Los cuentos de José María Sanjuán: «Por primera vez»

Abre el libro Un puñado de manzanas verdes el cuento «Por primera vez» (pp. 7-17)[1], que consta de tres secuencias separadas por espacios blancos. La primera empieza con la frase: «Estuvo callado durante toda la comida» (p. 9); el relato se va construyendo con frases similares, muy cortas, que reflejan los pensamientos del muchacho protagonista, lo que él llama «su lío»:

Por la mañana, sí, por la mañana sí que le había pasado algo. Total, nada. Un poco de lío en la cabeza, unas palabras del maestro, luego otras palabras de los compañeros. Y el lío. Por la mañana sí que le había pasado algo. Pero ahora no (p. 9).

La segunda secuencia explica lo ocurrido previamente: a la mañana, el maestro ha comentado en clase que vio a algunos niños fumando. Sus palabras desatan un rumor entre los alumnos; mientras, afuera, llueve. El maestro sigue explicando la lección, pero ya todos sólo piensan en lo sucedido, algo que, considerado por sus infantiles mentes, debe de ser pecado. A la salida, «el muchacho» —así se le denomina a lo largo del cuento— se encuentra con Nico, Juan, el Perote y el Nito, quienes le cuentan que fueron ellos los que fumaron, un cigarro negro, y le invitan a sumarse al grupo para volver a hacerlo; él duda, pero al final se va a su casa, aunque dando vueltas en la cabeza al asunto:

El maestro tenía razón, pero también tenía razón el Nito cuando decía que ellos ya no eran niños. Evidentemente, eso era verdad. Se miró en la cristalera de una tienda. Estaba crecido, tenía pelusa en la cara… Ya no era un niño. Y le dio rabia no haber ido con los otros a la iglesia vieja, a fumarse un cigarro de la petaquita color azufre (p. 15).

Niño fumandoEn la tercera secuencia la acción vuelve a situarnos en la tarde[2]. El muchacho ni se concentra en el estudio, ni puede hablar en casa del tema que le preocupa. Las repeticiones subrayan estilísticamente el lento paso del tiempo, captado desde la perspectiva y el estado anímico del joven: «Las tardes son largas. Las tardes pesan. Y los libros no aguantan toda la tarde» (p. 16). Al final, el niño baja a la calle y compra dos cigarrillos rubios, que fuma apresuradamente en el portal y que le producen mareos y náuseas. Por la noche sus padres le preguntan si le pasa algo, pero no les cuenta nada de lo sucedido. Al acostarse, el muchacho comprende que su padre tiene razón, que él y el maestro siempre tienen razón: «Y cerró los ojos. Y encontró la paz y el sueño. Y ya nada le daba vueltas encima, sobre la cabeza» (p. 17), concluye el relato.


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Las tardes son largas. Las tardes pesan. Por las tardes hay que preparar las lecciones para el día siguiente. El muchacho tenía un libro de geografía en las rodillas. Pero no estudiaba. No podía estudiar» (p. 15).

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