Los cuentos de José María Sanjuán: «La gran tarde»

EspontáneoLeo, Pedrete y Marcial son los protagonistas de «La gran tarde» (pp. 51-68)[1]. Camino de la feria de San Isidro discuten sobre si los toreros lo son por afición o por dinero. Por su conversación (salpicada de expresiones coloquiales: lila, parné, pelao, verde ‘billete de mil pesetas’, leandras ‘pesetas’…) nos enteramos de que un millonario americano les dará mil pesetas si uno de ellos salta como espontáneo durante la corrida. Necesitan dinero para una entrada y Leo lo consigue haciendo de gancho en una atracción. Marcial es quien va a la plaza; horas más tarde, no aparece en el bar donde habían quedado después de la corrida, y tampoco en casa del ricachón extranjero.

Al final llega éste, borracho, diciendo que su amigo ha muerto corneado por el toro y se niega a pagarles el dinero prometido. Con las palabras finales, el título cobra un valor irónico: «Se tapó los ojos con la mano, como con asco, y cerró bruscamente la puerta. Como si la gran tarde hubiese terminado ya» (p. 68). La indiferencia del millonario contrasta con las ganas de salir adelante de los desvalidos muchachos; es interesante además, en este relato, el contraste entre dos de ellos, Leo, que es el más cerebral, y Marcial, símbolo del valor, que al final termina pagando con su vida.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

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