La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: los preparativos

Vuelo mágicoEn la primera jornada, Otáñez tiene tan solo una breve réplica de dos versos y medio, con la que se limita a pedir licencia para que entre don Juan de Medrano. En la segunda jornada, cuenta con dos intervenciones, una para subrayar un comentario de doña María sobre los males que se derivan a quien se fía de criadas (p. 139a[1]; Otáñez será luego engañado por un criado) y otra que lo muestra deslumbrado, dada su ridícula credulidad, por el saber del falso astrólogo («¡No he visto, por San Crispín, / hombre más sabio en mi vida!», p. 141a)[2]. Es avanzada la tercera jornada cuando sale Otáñez y pide:

Don Diego, por quien se dijo
lo de «¡oh, qué lindo Don Diego!»
pues sois el Don Diego lindo,
a suplicaros me atrevo
un poco, por haber sido
criado de una señora
que vos amáis y yo sirvo. […]

                               Yo he vivido
mucho tiempo muy reglado,
con cuya cuenta he podido,
para pasar mi vejez,
juntar algún dinerillo.
Quisiera irme a la Montaña,
y por temer los peligros
que a un hombre, y más con dineros,
suceden en los caminos,
y por ahorrarme la costa,
humildemente os suplico
que me enviéis a mi tierra
por encanto; pues yo he oído
que llegaré, si queréis,
en un instante muy chico (p. 157a).

El criado Morón le pide a don Diego que le deje ocuparse personalmente de este asunto: «Este encanto o este hechizo / a mí me toca, señor; / y así por merced te pido / me le remitáis a mí» (p. 157a). Don Diego acepta y dice a Otáñez que esté prevenido para la noche. El montañés protesta, porque no se fía de «este Morón», pero don Diego le tranquiliza afirmando que su criado no hará otra cosa sino lo que él le diga. Acepta, pues, Otáñez, y Morón le explica cómo ha de prepararse para el mágico viaje:

¡Ea, pues, seamos amigos!
Y lo que ahora habéis de hacer
es poneros de camino
botas y espuelas. Si acaso
tenéis algún papahígo,
ponéosle; que es menester
que llevéis muy grande abrigo,
porque en las sierras de Aspa
hace temerario frío;
aunque vos en esta vida
más veces habréis temido
aspa y fuego que aspa y nieve (p. 157b)[3].

Morón lo cita para «las ocho en hilo» en la puerta del jardín de sus amos, y en un aparte se regocija ante la treta que ya trama: «¡Por Cristo, / viejo del gato encerrado, / que en la trampa habéis caído!» (p. 157; lo de gato encerrado alude sin duda a la bolsa de dinero que guarda el avaro vejete, y que más adelante le va a arrebatar).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[2] Su personaje contrasta con el de Quiteria, criada de doña Violante, que destaca por su agudeza: ella sí se da cuenta de lo que ocurre realmente y trata de prevenir a su ama.

[3] Esta parte final de la réplica alude a una supuesta falta de limpieza de sangre de Otáñez (Morón lo acusa de judío, acusación que rebate con un mentís); más tarde se alegrará de que lo vean en la Montaña, allí donde pueden comprobar su hidalguía.

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