Superficialidad de los análisis psicológicos en la novela histórica romántica

Los personajes de la novela histórica presentan, en general, muy poca profundidad psicológica; son figuras de un solo trazo y aparecen caracterizados de una vez para siempre: en cuanto se nos ofrece su primera descripción, ya sabemos cómo van a actuar y reaccionar a lo largo de toda la novela. Es clara la división del mundo novelesco en dos grupos, «los buenos», muy buenos, y «los malos», muy malos. De esta forma, los personajes se convierten muchas veces en meros tipos, estilizados hacia el bien o hacia el mal, sin que exista un término medio:

El personaje romántico —explica Navas Ruiz— suele ser de una sola pieza, sin inflexiones psicológicas, sin contradicciones: todo su comportamiento responde siempre a una esencia. El traidor actúa en traidor, el caballero en caballero, el bueno como bueno. Si se hiciera una distinción entre carácter o elementos psicológicos de un personaje considerado diacrónicamente, y tipo o elementos psicológicos considerados sincrónicamente, fijados definitivamente en un momento, cabría decir que el romanticismo ha creado tipos, no caracteres[1].

Por supuesto, hay autores que saben matizar psicológicamente a sus personajes por medio de detenidos análisis e introspecciones, sin caer necesariamente en ese maniqueísmo. Pero lo habitual es que exista un héroe y una heroína con una serie de personajes que les brindan su ayuda, y un malvado traidor o antihéroe con sus correspondientes secuaces. Los protagonistas suelen tener patronímicos eufónicos (Álvaro, Rodrigo, Alfonso, Ramiro, Lope, Carlos; Beatriz, Elvira, Isabel, Inés, Leonor, Blanca son nombres frecuentes).

El beso, de Francesco Hayez

Igualmente, su descripción física coincide con la psicológica: en principio, pues, belleza y bondad van unidas, de la misma forma que aparecen juntos el mal y la fealdad[2]. Amor, celos, odio, venganza[3], ambición y honor serán los sentimientos que muevan a unos y a otros.

La palabra fisonomía se repite casi hasta la saciedad en estas novelas; debemos recordar que están de moda las fisiologías, así como los estudios de frenología y craneoscopia (Gall, Lavater): «Rara fisonomía era la del reverendo viajero. […] El mismo Lavater no hubiera fácilmente decidido si era nuestro hombre un bendito o un desesperado», leemos en El golpe en vago (p. 892). Espronceda recomienda que consulten el tratado de Gall aquellos lectores que no crean que puede adivinarse la forma de ser de las personas en la expresión de sus caras (p. 586; ver también las pp. 635, 653 y 706). Los sintagmas «sonrisa sardónica» o «gesto diabólico» son característicos para pintar con dos palabras la expresión de los personajes negativos. La escasez de penetración psicológica puede descubrirse, por ejemplo, en estas palabras en las que se nos cuenta cómo García Almorabid llora por un instante la muerte de su hija para olvidarse de ello al momento:

La condición de aquellos hombres avezados a la vida de la caza y de la guerra era brava y dura; en ella sobrenadaban muchas influencias, heredadas de la primitiva barbarie, modificada, pero no extinguida aún, por el cristianismo y los sentimientos caballerescos. Las almas eran, por lo general, incapaces de persistir en la pena; recibido el golpe y pagado el primer tributo a la humanidad, producíase la reacción y volvían a su tensión ordinaria que era la insensibilidad. El arrebato del dolor paternal fue violento, y rápido en la misma medida; don García no tardó en encauzarlo, recluyéndolo en lo más hondo del corazón. Se alzó del suelo afligido, pero no desesperado. […] Se sentía más inexorable y sin escrúpulos: aquella inmensa desgracia acababa de cortar el postrero y flojo lazo que lo unía al bien (Don García Almorabid, pp. 192-193)[4].


[1] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 32.

[2] Ver Antonio Prieto, «Introducción» a Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre, Madrid, EMESA, 1974, p. 8.

[3] La venganza será el motor principal de muchos personajes: Aznar Garcés quiere vengar la muerte de su hermano en La campana de Huesca; en Ave, Maris Stella el catalán Serra odia al Rebezo porque mató a su hermano y tiene jurada su venganza; en Sancho Saldaña la venganza de Zoraida, cegada por los celos, propiciará el fatal desenlace; los celos de Aixa, en Doña Isabel de Solís, al saber que Albo-Hacén ama a la cautiva cristiana, mueven también la acción; Bermudo vive para vengarse de Gómez Arias en esa novela; en El templario y la villana Gregorio jura vengarse porque Teresa no le ama, etc.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

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