La naturaleza en la novela histórica romántica (2)

También Juan Cortada y Sala da entrada en sus novelas al regionalismo; así, en El templario y la villana con algunas descripciones del paisaje catalán (en las pp. I, 86; II, 89; II, 91-92) y de los elementos tópicos del decorado romántico como la noche y la luna (I, 50; II, 5-6), la tristeza del ocaso (I, 88-89), la melancolía de la naturaleza en paralelo con la de los corazones (II, 108), la llegada de la primavera coincidiendo con los momentos de esperanza para los amantes (II, 169). Y en La heredera de Sangumí, la tormenta (p. 1206), el paisaje en primavera (p. 1250), la noche en calma (p. 1258), la luna (p. 1161; y, al final de la novela, como testigo de la muerte de los dos amantes, Gualterio[1] y Matilde, y del suicidio del paje Ismael).

Sancho Saldaña de Espronceda es quizá la novela en que con más frecuencia se muestra la naturaleza en relación con los sentimientos de los personajes; es muy frecuente mostrar la calma del paisaje frente a la desesperación de la vengativa Zoraida, cegada por el despecho de Saldaña y por sus celos de Leonor. Citaré dos pasajes, uno para ejemplificar este aspecto y otro en que el narrador hace referencia expresamente a esa oposición:

La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. […] Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla (p. 557).

Entre tanto, la mañana despuntaba ya en el Oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitasen en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío (p. 584).

Además de la naturaleza en calma, de las noches serenas, de la presencia de la luna, abundan en esta novela las descripciones de tempestades, coincidiendo con los momentos en que se desatan las pasiones más violentas de los protagonistas (celos, odio, venganza).

The_Shipwreck, de Turner

Pero el testimonio más interesante, por lo que tiene de romántico, es el de un trovador que se extasía admirando la hermosura de una descomunal tormenta:

El poeta, entre tanto, sin acordarse del peligro que le rodeaba, contemplaba absorto a la luz de los relámpagos el trastorno sublime y la confusa belleza de la tempestad. Ya veía rasgarse el cielo en llamas y descubrir a sus ojos otros mil cielos ardiendo, ya seguido de espantosos truenos lanzarse el rayo en los aires brillantes como las armas de mil guerreros, ya imaginaba en los bramidos del huracán los cantos de guerra de un ejército numeroso (p. 534)[2].


[1] Además de tratarse de un nombre que «suena» a Edad Media, ¿será este personaje, protagonista de la segunda novela de Cortada, un pequeño homenaje al maestro Walter Scott?

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

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