Saltos temporales en la novela histórica romántica

Es frecuente en estas novelas que se nos cuente primero un hecho y después se vuelva atrás para dar su explicación[1], sobre todo en aquellas novelas de corte más folletinesco que enredan al máximo la acción (por ejemplo, Bernardo del Carpio). En cualquier caso, el manejo del tiempo está en manos del narrador, y así se declara explícitamente en algunas ocasiones:

Han pasado unos días desde los sucesos relatados en el capítulo anterior. De intento, merced a nuestras facultades de novelista, hemos dejado pasar estos días desde el anterior capítulo al presente, por ahorrarnos la difícil empresa de describir la inmensa alegría que hubo en Quesada… (Pedro de Hidalgo, p. 246; la cursiva es mía).

Nuestros lectores se servirán volver atrás con nosotros y recordar el día en que María y su desdichada madre salieron aceleradamente de Carucedo, sin que supiésemos quiénes eran, a dónde iban, ni qué propósitos eran los suyos (El lago de Carucedo, p. 246).

Paso del tiempo

Mas el asunto de esta veleidad antojadiza del señor de la torre de Cortiguera, su origen y nacimiento tienen interés tal que piden ser minuciosa y sosegadamente relatados. A cuyo propósito conviene retroceder poco tiempo en nuestra historia y referir sucesos que llenaron sus días anteriores a aquel en que le dimos comienzo (Ave, Maris Stella, pp. 34-35).

No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su camino, sino que dejándolo en claro, trasladaremos la escena, de un golpe de pluma, al día siguiente, en el momento de oscurecer… (Ni rey ni Roque, p. 795; cursiva mía).

Así pues, de la misma forma que el narrador decide a qué personaje debemos acompañar, también a su voluntad maneja el tiempo, como hemos visto; y lo mismo sucede con el espacio:

Rogamos al condescendiente lector que se prevenga a dar otro salto desde la sierra de Crevillente a la antigua capital siete veces coronada del florido reino de Murcia. Y no es nuestro ánimo hacerle divagar por sus calles y encrucijadas, sino introducirlo de pronto en un aposento sombrío… (Jaime el Barbudo, p. 118).

Pero mis lectores que, sin duda, querrán saber lo que Abén-Mahomad iba a buscar en aquella casa, y como viniendo conmigo no necesitan que la puerta esté abierta para entrar, pasaremos sin que aquel viejo gruñón nos vea, y nos enteraremos de lo que allí pasó. Y por si acaso algún lector meticuloso teme entrar, no sea que el viejo del ropón le quiebre las tres costillas que pretendió quebrar a Abén-Mahomad, yo contaré lo que allí vimos y oímos todos los que, valerosamente y por arte de encantamiento, entramos (Pedro de Hidalgo, p. 52; cursiva mía)[2].


[1] Así, el capítulo VI de Jaime el Barbudo se títula «Aclaración de los precedentes».

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

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