Luchas interiores de Lope de Vega

Lope de VegaPero en la nueva vida de Lope no todo el tiempo es para el estudio y la oración, como daba a entender en sus versos[1]. Efectivamente, a pesar de su nueva condición sacerdotal, sigue su servilismo con el duque de Sessa, que insiste para que el escritor continúe al frente de sus tercerías y haciéndose cargo de la redacción de sus billetes amorosos. Una de las cartas que Lope le manda es buena prueba de su lucha interior; ocurre que su confesor, fray Martín de San Cirilo (a quien dedicaría las Rimas sacras) le ha negado la absolución al confesarse, y por eso le escribe a su mecenas:

… no se canse en venir aquí a la noche, pues bien puedo como a tan gran señor y dueño mío hablar tan claro; que como cada día confieso este escribir estos papeles, no quisieron el de San Juan absolverme si no daba la palabra de dejar de hacerlo; y me aseguraron que estaba en pecado mortal; heme entristecido de suerte que creo no me hubiera ordenado si creyera que había de dejar de servir a Vuestra Excelencia en alguna cosa, mayormente en las que son tan de su gusto. Si algún consuelo tengo es saber que Vuestra Excelencia escribe tanto mejor que yo, que no he visto en mi vida quien le iguale; y pues esto es verdad infalible, y no excusa mía, suplico a Vuestra Excelencia tome este trabajo por cuenta suya, para que yo no llegue al altar con este escrúpulo, ni tenga cada día que pleitear con los censores de mis culpas; que le prometo que me aventaja tanto en lo que escribe, como en el haber nacido hijo de tan altos príncipes. No había osado jamás decir esto a Vuestra Excelencia por mi amor inmenso y mis infinitas obligaciones, trampeando cada día lo mejor que podía el modo de confesarme; ya ha llegado a no ser posible menos. Vuestra Excelencia es dueño de un entendimiento claro y de un corazón generoso; mire lo que quiere hacer de mí, que es tanto lo que le debo y le quiero, que dejo a su juicio cuanto iba a decir aquí.

Y también:

… le vuelvo a suplicar a Vuestra Excelencia por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda ni le parezca que es pequeño pecado haber sido yo el conservador de esta amistad […], que es rigor grande que me escriba que hago mi gusto; yo no hago sino el de Dios. […] Yo no he engañado a Vuestra Excelencia, que ha muchos días que le dije la causa, y estos no son escrúpulos, sino pecados para no hallar gracia de Dios, que es lo que ahora deseo.

El de Sessa recompensará sus desvelos dándole un beneficio eclesiástico (una prestamera) en el pueblo cordobés de Alcoba.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

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