«Una ciudad del norte» (1999), de Pedro Ugarte

Pedro UgarteUna ciudad del norte, de Pedro Ugarte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999), novela la vida de Jorge, contada en primera persona, desde su infancia hasta que entra en la cuarentena, lo que se corresponde, aproximadamente, con los años que van desde las postrimerías del franquismo y la transición hasta nuestros días. Ugarte retrata la dura realidad del País Vasco de esas décadas, con especial incidencia en los problemas de la violencia callejera y el terrorismo. En ningún momento se indica el nombre de la ciudad en que ocurren los hechos, pero esa ciudad del norte a la que alude el título es, sin duda alguna, Bilbao (sí se menciona el nombre de Indautxu, el barrio donde ha nacido el protagonista). Esa anonimia de la ciudad se explica porque Jorge se siente «un hombre triste, avergonzado, acorralado en sus insignificantes problemas, acorralado en uno de tantos barrios de una ciudad desconocida, una ciudad sin nombre, como siempre quise que fuera la mía» (p. 186). En su relato, él siempre aludirá a ella con expresiones genéricas del tipo «la ciudad», «mi ciudad», «una ciudad del norte», y su visión de la misma es siempre negativa: se trata de «una ciudad monótona y cobarde» (p. 40); «aquella lúgubre ciudad» (p. 119); «esta maldita ciudad» (p. 255), cuyas calles constituyen un laberinto inhóspito y cruel (p. 164), amenazador, que dificulta el mantenimiento de las relaciones personales y sociales.

Jorge y sus antiguos compañeros del colegio de jesuitas, ya «instalados en los confortables recovecos de la clase media» (p. 233), siguen viéndose en los partidos de fútbol de las mañanas de los sábados; todos están «varados en esa ciudad donde nacimos, sirviéndola y sirviéndonos de ella» (p. 66). El protagonista subraya el declinar de su ciudad (se habla de «aquellos bancos que en su tiempo dieron fama a la ciudad y que ahora se hallaban domiciliados muy lejos de nosotros», p. 69), aunque siga conservando una reputación «rancia, inútil, patética» (p. 66), una alcurnia avejentada y decolorada:

Esos atareados símbolos engañaban a la ciudad y la persuadían de que aún era algo importante en el concierto universal, en la decisiva red de centros financieros e industriales que recorre el planeta. Por supuesto, se trataba de un engaño interno, sin ninguna consecuencia favorable, pero a la ciudad eso le bastaba. A la ciudad, en realidad, le bastaban muy pocas cosas (p. 300).

Esa «mentira» de la ciudad se corresponde, de alguna manera, con las «mentiras» del protagonista, con sus sucesivos fracasos laborales y sentimentales. Así ve Jorge la red de relaciones sociales en su problemática ciudad:

Las ciudades como la mía son pequeñas mesas de billar donde las bolas entrechocan sin cesar y los avatares personales traman imprevistas consecuencias. La gente se ve y se vuelve a ver, pierde la pista de los otros durante algunos años hasta que surgen otra vez, transfigurados, en un punto distante de la escala social. Sólo en ciudades como la mía (tan alejadas de la comunitaria aldea como de la vasta soledad de las metrópolis) la vida se parece a un juego de azar y las personas se comportan como fichas en un reducido tablero, condenadas a distanciarse y a volver a chocar, interminablemente, en una especie de endiablada carambola (pp. 122-123).

Negativa es también la imagen que de la ciudad tienen otros personajes, como Eddie:

Eddie rechazaba aquella ciudad donde no valían de nada los principios vitalistas, porque cierta inmundicia interior era lo único que ayudaba a sobrevivir en su general oscuridad, en sus calles estrechas, envueltas en permanentes cortinas de lluvia, una ciudad que obligaba a recluirse pronto en casa durante los tristes atardeceres invernales, una ciudad del norte donde sólo la resignación servía para encontrar cierto acomodo (pp. 119-120).

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