«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (y 4)

En la novela de Mariano Azuela, esa desilusión es sentida por el propio pueblo, no solo por personajes como Solís. Al principio, los campesinos acogen con calor y hasta con entusiasmo a los revolucionarios que pasan por sus tierras, y les ofrecen con gusto su escasa comida. Unos serranos, por ejemplo, estrechan las manos de los hombres de Demetrio y exclaman:

¡Dios los bendiga! ¡Dios los ayude y los lleve por buen camino!… Ahora van ustedes, mañana correremos nosotros también, huyendo de la leva, perseguidos por estos condenados del gobierno, que nos han declarado guerra a muerte a todos los pobres, que nos roban nuestros puercos, nuestras gallinas y hasta el maicito que tenemos para comer, que queman nuestras casas y se llevan nuestras mujeres y que, por fin, donde dan con uno, allí lo acaban como si fuera perro del mal (pp. 88-89).

La partida lleva varios días en los jacales donde se está recuperando Demetrio de su herida, sin embargo nadie protesta: «La gente tal odio tenía a los federales, que de buen grado proporcionaban auxilio a los rebeldes» (p. 107)[1]. Cuando al final se marchan de allí, las mujeres los despiden con bendiciones: «Dios los bendiga y los lleve por buen camino» (p. 120).

Guerrilleros

Pero al final las cosas han cambiado, ya no son recibidos con alegría. La Revolución no ha satisfecho los anhelos del pueblo sintetizados en el famoso grito de Zapata «Tierra y libertad». No es solo eso. Además, los revolucionarios están divididos y pelean entre ellos. Cuando los hombres de Demetrio entran en Juchipila, el repique de las campanas les recuerda tiempos mejores y se entabla el siguiente diálogo entre ellos:

—Se me figura, compadre, que estamos allá en aquellos tiempos cuando apenas iba comenzando la Revolución, cuando llegábamos a un pueblo y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban —dijo Anastasio Montañés.

—Ahora ya no nos quieren —repuso Demetrio.

—¡Sí, como vamos ya de «rota batida»! —observó la Codorniz.

—No es por eso… A los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.

—Pero ¿cómo nos han de querer, compadre?

Y no dijeron más (p. 204).


[1] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

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