Cervantes soldado o «el manco de Lepanto»

Con respecto a Cervantes y las armas, baste mencionar su heroica participación en la batalla naval de Lepanto, que siempre recordaría con orgullo[1]. Así, en el «Prólogo al lector» de la II Parte del Quijote se defiende con estas palabras de los insultos lanzados contra él por Avellaneda:

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella (pp. 617-618).

Un rasgo destacado del carácter cervantino es, precisamente, el de su valor heroico (Cervantes se burlará de muchas cosas en su obra, pero jamás se reirá de la heroicidad; al contrario, ensalzará la sangre derramada en combate, por ejemplo en los dos sonetos a la pérdida de La Goleta insertos en la historia del capitán cautivo, en la I Parte del Quijote). Su participación en tan gloriosa jornada la evocará también en unos versos de la «Epístola a Mateo Vázquez», secretario de Felipe II (obra atribuida a Cervantes, aunque su autenticidad se ha puesto en duda y podría ser una falsificación).

Batalla de Lepanto

Aquel día Cervantes se encontraba enfermo con fiebre y sus superiores quisieron que se retirase a la sentina, con los heridos; sin embargo, su alto sentido del deber le hizo permanecer arriba, peleando en el esquife (uno de los lugares más peligrosos, en primera línea de combate, expuesto directamente al fuego enemigo) al mando de una docena de hombres (lo que parece indicar que era más que soldado raso, algo así como cabo). Él prefiere perder la vida en defensa de Dios y de su rey que quedarse a resguardo bajo cubierta; y en estos versos de la epístola se muestra que la inmensa alegría por la victoria alcanzada le hace olvidar el dolor de las heridas recibidas en el pecho y en la mano izquierda:

 … y, en el dichoso día que siniestro
tanto fue el hado a la enemiga armada
cuanto a la nuestra favorable y diestro,

de temor y de esfuerzo acompañada,
presente estuvo mi persona al hecho,
más de esperanza que de hierro armada.

Vi el formado escuadrón roto y deshecho,
y de bárbara gente y de cristiana
rojo en mil partes de Neptuno el lecho […].

Con alta voz de vencedora muestra,
rompiendo el aire claro, el sol mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.

A esta dulce razón, yo triste estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba.

El pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.

Pero el contento fue tan soberano
que a mi alma llegó, viendo vencido
el crudo pueblo infiel por el cristiano,

que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido[2].

Cervantes siempre se enorgulleció de su participación en aquella gloriosa batalla «donde, con alta de soldados gloria, / y con propio valor y airado pecho, / tuve, aunque humilde, parte en la vitoria»[3]. Su valiente actuación le haría ganar para la posteridad el sobrenombre de «el manco de Lepanto».

[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 341-342, vv. 109-144.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, I, vv. 142-144, p. 220.

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