Cervantes y la libertad (y 2)

Cervantes y la libertad, por Luis RosalesPor otra parte, no debe extrañarnos esa defensa de la libertad, continua y fervorosa, en alguien que en distintas ocasiones conoció la desgracia de verse privado de ella[1]. Si Lope remató uno de sus sonetos con el verso «esto es amor, quien lo probó lo sabe», bien podríamos decir de Cervantes, parafraseando las palabras del Fénix, «esto es cautiverio, quien lo probó lo sabe». No olvidemos tampoco la importancia del tema de la libertad en sus obras de teatro, como La Numancia, tragedia de toda una ciudad celtíbera que prefiere perecer antes que perder su libertad bajo la opresión romana, y sus varias comedias de cautivos, impregnadas de rasgos autobiográficos. También la «Epístola a Mateo Vázquez» es un canto a la libertad, pues en ella solicita al rey Felipe II que conquiste Argel para liberar a los millares de prisioneros cristianos:

Del amarga prisión, triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos
tienes la llave de su cerradura.

Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,

valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando.

Y pues te deja agora la discordia
que hasta aquí te ha oprimido y fatigado,
y gozas de pacífica concordia,

haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado.

Sólo el pensar que vas pondrá un espanto
en la enemiga gente, que adevino
ya desde aquí su pérdida y quebranto[2].

En Cervantes encontramos una afirmación explícita y rotunda de la libertad: el hombre es libre, y no puede dejar de serlo, y es al mismo tiempo responsable y dueño de sí mismo, como pregona un famoso verso inserto en el capítulo IV del Viaje del Parnaso: «Tú mismo te has forjado tu ventura»[3].

Así pues, la libertad constituye un tema esencial en la vida y en la obra literaria de Cervantes. Ahora bien, no siempre se trata de la libertad en sentido físico. Tenemos también, en otro orden de cosas, la libertad de amar (o no amar) proclamada a los cuatro vientos en el discurso de la pastora Marcela (Quijote, I, 14); o en un famoso soneto de la pastora Gelasia, incluido en La Galatea, que se remata con un hermosísimo verso decimocuarto, «libre nascí y en libertad me fundo», que podría servir como lema de todo el pensamiento cervantino.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1980-1981, vol. II, pp. 345-346, vv. 217-234.

[3] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, v. 79, p. 255. «Es de suponer que Cervantes siente ansia de libertad, de dejar la casa paterna, echar a volar, probar su aventura. Toda su vida, en prosa y sobre todo en verso, repetirá la misma idea esencial, clave de su interpretación de sí mismo y de los demás: Tú mismo te has forjado tu ventura» (Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, p. 85).

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