«A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Vaya para este Jueves Santo el romance de Lope de Vega «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», incluido en sus Rimas sacras (1614), ilustrado por «La despedida de Cristo y la Virgen» del Greco (cuadro conservado en el Museo de Santa Cruz, Toledo).

La Despedida de Cristo de su Madre de El Greco

Los dos más dulces esposos,
los dos más tiernos amantes,
los mejores Madre y Hijo,
porque son Cristo y su Madre,
tiernamente se despiden,
tanto, que en solo mirarse
parece que entre los dos
están repartiendo el cáliz.
«Hijo —le dice la Virgen—,
¡ay si pudiera escusarse
esta llorosa partida
que la entrañas me parte!
A morir vais, Hijo mío,
por el hombre que criasteis,
que ofensas hechas a Dios
solo Dios las satisface.
No se dirá por el hombre
“quien tal hizo, que tal pague”,
pues que Vos pagáis por él
el precio de vuestra sangre.
Dejadme, dulce Jesús,
que mil veces os abrace
porque me deis fortaleza
que a tantos dolores baste.
Para llevaros a Egipto
hubo quien me acompañase,
mas para quedar sin Vos
¿quién dejáis que me acompañe?
Aunque un ángel me dejéis,
no es posible consolarme,
que ausencia de un hijo Dios
no puede suplirla un ángel.
Ya siento vuestros azotes,
porque vuestra tierna carne,
como es hecha de la mía,
hace también que me alcancen.
Vuestra cruz llevo en mis hombros
y no hay pasar adelante,
porque os imagino en ella,
y aunque soy vuestra, soy Madre.»
Mirando Cristo en María
las lágrimas venerables,
a la Emperatriz del cielo
responde palabras tales:
«Dulcísima Madre mía,
Vos y yo dolor tan grande
dos veces le padecemos,
porque le tenemos antes.
Con Vos quedo, aunque me voy,
que no es posible apartarse
por muerte ni por ausencia
tan verdaderos amantes.
Ya siento más que mi muerte
el ver que el dolor os mate,
que el sentir y padecer
se llaman penas iguales.
Madre, yo voy a morir,
porque ya mi Eterno Padre
tiene dada esta sentencia
contra mí, que soy su imagen.
Por el más errado esclavo
que ha visto el mundo, ni sabe,
quiere que muera su Hijo:
obedecerle es amarle.
Para morir he nacido,
Él ordenó que bajase
de sus entrañas paternas
a las vuestras virginales.
Con humildad y obediencia
hasta la muerte ha de hallarme;
la cruz me espera, Señora,
consuéleos Dios, abrazadme».
Contempla a Cristo y María,
alma, en tantas soledades,
que Ella se queda sin Hijo
y que Él sin Madre se parte.
Llega y dile: «Virgen pura,
queréis que yo os acompañe?»,
que si te quedas con Ella
el cielo puede envidiarte[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 386-388.

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