La justificación de la conquista de América en «El gobernador prudente» de Gaspar de Ávila (y 2)

Pero, sobre todo, la justificación de la conquista de Arauco —por extensión de América— en virtud de la extensión de la fe católica aparece explícitamente en un par de pasajes muy significativos en los que don García debate con Colocolo, primero, y con Caupolicán después[1]. En efecto, importantísima es la escena de la (falsa) embajada de paz de Colocolo. Don García muestra su deseo de que el más anciano del Estado araucano conozca su «ciego error» y reciba la luz de la fe (vv. 1614b-1617)[2]. Colocolo protesta con estas palabras:

Y pues está en opinión
de sabio tu corazón,
que le dais juzga prudente
a nuestro espíritu ardiente
culto de otra religión,
cuando es ya rigor impío
obedecer mandamientos
de estranjero señorío,
que siempre han de estar exemptos
los actos del albedrío (vv. 1624-1633).

El venerable araucano pregunta directamente a don García cuáles son los argumentos que pueden justificar el dominio de los españoles. ¿Más valor en la guerra? Pero los araucanos los han derrotado algunas veces. ¿Un alma superior? Pero todos, españoles y araucanos, tienen almas inmortales. Don García, tras reconocer la prudencia del anciano representante Arauco, pleno de experiencia, razona que la justicia de los españoles es evidente. Este pasaje es muy interesante en tanto en cuanto escenifica esa especie de «debate legal» para justificar la jurisdicción española sobre el territorio chileno. Sabe don García que los araucanos están enojados por los tributos excesivos; pero él les aliviará esa carga. Y defiende el justo derecho del monarca español sobre aquellas tierras porque el Papa y el rey son inmediatos de Dios en la tierra. Añade que fundará seminarios religiosos para enseñarles la doctrina cristiana:

Y así, os pretendo fundar
seminarios religiosos
donde os puedan enseñar
con preceptos amorosos
la ley que habéis de guardar (vv. 1695-1698).

Reconoce también que españoles y araucanos son iguales en ser mortales, pero la fe católica es sin duda superior a la indígena. En fin, el gobernador deja claro que cumplirá con su honor, matando o muriendo. Colocolo, tras afirmar que queda convencido «en parte» (v. 1719), dice que hablará con los suyos y le pide que, mientras tanto, suspenda el rigor de su acero. En aparte, añade este elogio de don García (Colocolo cree que lo ha engañado con su táctica dilatoria, mientras se preparan mejor para la guerra):

(¡Qué bondad
y qué valor! No creyera
tal ser de tan poca edad;
pero en la reportación
tiene puesto el corazón
y le falta en lo advertido,
que aunque sabe, no ha sabido
conocerme la intención.) (vv. 1726b-1733).

Moisés R. Castillo ha destacado la importancia de esta escena:

lo que merece una atención especial es la reveladora entrevista entre Colocolo y don García al final del segundo acto, dada la calidad de los argumentos que se esgrimen. Por primera vez en estas comedias, dos personalidades, un español y un indio, tienen una entrevista donde relajadamente sentados debaten críticamente el actuar de ambos[3].

Y más adelante añade:

La explicitación de este discurso apologético-moralizante, sin duda, tendría un potente poder adoctrinador en el auditorio. Por eso es conveniente recalcar que el propósito de la obra de Ávila consiste en sacar a nueva luz lo sabio de las medidas de don García, que no sólo atajan los excesos de los peninsulares, sino que traen el «mejor y más pío gobierno» al territorio mapuche[4].

Un pasaje con función semejante lo tenemos en la escena del acto tercero en que se enfrentan en combate don García y Caupolicán. También aquí se produce un intercambio de pareceres sobre la justicia del dominio que ejerce en aquellas tierras el rey de España:

CAUPOLICÁN.- ¿En qué se funda quisiera
saber esta acción primera
del dominio de tu rey?

DON GARCÍA.- En instruiros la ley
de Dios, que es la verdadera (vv. 1998-2002).

Como vemos, de nuevo la conquista se justifica por motivos religiosos: la extensión de la fe católica. Aquí la escena no alcanza mayor desarrollo; simplemente, Caupolicán reconoce el valor de don García, antes de volver a pelear con él:

Si presumes blandamente,
con arrogancia peleas:
no me espanto que mi gente
huya acobardadamente,
ni que haya rey que se atreva
a introducción de ley nueva
con vasallo tan valiente (vv. 2006-2012).

La muerte de Caupolicán

El gobernador prudente se remata, como ya he señalado, con el bautismo de dos de los personajes «catequizados» por don García. Castillo valora así este final, en el que Caupolicán muere (pero con la garantía de salvación para su alma) y Guacolda pide profesar como religiosa:

De esta forma, los dos personajes que en el primer acto mostraban más inquina contra los peninsulares acaban de muy diverso modo: Caupolicán arrepentido, bautizado y muerto, sujeto de cruel, pero «necesario» y pío, ejemplo de la violencia española; y Guacolda monja y rezando por la victoria de los españoles, reflejo del poder del adoctrinamiento y de la excelsa labor de los españoles en Indias[5].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por Gaspar de Ávila, El gobernador prudente / The Prudent Governor, ed. de Patricio Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2009, con ligeros retoques en la puntuación. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

[3] Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (Indiana), Purdue University Press, 2009, p. 100.

[4] Castillo, Indios en escena…, pp. 101-102.

[5] Castillo, Indios en escena…, p. 106.

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