El soneto «A la hermosa pastora llamada Constanza» incluido en «La Silva curiosa de Julián de Medrano»

Julián de Medrano o Julián Íñiguez de Medrano (de las dos formas se documenta su nombre) es un escritor navarro autor de una interesante obra miscelánea, La silva curiosa, que incluye refranes, sentencias, cuentos, motes, proverbios, epitafios, y también varias composiciones poéticas, que desarrollan sobre todo temas pastoriles y amorosos[1]. Ayer comenté sus coplas burlescas «De un pastor enamorado de una pastora muy fea», hoy examinaré el soneto «A la hermosa pastora llamada Constanza» y, en sucesivas entradas, nos iremos acercando a otras composiciones de Medrano (o recogidas en la miscelánea de Medrano, para ser más exactos, pues en varios casos nos consta que estamos ante materiales ajenos, de acarreo, con los que engrosó su libro[2]).

El título completo de la obra es el siguiente: La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583. Volvió a publicarse en París, en casa de Marc Orry, en la calle de Santiago, a la insignia del Lyon Rampant, 1608, «corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por César Oudin», cuya novedad principal consiste en la inclusión —sin indicación de quién fuese su autor— de la Novela del curioso impertinente de Cervantes[3].

La Silva de Julián de Medrano pertenece a un género típicamente renacentista, el de las oficinas y polianteas, obras que —a manera de las modernas enciclopedias, valga decirlo así— trataban de compendiar el saber y la cultura de la época reuniendo refranes, anécdotas, citas famosas de autoridades en diversas materias y otros variados elementos[4]. De estos trabajos podían echar mano otros escritores para hacer gala de una rica erudición, aun cuando no pudieran acudir directamente —o no quisieran tomarse la molestia de hacerlo— a las fuentes primeras. Como ya indiqué, en la obra de Medrano, además de diversos materiales folclóricos y paremiológicos (refranes, chistes, facecias, anécdotas, motes, sentencias, epitafios…) se incluyen algunas composiciones poéticas, además de varias historias amorosas y de aventuras exóticas[5].

Pues bien, hoy examinaremos el soneto que va encabezado por el epígrafe «A la hermosa pastora llamada Constanza»:

Cuando nasciere el sol en el Poniente
y viniere a ponerse en el Levante;
cuando entre sí güarden paz constante
el duro frío y el calor ferviente;

cuando no emponzoñare la serpiente
y al norte no creyere el mareante[6];
cuando se viere el águila pujante
sujeta a las palomas y obediente;

entonces sí, ay, entonces, mi Constanza
mudanza hallarás[7] en mi tristeza,
si do[8] hay Constanza puede haber flaqueza.

Allá ejecute el tiempo su dureza
en todo lo demás, como es usanza[9],
que vencer no podrá mi fortaleza[10].

Con relación a la autoría, escribe Mercedes Alcalá Galán:

Este soneto aparece en Flores de varia poesía con el nº 291 (p. 498), ed. de Margarita Peña. Se atribuye al licenciado Dueñas, del que se recogen en dicha edición datos tomados de Juan José López de Sedano, Manuel José Quintana y Bartolomé José Gallardo. Sin embargo, casi nada se sabe de este poeta que participa con dieciséis composiciones en Flores de varia poesía. Las únicas variantes con la versión de Medrano aparecen en el primer terceto: «entonces, si ay entonces, mi Constança, / mudança hallarás en mi firmeza, / si do ay constancia puede auer mudança»[11].

Águila y palomaEl soneto se construye como una enumeración de diversos adynata o impossibilia[12] (estructurada con la anáfora Cuando … cuando … cuando … cuando … entonces) que sirve para ponderar la firmeza del sentimiento amoroso del hablante lírico: la tristeza del enamorado (se sobrentiende que desdeñado por la bella ingrata, la amada enemiga) solo variará cuando se den esos casos, imposibles de producirse en el orden natural de las cosas: que el sol salga por occidente y su ocaso se produzca en el oriente, que el frío y el calor no sean elementos contrarios sino parejos, que las serpientes no tengan veneno, que el águila viva en paz con las palomas, etc. Hay además, en los versos 9-11, un juego de palabras con el nombre de la dama amada: Constanza / mudanza (donde hay Constanza = ‘constancia, firmeza en el amor, inmutabilidad del sentimiento’, no puede haber flaqueza, esto es, riesgo de dejar de amarla). Igualmente, en el segundo terceto se alude al tópico clásico del poder absoluto del tiempo, que todo lo muda («todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre», había escrito Garcilaso al final de su famoso soneto «En tanto que de rosa y dʼazucena…»[13]), menos el dolorido sentir del amante.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] No todos estos materiales son originales de Medrano. Por ejemplo, la mayoría de los cuentos recogidos en la Silva proceden de Sobremesa y alivio de caminantes de Joan de Timoneda y de la colección de Juan Aragonés.

[3] Hay otra edición antigua cuya portada indica: Zaragoza, Joan Escartilla, 1580 (en realidad, se trata de un estado de la de Chesneau, con falsificación de la portada); una edición del siglo XIX, a cargo de José María Sbarbi (vol. 10 de El refranero general español, Madrid, Imprenta de A. Gómez Fuentenebro, 1878); y una moderna de Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998.

[4] Ver, por ejemplo, Víctor Infantes, «De Officinas y Polyantheas: los diccionarios secretos del Siglo de Oro», en Homenaje a Eugenio Asensio, Madrid, Gredos, 1988, pp. 243-257; Pedro Ruiz Pérez, «Los repertorios latinos en la edición de textos áureos. La Officina poética de Ravisio Textor», en La edición de textos. Actas del I Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, ed. de Pablo Jauralde, Dolores Noguera, Alfonso Rey, London, Tamesis Books Limited, 1990, pp. 431-440; y Sagrario López Poza, «Polianteas y otros repertorios de utilidad para la edición de textos del Siglo de Oro, La Perinola. Revista de investigación quevediana, 4, 2000, pp. 191-214.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[6] mareante: el que maneja la aguja de marear, el piloto de una nave.

[7] hallarás: la h- (procedente de f- inicial latina) ha de pronunciarse aspirada para lograr el endecasílabo.

[8] do: donde.

[9] ejecute el tiempo su dureza / en todo lo demás, como es usanza: alude al poder incontrastable del paso del tiempo, tópico bien conocido, de raigambre tradicional.

[10] Edité este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 35-36 y también en mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», p. 29. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. En cambio, en la citada edición de Alcalá Galán el texto figura (en la p. 159) sin modernización, lo que dificulta la lectura.

[11] Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, p. 159, nota 179.

[12] Muy frecuentes en toda la literatura pastoril. Ver, por ejemplo, Virgilio, Égloga I, 164: «Títiro.- Pues antes pacerán los ligeros ciervos en el aire y a la playa arrojarán los mares los desnudos peces…». Cito por Bucólicas. Geórgicas. Apéndice virgiliano, introducción de José Luis Vidal, traducción, introducciones y notas de Tomás de la Ascensión Recio García y Arturo Soler Ruiz, Madrid, Gredos, 1990.

[13] Ver  Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto XXIII, p. 59. Son los vv. 13-14.

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