y anecdóticas. Así, los don Augusto y doña Magdalena son uniformemente ejemplos de la burguesía adinerada de la preguerra (implícitamente se va dejando constancia de cómo la «posición» y la riqueza encubrían su vacuidad, su sórdida miseria moral; por si quedaran dudas, ahí está la abrumadora pareja de abuelos supervivientes del segundo relato); los Víctor son los hijos de tales padres: ex-combatientes todos ellos, radicalmente frustrados unos, como en el primer relato, triunfadores deshechos por dentro algunos (tercero), atenidos a una escéptica medianía otros (séptimo); paralelamente, los Domingos y Amelias, viejos aparceros y antiguas sirvientas, y la generación siguiente (contemporánea de los Víctor): el Ciriaco aparcero, el Ciriaco limpiabotas, el Ciriaco peón de albañil; vienen luego los más jóvenes, los Alvaritos —niños «bien»— o los Antonios, pobres pero animosos, endurecidos y conscientes; y, en fin, los niños (Dina en el primer cuento, Bernardo en el segundo y sexto), que van adquiriendo conciencia, en silencio, mudos o casi mudos y enigmáticos, frente al no menos extraño mundo de los mayores[3].

En definitiva, ahora en expresión de Sanz Villanueva,

diversas clases y diferentes ocupaciones y oficios son los protagonistas, por lo tanto, de Las afueras, relato colectivo que aventaja a las novelas de la ciudad (al estilo de La colmena, La noria) en que la limitación argumental produce una más ceñida verdad novelesca. Luis Goytisolo no pretende hablarnos de la ciudad toda, sino que plasma el retrato de unas cuantas gentes representativas y de las que podemos deducir un estado social general[4].

Esta abundancia de personajes implica que no todos pueden ser caracterizados con la necesaria profundidad psicológica; y ese es el principal inconveniente que, según García de Nora, puede señalársele a la novela:

El reproche más justo entre cuantos pudieran formularse a Las afueras es el de su insuficiencia respecto a los tipos abordados: en efecto, querríamos, necesitaríamos saber más de muchos de los personajes que en ella se perfilan o se dejan entrever (en especial, esos Tonios y Bernardos tan marginales aquí…). […] Ahora bien, ese reproche, aunque justo, resulta prematuro. Las afueras, dada su ambición temática, no puede ser otra cosa que la iniciación, la obertura cuyos motivos han de desarrollarse luego cumplidamente[5].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, p. 93.

[2] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, pp. 475-476.

[3] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, pp. 318-319.

[4] Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), p. 477.

[5] García de Nora, La novela española contemporánea, vol. III, p. 320. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

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