El noble ridículo de la comedia burlesca: parodia de los valores caballerescos (2)

En El comendador de Ocaña, burlesca anónima parodia de la pieza lopesca, todo un Comendador se nos muestra como un personaje celoso y cobarde, que canta y baila en escena, vestido ridículamente con la golilla en la pierna y una rueca en la cintura, cuyos parlamentos amorosos son humorísticos, que emplea un registro lingüístico bajo y que, después de morir obedientemente porque así lo manda la comedia, «resucita» y se levanta para irse a enterrar por su propio pie…[1]

Ya desde su primera aparición sobre las tablas, el personaje del Comendador queda rebajado de su condición de noble, al indicarse que sale «vistiéndose ridículamente»[2]; eso es lo que señala la escueta acotación inicial, aunque luego las réplicas de los personajes nos dan algunas pistas sobre su atuendo: por un lado, pide a su criado Hernandillo que le ponga la gola en la pantorrilla y que le ciña, en vez de una espada, la rueca (y explica el motivo de añadir a su indumentaria ese objeto femenil: la parca Clotos mata hilando, luego —en su peculiar razonamiento— una rueca puede servir como arma tan bien como una espada); además, se pone nada menos que tres tocados distintos para la cabeza, «becoquín, sombrero y gorra», aunque hace un día sereno. Los cantos y bailes que se marca en esa primera escena completan su caracterización ridícula: cuando los músicos entonen el «Arrojóme las manzanillas / por encima del verde olivar», él repetirá cantando el estribillo «Arrojómelas y arrojéselas / y volviómelas a arrojar», al tiempo que baila al compás de la tonada. Por lo que toca a su caracterización psicológica, los rasgos en los que más se insiste son la locura de amor y, sobre todo, los celos que, como sabemos, son —en principio— un sentimiento bajo y grosero, impropio de un caballero.

Otro aspecto en la ridiculización del Comendador tiene que ver con la presencia continua en escena de don Pedro, su padre, preocupado por las travesuras del muchacho, al que riñe en diversas ocasiones. En efecto, en su primera intervención don Pedro comenta que la mocedad de su hijo «es un caballo sin freno» (v. 532); y cuando lo encuentra le llama sucesivamente Dieguito, bachillerejo, rapaz, niño, expresiones todas ellas que insisten en su descarrío juvenil. Además le reprende por no tratarle con respeto (no le contesta a sus preguntas con un «sí, señor», sino con un simple «sí», hablándole «tú por tú / […] como caldereros», vv. 545-546). Le reprocha también que corteje a Casilda; pero no tanto por lo feo de su acción, sino porque, a sus quince años, no le ha dado todavía un nieto. También le echa en cara el que ande los conventos[3]. El consejo paterno es que debe dejar sus andanzas de soltero y casarse. Y, en cualquier caso, que no se le ocurra morir sin nombrarle a él heredero:

DON PEDRO.- Si Peribáñez te mata,
Dieguito, tieso que tieso;
pero mira que no mueras
sin hacerme tu heredero (vv. 645-648).

Peribañez.jpg

Algunas referencias a la pequeña nobleza las podríamos rastrear en El hidalgo de la Mancha, pieza de tres ingenios sobre la figura de don Quijote[4]. Pero se trata tan solo de alusiones, sin mayor alcance satírico, tópicas también en los géneros serios: menciones del «hidalgo de la Montaña» que habla jactanciosamente de las batallas del Conde Fernán González o de las Navas para connotar la ‘nobleza y antigüedad de su linaje’ (p. 21), otra mención al fuero de hidalgo (p. 104), etc.[5]


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Anónimo, El comendador de Ocaña, en Dos comedias burlescas del Siglo de Oro: El Comendador de Ocaña. El hermano de su hermana, ed. de Ignacio Arellano y Carlos Mata, Kassel, Reichenberger, 2000.

[3] «Mirad, Diego, que me dicen / que andáis mucho los conventos / y esto me da grande pena / y me da gran pena esto. / Yo no os quito que os holguéis, / que también yo fui travieso; / mas no me vieron jamás / que hablase con frailes legos. / Hijo, hijo, abrir el ojo, / dejad ya los regodeos, / y si queréis divertiros / ahí está la flor del berro» (vv. 601-612). Ver Carlos Mata Induráin, «Perico, Dieguito y el “lindo garabato” de Casilda: la parodia del amor y del honor en la comedia burlesca anónima de El Comendador de Ocaña», Cuadernos de Teatro Clásico, 17, 2003, pp. 189-209.

[4] Juan de Matos Fragoso, Juan Bautista Diamante y Juan Vélez de Guevara, El hidalgo de la Mancha, ed. de Manuel García Martín, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.

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