La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Llamo reconstrucción arqueológica al trabajo llevado a cabo por el novelista para conseguir una acertada ambientación en lo que se refiere a la descripción de costumbres, instituciones, armas, mobiliario, etc. de la época novelada. El «color local» así conseguido contribuye, igual que la mención de hechos históricos que acabo de comentar, a aumentar la veracidad de la novela histórica.

La preocupación arqueológica de Francisco Navarro Villoslada[1] es muy seria y la apreciamos, por ejemplo, en la minuciosa descripción de los vestidos de los personajes. El autor puntualiza siempre calidades y materiales: por ejemplo, doña Leonor viste de brocado azul y manto, y más tarde su luto consiste en «un ligero y gracioso tocado de gasa negra con azabaches, que le bajaban muy cerca del cuello»; unos caballeros llevan «finas telas de lana y de brocado»; don Alfonso da al leproso «un gabán de riquísimo brocado, con vueltas y forro de piel de nutria»; un personaje se toca con «gorra milanesa»; las botas de otro son «de cordobán»; un tercero viste «un ropón de lana burda con capucha». Véase esta completa descripción del traje de don Alfonso:

Traía un traje corto de brocado carmesí, un gabán airoso de paño negro forrado de pieles de armiño, que volvían en ancho cuello por la espalda hasta terminar en punta por delante, y del tahalí encarnado pendiente una espada corta con rica empuñadura. Derribábanse las negras melenas de un bonete con vueltas de escarlata, que formaba en medio un pequeño pico, en el cual brillaba un cintillo de piedras.

ArmaduraLas armas también son descritas con detalle: se alude a la costumbre de colocar motes o divisas en los escudos, se habla de las insignias de las órdenes del Lebrel Blanco y de la Buena Fe, instituidas por Carlos III, o se mencionan detalles heráldicos a propósito de los escudos del Conde de Foix y del de Lerín. La descripción de la armadura de don Alfonso es de lo más minuciosa, pues se enumeran prácticamente todas sus piezas:

Era completa su armadura. Tenía celada, y no borgoñona, sino entera; gola, peto con ristre y espaldar; escarcelas y quijotes; brazales, guanteletes, espada sin guarda desde la cruz al pomo, para que sirviese como manopla, puñal y daga. Fuera del caballo, del escudo y de la lanza, que tal vez había dejado en la portería del convento, tenía todas las piezas que los fueros exigían al infanzón que recibiese gajes del rey por mesnadero.

Respecto al mobiliario, sabemos que el salón del Conde de Lerín tiene «bancos y sillones de encina» y un «sillón de vaqueta»; se habla también de «un sitial de ébano, con todo primor tallado» o de «un hermoso libro de vitela matizado de prolijas y delicadas miniaturas»; se describe una «litera morisca de primorosos dorados y celosías» de Catalina… El narrador introduce muchos otros detalles sobre la decoración de los salones del castillo de Orthez, sobre la habitación del monje cronista y la de la penitente o sobre el gabinete de Leonor.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

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