Chile, «El país imaginario», por Jorge Edwards (1)

Jorge EdwardsMañana, 18 de septiembre, se celebran las Fiestas Patrias en Chile (el proceso de Independencia de la Corona de España comenzó el 18 de septiembre de 1810 con la proclamación de la Primera Junta Nacional de Gobierno).  En una reciente lectura de El whisky de los poetas (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994), colección de crónicas periodísticas de Jorge Edwards, encuentro una dedicada a trazar una semblanza de Chile, la titulada «El país imaginario» (pp. 166-168), de la que me parece oportuno reproducir aquí ­­­­­en la entrada de hoy y en la de mañana­­­­­― algunos párrafos. Estas son, pues, las palabras de un escritor chileno para caracterizar ­­­­­―siquiera someramente­­­­­― a su país:

Los chilenos tenemos una tendencia irresistible a definir a Chile, a definir «lo chileno», a definirnos. Somos definidores y autodefinitorios, quizás porque no somos, en último término, fáciles de definir. Chile es la «loca geografía», la «fértil provincia», la «angosta faja», la «Inglaterra de América del Sur». Es, sucesivamente, el país de historiadores, el país de poetas, el país de la fruta y del hielo antártico. Queremos que nos defina un iceberg, un grano de uva, un filón de cobre, algo tangible. Quizás porque dudamos, en el fondo de nuestro inconsciente, de nuestra realidad. ¿No somos una cornisa amenazada, sacudida por cataclismos periódicos, y colocada al fin de la tierra, al sur del océano? Nuestra realidad, quizás, es la aspiración a ser, el deseo, la imaginación. Contradicción pura, realidades poderosas y precarias. No tenemos pampas ni selvas. Tenemos aire, mar, desiertos, un poco de tierra cultivable, y gente, gente que se moviliza por las islas y los mares, que cruza el desierto, que cultiva los valles, y que se comunica en una lengua idéntica, salvo raras excepciones, a lo largo de los más de dos mil kilómetros de geografía, fenómeno de cultura, al fin y al cabo, bastante extraño.

Chile, que se precia de su sensatez, de su pragmatismo, también es un país de fabuladores y un producto de la capacidad fabuladora. Hay, por suerte, fábulas positivas, que sirven de modelo, de orientación en la historia. La famosa tradición democrática chilena, por ejemplo. Es una leyenda útil, a la que conseguimos adaptarnos durante periodos más o menos prolongados. Una leyenda que conviene cultivar a conciencia.

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