Las polémicas teatrales en el siglo XVIII

Las polémicas teatrales fueron constantes en España durante el siglo XVIII[1]: los partidarios del teatro barroco postulan la absoluta libertad creadora del dramaturgo (lances diversos, predominio de la acción, presencia de elementos fantásticos…) frente a los clasicistas (seguidores de Boileau y Luzán), que predican la sumisión a las tres unidades, el decoro, la verosimilitud, la enseñanza moral y, en suma, el veto a la fantasía. Para estos últimos, la perfección se obtiene ante todo con la sumisión a la regla de las tres unidades (de lugar, de tiempo y de acción). A su juicio, no es posible la mezcla de elementos trágicos y cómicos en una misma obra, mixtura habitual en las piezas del XVII. Los neoclásicos estuvieron apoyados oficialmente en el reinado de Carlos III (1759-1788).

Carlos III de España

Defensores de la estética barroca fueron Vicente García de la Huerta, Juan Cristóbal Romea y Tapia o el P. Pedro Estala, jesuita. De la neoclásica, Agustín Montiano y Luyando, Blas Antonio Nasarre, Luis José Velázquez, Nicolás Fernández de Moratín y su hijo Leandro Fernández de Moratín, José Clavijo y Fajardo y Francisco Mariano Nifo.

Al igual que sucedía en el territorio de la poesía, se producen una serie de luchas teóricas en contra del teatro barroco y a favor de un nuevo estilo. Así, Blas Antonio Nasarre escribe una Disertación sobre las comedias españolas, obra que se posiciona frente al teatro de Lope y Calderón; criticaba la comedia barroca por no tener en cuenta las tres unidades, pilar básico del neoclasicismo teatral. También Agustín Montiano y Luyando redactó un Discurso sobre las comedias españolas, que dedicó a defender el mantenimiento de las tres unidades frente al desorden y el carácter «desarreglado» de las obras barrocas.

Por su parte, Nicolás Fernández de Moratín dio a conocer el Desengaño al teatro español, donde criticaba igualmente el teatro barroco y en especial uno de sus géneros, el de los autos sacramentales (en su opinión, el más absurdo). Pero este asunto bien merece una entrada aparte…


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

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