«Como la uña de la carne»: dolor y ternura en el «Cantar de mio Cid»

En el Cantar de mio Cid, un episodio que rezuma ternura, y a la vez hondo dolor, es el de la separación de Rodrigo Díaz de Vivar de su esposa doña Jimena y sus hijas, a las que deja en el monasterio de San Pedro de Cardeña cuando, tras haber sido desterrado por el rey Alfonso VI, se dispone a partir a la frontera a pelear con los moros. Sabemos que la despedida del guerrero y su esposa constituye un topos de la épica (baste recordar la despedida de Héctor y Andrómaca en La Ilíada), pero aquí ese momento está transido de una especial delicadeza poética, que humaniza notablemente al héroe castellano:

Afevos doña Ximena     con sus fijas dó va llegando;
señas dueñas las traen     e adúzenlas en los braços.
Ant’el Campeador doña Ximena     fincó los inojos amos,
llorava de los ojos,     quísol besar las manos:
«¡Merced, Campeador,     en ora buena fostes nado!
Por malos mestureros     de tierra sodes echado.
¡Merced, ya Çid,     barba tan complida!
Fem’ ante vós     yo e vuestras ffijas,
iffantes son     e de días chicas,
con aquestas mis dueñas     de quien so yo servida.
Yo lo veo     que estades vós en ida
e nós de vos     partir nos hemos en vida.
¡Dandnos consejo     por amor de santa María!»
Enclinó las manos     la barba vellida,
a las sues fijas     en braço’ las prendía,
llególas al coraçón,     ca mucho las quería.
Llora de los ojos, tan fuerte mientre sospira:
«¡Ya doña Ximena,     la mi mugier complida,
commo a la mie alma     yo tanto vos quería!
Ya lo veedes     que partir nos emos en vida,
yo iré y vós     fincaredes remanida.
¡Plega a Dios     e a santa María,
que aun con mis manos     case estas mis fijas,
o que dé ventura     y algunos días vida,
e vós, mugier ondrada,     de mí seades servida!» (vv. 262-284)[1].

El Cid se despide de su esposa y sus hijas

Y poco más adelante, cuando ya es inminente la partida, el dolor de la separación —expresa bellamente el anónimo poeta— es como el que se produce cuando la uña se desprende de la carne:

La oraçión fecha,     la missa acabada la an,
salieron de la eglesia,     ya quieren cavalgar.
El Çid a doña Ximena     ívala abraçar;
doña Ximena al Çid     la manol’ va besar,
llorando de los ojos,     que non sabe qué se far.
E él a las niñas     tornólas a catar:
«A Dios vos acomiendo     e al Padre spirital;
agora nos partimos,     ¡Dios sabe el ajuntar!»
Llorando de los ojos,     que non vidiestes atal,
assís’ parten unos d’otros     commo la uña de la carne (vv. 366-375).

Rodrigo parte rumbo a la incertidumbre de la guerra, sin tener seguridad del regreso, sin saber si volverá a encontrarse con su familia en este mundo. No es de extrañar la cordial identificación que con el personaje del Cid sintieron muchos de los poetas del 27 y otros exiliados republicanos tras la Guerra Civil: igual que Rodrigo, ellos hubieron de marcharse para ganar el pan lejos de una patria a la que amaban profundamente y a la que no sabían si alguna vez podrían regresar…

En el Cantar de mio Cid, como es normal que suceda, ocupa un lugar destacado la descripción de hechos de armas (batalla de Alcocer, conquista de Valencia…), pues Rodrigo es un señor de la guerra, y aparece lógicamente caracterizado como valiente guerrero y buen estratega; pero, como he tratado de mostrar con un ejemplo ilustrativo, también hay lugar para abordar la dimensión humana del personaje, un hombre maduro y cabal, un héroe mesurado, incluso en los momentos de mayor dolor. Y es que don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, queda retratado como un héroe perfecto: es el perfecto vasallo y hombre de armas, pero también el perfecto esposo y padre. En el proceso de mitificación del héroe castellano, el primitivo autor no deja de lado esos otros aspectos correspondientes al ámbito de su vida familiar. De esta forma, con la inclusión de algunas escenas particularmente emotivas, poesía y ternura, sensibilidad literaria y sensibilidad humana, se dan la mano en el Cantar.


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

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