Importancia de la novela histórica romántica española

Todo lo que se refiere al pasado me parece de una belleza tal
como nunca volveré a verla (Thornton Wilder)

La novela histórica romántica española no había merecido excesiva atención por parte de la crítica, al menos hasta hace relativamente pocas décadas. En general, las historias de la literatura apenas le dedicaban unas páginas en las que se solía despachar el tema con un par de tópicos generalizadores: todas sus producciones, salvo El señor de Bembibre y unos pocos títulos más, no eran sino pálidas y serviles imitaciones de Walter Scott, de escasa o nula calidad literaria.

El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco

Es innegable que la gran novela española del XIX es la realista, cultivada en el último tercio del siglo. Sin embargo, no debemos olvidar que fueron los románticos quienes continuaron la espléndida tradición novelística aurisecular, interrumpida casi por completo durante el poco novelesco siglo XVIII[1]. En efecto, resulta curioso comprobar que autores importantes como Larra o Espronceda, que no han pasado a la historia de la literatura como novelistas, escribieran cuando menos una novela histórica. Fue fundamentalmente por medio de la temática histórica como los novelistas románticos consiguieron, en primer lugar, elevar la categoría literaria del género novela en España y, por otra parte, educar a un público lector hasta entonces muy escaso. Sus obras son, sin duda alguna, inferiores en calidad a las de los escritores del Realismo, pero gracias a ellas se puede hablar ya ciertamente de una novela española en la década de 1830-1840. Pues bien, esta novela histórica romántica, que constituye ya una tendencia bien delimitada y posible de analizar, será el tema de las próximas entradas del blog[2].


[1] Hoy en día sabemos que expresiones del tipo «vacío»  o «desierto novelesco», «siglo novelesco», referidas tópicamente al XVIII español, deben ser matizadas, pues no resultan del todo exactas: además de las obras más conocidas de Torres Villarroel, el P. Isla o Montengón, se leyó novela en reediciones de los clásicos y, además, en los últimos quince años surgieron nuevos nombres (Cadalso, Mor de Fuentes, García Malo, Rodríguez de Arellano, Martínez Colomer, Valladares de Sotomayor, Céspedes y Monroy, Tóxar o Trigueros) que cultivaron el género narrativo, bien dentro de una corriente imitadora, bien con tendencias renovadoras; ver Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1972, y La novela en el siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1987; y para un panorama completo de la producción novelesca de todo el siglo, Joaquín Álvarez Barrientos, La novela del siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

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