El enfrentamiento entre Alonso de Ercilla y don García Hurtado de Mendoza (y 2)

Para examinar esta cuestión, además de lo dicho por los cronistas, disponemos también del testimonio que nos proporciona el juicio de residencia a don García Hurtado de Mendoza[1]:

144. Item, se hace cargo al dicho don García que quiso matar con una porra en la ciudad Imperial a don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y fue tras ellos por los matar con ella, que fue y eran términos muy ajenos y fuera de justicia[2].

Pero me interesa recordar sobre todo la versión de los hechos que ofrece el propio Ercilla en su célebre poema La Araucana. Así, en el canto XXXVI escribe:

A La Imperial llegamos, do hospedados
fuimos de los vecinos generosos,
y de varios manjares regalados
hartamos los estómagos golosos.
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados
tantos gallardos jóvenes briosos,
se concertó una justa y desafío
donde mostrase cada cual su brío.

Turbó la fiesta un caso no pensado,
y la celeridad del juez fue tanta,
que estuve en el tapete ya entregado
al agudo cuchillo la garganta;
el enorme delito exagerado
la voz y fama pública le canta,
que fue solo poner mano a la espada,
nunca sin gran razón desenvainada[3].

Este acontecimiento, este suceso
fue forzosa ocasión de mi destierro,
teniéndome después gran tiempo preso,
por remediar con este el primer yerro;
mas, aunque así agraviado, no por eso
(armado de paciencia y fiero hierro)
falté en alguna lucha y correría,
sirviendo en la frontera noche y día[4].

La Araucana, de Alonso de Ercilla

Además, en el canto siguiente, el XXXVII y último de La Araucana, califica a don García de «mozo capitán acelerado»:

Ni digo cómo al fin, por accidente,
del mozo capitán acelerado
fui sacado a la plaza injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente,
do estuve tan sin culpa molestado,
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más graves que la muerte.

Sin duda, al momento de componer La Araucana Ercilla no habría olvidado todavía este grave incidente personal, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza. Recordaré a este respecto que Oña, en el exordio de su Arauco domado, escribía que una de las razones que le movían al componer su obra era precisamente «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado».

Curiosamente, en El gobernador prudente encontramos una interesante alusión a la prisión de Ercilla, en el momento en que don García previene sus tropas para la pelea:

DON GARCÍA.- La retaguarda
se dará al valor prudente
de don Alonso de Arcila.

DON LUIS.- Hoy en su diestra apercibe
el cielo un segundo Atila,
que él pelea como escribe.

DON FELIPE.- A un tiempo corta y afila
espada y pluma.

DON GARCÍA.- En su honor
dudar nada fuera error,
que aunque se muestra ofendido
porque preso le he tenido,
no he de negarle el valor (vv. 1767b-1778)[5].

Ercilla, en su poema, nos ofrece una visión muy idealizada de los indios araucanos, denodados defensores de su libertad e independencia, hecho que le ha valido la calificación de «primer indigenista». Como acertadamente escribe Campos Harriet,

Necesitaríamos copiar casi todas las estrofas de los treinta y siete cantos de La Araucana si quisiéramos señalar las muestras de admiración, de amor y de comprensión que siente Ercilla por el pueblo araucano. Los nombres de los caciques: Colo-Colo, Lautaro, Caupolicán, Angol, Lincoyán, Rengo, Tucapel, Paicaví, Orompello, Ongolmo, Ainavillo y tantos otros, como las figuras femeninas de las hermosas Gualda, Tegualda, Guacolda, Fresia, por Ercilla exaltadas e idealizadas, tienen hasta hoy la más grande vigencia, y ello es el mayor homenaje que el pueblo de Chile ha podido tributar al poeta[6].

Esta reflexión me sirve para subrayar, además, que esa idealización de los araucanos tan notoria en La Araucana se transmite, en mayor o menor grado, a todas las obras teatrales que inspiró, incluidas las escritas por encargo de la familia Hurtado de Mendoza. En todas ellas apreciamos que los personajes araucanos están idealizados como guerreros valientes y galanes, que pueden parangonarse en nobleza y cortesía con los españoles; y lo mismo sucede con las mujeres araucanas, que desempeñan en estas obras la función dramática de damas (hermosas, nobles y discretas), sin mayores diferencias con las protagonistas europeas de la comedia nueva. Es decir, los araucanos comparten el mismo código de valores (nobleza, honor, caballerosidad, valentía…) que sus enemigos, lo que no impedirá que se apunten algunos rasgos negativos de ellos (barbarie, crueldad…). Por lo demás, ha de tenerse en cuenta que magnificar al enemigo ponderando su fuerza y sus cualidades positivas es una forma indirecta de engrandecer a sus conquistadores. Eso sí, cabe decir —como ya adelantaba— que los denodados esfuerzos de esta campaña de propaganda no lograron el objetivo de convertir a don García en un héroe literario de categoría épica[7]. En cambio, quienes sí han quedado en el recuerdo y en el imaginario colectivo han sido los bravos araucanos, con su toqui Caupolicán a la cabeza[8].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Citado por Fernando Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago, Andrés Bello, 1969, p. 187.

[3] Recordemos la inscripción que figuraba grabada en las hojas de muchas espadas de la época: «No me saques sin razón. No me envaines sin honor».

[4] Las citas de La Araucana son por la edición de Isaías Lerner, Madrid, Cátedra, 1993.

[5] Cito por Gaspar de Ávila, El gobernador prudente / The Prudent Governor, ed. de Patricio Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2009, con ligeros retoques en la puntuación. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

[6] Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, p. 199.

[7] Otra cosa sería averiguar qué mercedes o beneficios obtuvo la familia, si es que se lograron, con esta campaña de propaganda, cuestión no abordada —hasta donde se me alcanza— por la crítica.

[8] Baste mencionar el memorable soneto en alejandrinos, titulado «Caupolicán», que le dedicara Rubén Darío en su poemario Azul (1888). Ver los trabajos de Melchora Romanos, «La construcción del personaje de Caupolicán en el teatro del Siglo de Oro», Filología (Buenos Aires), XXVI, núms. 1-2, 1993, pp. 183-204; Miguel Ángel Auladell Pérez, «De Caupolicán a Rubén Darío», América sin nombre, 5-6, diciembre de 2004, pp. 12-21 y «Los araucanos como personajes literarios», América sin nombre, 9-10, 2007, pp. 21-26; y José Promis, «Formación de la figura literaria de Caupolicán en los primeros cronistas del Reino de Chile», en Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, ed. de Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 195-219.

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