Ramón y Cajal, cuentista: «A secreto agravio, secreta venganza»

Dedico la entrada de hoy a Juan Udaondo Alegre,
descendiente del ilustre don Santiago Ramón y Cajal

Abre la colección de Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal un relato con título calderoniano, «A secreto agravio, secreta venganza» (pp. 11-53), que consta de ocho capítulos. El primero nos presenta al doctor Max von Forschung, profesor de la Universidad de Wurzburgo, de cincuenta años: «Visto de perfil mostraba una de esas cabezas prolongadas en forma de martillo que parecen expresamente fabricadas para golpear obstinadamente en los hechos hasta arrancarles chispas de luz». Vive dedicado por completo a su trabajo científico… hasta que un día le afecta la toxina del amor: se enamora de su ayudante, miss Emma Sanderson, una joven americana doctora en Filosofía y Medicina. Se casan, y durante el viaje de novios descubren un nuevo bacilo. El doctor alcanza el summum de su gloria: desarrolla un trabajo gratificante, tiene el amor de una mujer y le nace un hijo, en definitiva, es feliz. Pero pronto sufrirá el ataque de otro «microbio», el de los celos, provocados por el descubrimiento de un cabello de su otro ayudante, Heinrich Mosser, enredado con otro cabello de su esposa. El doctor siente su honra ultrajada, verifica científicamente el supuesto adulterio y decide que se vengará secretamente.

Santiago Ramón y CajalPara ello, transmite a los amantes la tuberculosis de la vaca. Emma y Mosser se retiran a un sanatorio del Tirol. Mosser se alegra en el fondo de la enfermedad, pues gracias a esta circunstancia están por fin juntos y solos. En cambio para Emma su mal es un castigo del cielo por su engaño. Finalmente, Mosser muere; Emma descubre que estaba fascinada por él: se trataba de una atracción puramente sensual y, una vez muerto, se va alejando poco a poco de su recuerdo. Sinceramente arrepentida, escribe una carta a su esposo pidiéndole perdón. «No hay como la muerte para simplificar los problemas de la honra», comenta irónicamente el narrador (p. 40). El doctor von Forschung, que ha desarrollado un suero antituberculoso, logra curar a su esposa y juntos emprenden una segunda luna de miel en Italia; al tiempo nace una hija. Emma sigue conservándose muy bella, pero él es ya viejo, así que ahora desea encontrar la fuente de la eterna juventud. El doctor descubre el producto contrario, la senilina, un suero que hace envejecer.

En una especie de epílogo, se nos habla de la comercialización del producto, que tiene gran salida como un resorte de control para los gobiernos (al envejecer a los sujetos peligrosos, disminuyen sus actividades delictivas). La narración termina con una desesperanzada reflexión del narrador (aquí identificable con el autor): en España no se necesita la senilina, porque ya se ha dictaminado el desahucio del alma nacional, sin viveza ni inquietudes, «triste legado de edades bárbaras y de una pereza mental de cinco siglos» (p. 53). A lo largo del relato Ramón y Cajal intercala algunas otras ideas, por ejemplo su opinión de que los hombres de ciencia no pueden amar nunca: «Entre una belleza y un microbio, optan por éste» (p. 30). O su consideración de que «Todas las maravillas de la civilización han sido alguna vez puras fantasías de soñadores» (p. 47).


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

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