El propósito del «Persiles» y sus principales interpretaciones

Antes de entrar en materia, tal vez no sea ocioso recordar la altísima estima en que Cervantes tuvo esta obra, el «gran Persiles», como la denominó en un par de ocasiones. En efecto, el Persiles es una novela que nacía con voluntad de obra maestra, de inmortalizar a su autor, aunque la posteridad haya decidido que la obra verdaderamente imperecedera de Cervantes no fuera esta, sino el Quijote. Sería precisamente en la dedicatoria al conde de Lemos de la segunda parte donde escribió:

Con esto […] me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos ha de llegar al estremo de bondad posible (Quijote, ed. Rico, p. 623).

Las EtiopicasLa intención declarada de la obra fue «competir con Heliodoro»[1], el autor de las Etiópicas o Teágenes y Cariclea; pero podríamos imaginar que, junto a ese propósito explícito, hay otro latente: competir con Lope de Vega, el gran rival literario, que en 1604 había dado a las prensas El peregrino en su patria[2]. Cervantes, ninguneado por sus contemporáneos como poeta; Cervantes, que hubo de ver cómo el Fénix de los Ingenios se alzaba con el cetro de la monarquía cómica y cerraba el paso a su producción dramática, no podía consentir que se le arrebatase también la gloria de ser el primer narrador de España, y para ello no le bastaba con el éxito cosechado con una obra narrativa eminentemente cómica, paródica, provocante a risa. Cervantes debía batirse también en el terreno de la narrativa seria que tomaba como modelo la novela griega. No olvidemos la gran estimación que de este género se tenía en la época, cuando los preceptistas (por ejemplo el Pinciano, en su Filosofía antigua poética de 1596) equiparan estas novelas de aventuras con la epopeya clásica, es decir, vienen a aceptar que es posible cultivar una épica en prosa[3].

Precisamente es este, como estudiara Riley, uno de los principios básicos sobre los que se asienta la teoría de la novela de Cervantes. Esta consideración nos ayuda a entender mejor las esperanzas depositadas por el ingenio alcalaíno en su Persiles. Es casi un lugar común recordar asimismo el célebre pasaje de Quijote, I, 47 en el que el canónigo toledano esboza su idea —la idea de Cervantes, si consideramos aquí al personaje portavoz del escritor— de lo que había de ser la novela ideal de caballerías: una novela que, despojada de las exageraciones y extravagancias del género caballeresco, conservara sin embargo todos sus atractivos, ofreciendo al escritor un amplio campo para el desarrollo de su imaginación creadora (lo maravilloso) y manteniendo los principios de verosimilitud, unidad dentro de la variedad, decoro y ejemplaridad. Merece la pena recordar ese pasaje:

… y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las astucias de sus enemigos y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. […] Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria: que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso (Quijote, ed. Rico, pp. 549-550[4]).

Simplificando mucho, podríamos afirmar que hay dos grandes líneas de interpretación del Persiles por parte de la crítica, que —en teoría— no son necesariamente excluyentes o contradictorias: por un lado, están aquellos estudiosos que consideran el Persiles un libro serio, moralizante, portavoz de la ideología contrarreformista, los cuales insisten fundamentalmente en sus valores alegóricos (Casalduero, Vilanova, Avalle-Arce…); en el extremo contrario se sitúan los que consideran que se trata de un libro de entretenimiento[5]. Estos críticos ponen de relieve lo que hay en la novela de construcción narrativa, de juego, de distanciamiento, de ironía (en definitiva, se centran en el Persiles como taller de escritura similar al Quijote)[6].


[1] «Los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza» (prólogo a las Novelas ejemplares).

[2] Recordemos también el Clareo y Florisea de Núñez de Reinoso y la Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras. Para el contexto de la novela griega, ver Antonio Vilanova, «El peregrino andante en el Persiles de Cervantes», Boletín de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, 22, 1949, pp. 97-159; Stanislav Zimic, «El Persiles como crítica de la novela bizantina», Acta neophilologica, 3, 1970, pp. 49-64; Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; Emilia Inés Deffis de Calvo, «El cronotopo de la novela española de peregrinación: Miguel de Cervantes», Anales cervantinos, 28, 1990, pp. 99-106; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la edad de oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Ver Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, trad. de Carlos Sahagún, Madrid, Taurus, 1962, p. 94.

[4] Ver Alban K. Forcione, Cervantes, Aristotle and the «Persiles», Princeton, Princeton University Press, 1970, p. 169.

