«Muda elocuencia de amor…», glosa de Ana de San Joaquín (1668-1731)

En un par de entradas anteriores me refería a la carmelita descalza Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1] y transcribía sus poemas «Para gloria de Jesús…» y «¡Oh, Jesús, dulce memoria!…». Copiaré hoy otra composición suya, la que comienza «Muda elocuencia de amor…» y glosa el estribillo «Con un continuo gemido…», recogida por su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, en la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, al igual que las anteriores. En el capítulo XIII, «De cómo ejercitaba la virtud de la esperanza la Madre Ana», se indica que la glosa se incluye como cierre de una carta suya del año 1716 en la que «abre su pecho en vivas ansias de ver a Dios», con la indicación añadida por ella misma de que «En esta coplilla paso mi vida»:

Con un continuo gemido
anhelo a ver vuestro rostro,
que a vuestra tórtola ausente
solo el gemir es socorro.

Y comenta fray Buenaventura antes de copiar la glosa:

Amorosos suspiros, dulces coloquios y tiernos lamentos explica en métricos acentos; que si el amor enseña la música [Plutarco, se apostilla al margen], también es maestro que dicta la poesía, como sabemos de muchas almas enamoradas de aquella suma infinita belleza. Sirva entre otras muchas de único ejemplar mi seráfica Teresa; porque en las mayores avenidas de amor, viéndose ausentes de su bien, se desahogan en versos las abundancias del corazón. Y si el canto de la tórtola es el gemido, como sabe el erudito, aplicándose los empleos de la tórtola usó con propiedad de los gemidos la madre Ana. Más glosa merecía la cuartilla, a que no pudiendo satisfacer mi prosa, busqué delicadas consonancias de la pluma más florida en toda erudición sagrada, y olvidada de la profana, que desempeñase la curiosidad más ingeniosa y descifrase toda la alma de la cuartilla en estas conceptuosas décimas.

En los cuarenta versos que glosan los cuatro del estribillo, el alma queda equiparada a una tórtola que lamenta la ausencia de su amado (Dios). Es imagen tradicional en la lírica amorosa, aquí vuelta a lo divino. La paloma, en efecto, es símbolo bien conocido de la fidelidad amorosa.

Paloma-blanca-en-vuelo.jpg

He aquí el estribillo con su glosa:

Con un continuo gemido
anhelo a ver vuestro rostro,
que a vuestra tórtola ausente
solo el gemir es socorro.

Muda elocuencia de amor
halla el pecho en su fatiga
para que el afecto diga
la expresión de su dolor.
Así, facundo[2] el rigor
de mi corazón herido,
toda en ansias me liquido[3]
cuando tu deidad ausente
solo la digo elocuente
con un continuo gemido.

Imán de mi amor tu cielo
me trae en dulce violencia,
atormentando la ausencia
la actividad de mi anhelo;
afanada en el desvelo,
pegado al polvo mi rostro,
amante humilde me postro
protestando[4] en mis sollozos
que solo en eternos gozos
anhelo a ver vuestro rostro.

¡Oh, si el invierno erizado
de este rigor[5] se pasase
y la voz dulce escuchase
la tórtola de su amado;
pero si amor, retirado,
aun mi tormento consiente,
dejad, Señor, que lamente
tanta ausencia, pues lo mismo
será mirar al abismo
que a vuestra tórtola ausente.

Al recordar tu belleza
mi corazón se derrama,
líquida cera, a la llama[6]
de vuestra ardiente fineza;
del quebranto a la grandeza
ni aun leve suspiro ahorro,
pues del estadio que corro
de inefable sentimiento,
para aliviar el tormento
solo el gemir es socorro[7].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] facundo: elocuente, decidor.

[3] me liquido: me consumo.

[4] protestando: afirmando, manifestando.

[5] rigor: el rigor del invierno es imagen tópica en la poesía amorosa.

[6] llama: otra imagen tradicional, tanto en la poesía amorosa petrarquista como en la poesía ascético-mística (san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús…).

[7] Esta composición se incluye en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc., Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736, pp. 107-108. Figura recogida en José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 307; y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 194-195. Por su parte, Manuel Serrano y Sanz, en Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 al 1833, tomo II, Madrid, Establecimiento Tipolitográfico Sucesores de Rivadeneyra, 1903, p. 327b, trae la glosa pero no copia el estribillo previo.

Un pensamiento en “«Muda elocuencia de amor…», glosa de Ana de San Joaquín (1668-1731)

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