[5] Así lo calificó el propio Cervantes, circunstancia que Riley explica así: «Lo llama obra de “entretenimiento”, pues aunque con él trató de dignificar la novela, pretendía, además de esto, que su último libro fuese una obra de alcance popular. El Persiles es una obra bizantina de ambiente contemporáneo y un libro de caballerías actualizado» (Teoría de la novela en Cervantes, p. 96).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

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Un pensamiento en “El propósito del «Persiles» y sus principales interpretaciones

  1. Una fuente alterna para “la escritura desatada” ha sido considerada por Michael Schuesler, George Mariscal, Diana de Armas (“el Quijote y el Persiles se presentan como traducciones”) y otros americanistas, especialistas en La Florida del Inca (“grandes hazañas, que en ella hicieron, así españoles, como indios, me pareció cosa indigna, y de mucha lástima, que obras tan heróicas quedasen en perpetuo olvido”).
    El Persiles sigue la moda de los experimentos literarios que flotaban en el ambiente bicostero del 1600, el eje Sevilla-Indias: la épica en prosa, la crónica en verso, la miscelánea en prosa y verso, y los varios “Peregrinajes”.

    “[Persiles] pone en evidencia esta visión de Cervantes frente a lo que él veía como desventaja de su calidad de autor frente a quienes comercializaban sus libros. El protagonista es un “gallardo peregrino español” cargado de escribanías en un brazo y un cartapacio en la mano. Está vestido como tal, y cumple además con la obligación de pedir limosna [pero] ni va a Roma por razones piadosas, ni lo que pide es propiamente limosna, sino “algún dicho agudo o sentencia que lo parezca”, para preparar una Flor de aforismos peregrinos, un tipo de libro que gozaba de grandes éxitos editoriales en tiempos de Cervantes. La novedad que reclama el peregrino … es que solicita su material a fuer de limosna”.
    Beatriz Mariscal Hay, del Colegio de México, “Confabulario” de El Universal (2005),

    Esa realidad de textos mezclados con documentos amerita que para entenderla la traslademos con Transila, la traductora raptada del Persiles, la traduzcamos desde América. Diana De Armas nos indicar que el primer capítulo del Persiles, abre con una voz taína, un caribeñismo: ‘bejuco’

    Sorprende la resistencia de algunos cervantistas a investigar las referencias a América en las obras cervantinas. Para muestra baste el “bejuco” caribeño que De Armas analizó en el contexto novomundista. Sus trabajos son pasados por alto en un libro sobre el Persiles que dedica varias páginas a la Insula Bárbara, “explora” mares y continentes con acopio de citas eruditas, y concluye que no hay modo de vislumbrar la ubicación geográfica de esta isla. Me refiero a Cervantes y el mundo del “Persiles” en el que Isabel Lozano Renieblas dice: “Estos datos no permiten formular ningún emplazamiento para la isla Bárbara” (104), pese a que acto seguido saca de nuevo el contexto americano (“Golandia”/Groenlandia) y a que en el Persiles entran en escena dos caballeros del Perú, Francisco Pizarro y Juan Pizarro de Orellana —quien se hospedó en casa de Cervantes en 1582. Ambos estaban emparentados con Cervantes por matrimonio, según probó Avalle Arce editor del Persiles; eran hermano y padre de un Fernando Orellana que en 1607 era magistrado en Trujillo —ciudad adonde fue destinado en 1611 el mejor amigo de Cervantes, Juan de Avendaño. Ni Moreno ni Lozano citan tampoco a George Mariscal, que rastreó varios americanismos de la obra, ni a James Henneken, que en “Persiles y Segismunda: la hibridez cervantina desde la post-modernidad”, analizó los aportes de De Armas y Mariscal ¡artículo publicado nada menos que ¡en el Modern Language Notes!

    La historia del náufrago en el Persiles proviene de la del Inca, dice De Armas, y sirve a Cervantes para explorar léxicamente el deslinde entre “civilizado” y “salvaje”, cotas del discurso lascasiano en Europa y América.

    Yo, que me guío por ellos, a falta de saber propio sobre este difícil texto, tengo hasta ahora la impresión de que el Persiles se amoldó a las preferencias no de España, sino a las virreinales en torno a los cuatro puntales de la escritura literaria cultivada en México y Perú: 1. temática (viajes, exploración, peregrinación, “soledad”, “vuelos”, magia, lengua “desatada”); 2. traducción; 3. hibridación de géneros; 4. estilo parnasiano.
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