«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: el escenario físico (Santiago y otras ciudades)

Una de las primeras reflexiones del viajero Delibes es que Sudamérica constituye un continente aún por descubrir para el europeo (pp. 11-12)[1]. Lo era, sin duda, para él en el momento de emprender su viaje. Los cuatro primeros capítulos no me interesan ahora, en tanto en cuanto no se centran en Chile, sino que se refieren a las diversas escalas (el apeadero de la isla de la Sal, Natal, Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires y Mendoza), y se cierran con la descripción del impresionante paso de los Andes. Ya en Chile, Delibes comienza por constatar la importancia de la cordillera, que no es solo una mera referencia geográfica, sino algo que marca al país y tiene su reflejo en el carácter de sus gentes: «Los Andes articulan la geografía chilena; recorren el país de norte a sur imprimiéndole una peculiar fisonomía», escribe (p. 56); y luego: «los Andes imprimen carácter al país. […] La cordillera es una constante geográfica; la espina dorsal del país» (p. 58). Nada tiene de extraño que una de las primeras descripciones sea la de una excursión al pueblo de Farellones (pp. 58-60), en la región metropolitana, a más de 3.000 metros de altitud, precisamente para familiarizarse con la cordillera, bellamente presentada como «la sorpresa vertical de los Andes» (p. 51).

Farellones, Chile

En ese primer encuentro con la geografía chilena, tampoco podían faltar algunos comentarios sobre la alargada extensión del territorio. En el capítulo VI escribe, jugando con la frase hecha:

Chile es un país que, como corresponde a su ascendencia araucana, ha colocado sus provincias en fila india. Podría decirse de Chile que es un país tan estrecho, tan estrecho, que no tiene más que norte y sur. Nordistas y sureños convergen en Santiago y son dos temperamentos tallados por dos opuestas formas de vida: el desierto, la mina, arriba; la agricultura y la ganadería, al sur. Entre norte y sur existen, como es de ley, sus diferencias; entre este y oeste no caben diferencias; se caerían al mar (p. 61).

En otro lugar anota: «Chile es tan largo, que por mucho que uno baje siempre queda más sur» (p. 131); e insiste más adelante: «Chile es el país del mundo que tiene más sur; digamos, más o menos, dos mil kilómetros de sur» (138). Sur del país donde, por cierto, y así lo constata el periodista, abundó la colonización por parte de alemanes (pp. 133-135). Desde el primer momento queda patente el interés que despierta en él el territorio que recién está empezando a descubrir:

Para uno, modesto escritor y como tal de una ignorancia enciclopédica, Chile, en la perspectiva, era poco más que los nitratos, el bombardeo de Valparaíso y La Araucana, al alcance de los niños. Basta asomarse aquí para que uno advierta la injusticia de tan somero concepto. Chile es un país que humana y geográficamente encierra un enorme interés. De todo cuanto nos atraiga o sorprenda iremos hablando poco a poco. De momento, importa conocer que «Chilli», en idioma aymará, significa «donde acaba la Tierra», y no deja de ser emocionante esto de sentarse uno a la máquina en el extremo del mundo (pp. 62-63).

El epígrafe «Una inquieta geografía», que parece un guiño a la obra clásica de Benjamín Subercaseux Chile o una loca geografía, introduce el tema de los terremotos (deja constancia de que ha temblado la tierra tres veces en dos semanas), comentando con gracejo que la de Chile es una geografía única en el mundo… pero no inmutable. Ese tono humorístico continúa en el pasaje en el que Delibes afirma que en Chile los maestros lo tienen muy fácil a la hora de enseñar geografía a sus alumnos e inculcarles los conceptos de volcán, cordillera, lago, desierto…: les basta con asomarse a la ventana e ir señalando (pp. 63-64). Y es que Chile tiene de todo «para dar y tomar», y por supuesto también terremotos o sismos. Tras explicar las características de tres tipos diferentes, concluye en ese mismo tono desenfadado: «En suma, Chile puede jactarse, entre otras cosas, de poder despachar seísmos a gusto del consumidor» (p. 66). El capítulo VII está dedicado a la capital, Santiago:

A Santiago le ocurre un poco lo que a esas comedias mediocres bien presentadas; a la obra se la come el decorado. En la capital de Chile la decoración es tan importante que sería preciso haber edificado una ciudad excepcionalmente vistosa para evitar ser eclipsada. Y Santiago no es una ciudad vistosa, siquiera sea una ciudad alegre y grata de vivir (p. 69).

El escenario es, claro está, la cordillera de los Andes, «una escenografía deslumbrante» que resulta visible desde casi todos los puntos de la ciudad, y que se completa con los cerros de San Cristóbal y Santa Lucía. Delibes añade que «la ciudad, como complejo arquitectónico, no es hermosa y ofrece unos contrastes extremosos» (p. 70). Menciona las principales calles del centro, con edificaciones de dos pisos o uno solo (no se pueden construir más altas por los terremotos), lo que hace que sea una ciudad muy extensa, con perspectivas desahogadas y grandes arterias, en las que llama la atención la abundancia de transportes de superficie (trolebuses, colectivos, tranvías, expresos, micros, liebres, etc.), que imprimen a la capital un ritmo vertiginoso. Constata las diferencias entre los barrios residenciales, ubicados en la parte alta de la ciudad, y las poblaciones callampas llenas de guaguas y rotos. Santiago le parece una ciudad destartalada y sucia, en la que predomina el tono gris ahumado de los edificios y francamente mejorable con muy poca inversión (nota, por ejemplo, que las tareas municipales están desatendidas). Señala, de nuevo con humor: «Las obras son tantas, tan lentas y tan aparatosas, que uno duda si se estará construyendo la ciudad o se estará demoliendo» (p. 74). Es, por otra parte, una ciudad llena de vendedores ambulantes y rotos, en la que sorprende que el centro no esté ocupado por bancos, sino por fuentes de soda, salas de té, cines, agencias de viaje, notarios y pastelerías. En cualquier caso, la valoración de conjunto para el viajero es que Santiago resulta una ciudad de ambiente cordial y hospitalario, donde el español no se siente extranjero.

El capítulo XV se centra en la descripción de Valparaíso y Concepción, que son para Delibes los pilares provincianos de Chile (recordemos que fueron las otras dos ciudades, además de Santiago, donde Delibes dictó conferencias). Valparaíso —afirma— es una ciudad que en modo alguno defrauda al viajero: «Aquí reside el atractivo de Valparaíso: no en estar montada sobre una cadena de cerros, sino en estar montada en el aire, garbosamente, con una suerte de alacritud, de equilibrio de ‘mírame y no me toques’, realmente encantador» (p. 149). Para el periodista viajero todo el carácter de la ciudad deriva «de su pobreza ondulada, de sus cerros superpoblados, en un abigarramiento de chafarrinón» (p. 149), de la multitud de casas modestas pintadas de todos los colores, «en promiscuidad anárquica, unas encima de otras» (p. 150). En suma: «La estética de Valparaíso reside en su absoluta falta de estética; en su carencia de orden y concierto» (p. 150). A diferencia de Santiago, «la perla del Pacífico» no es una ciudad que se extiende, sino una ciudad que se eleva y que refleja su armonía en el mar. Delibes no escapa a «la gracia un tanto etérea de Valparaíso», y nos transmite su especial belleza a la caída del sol: «Valparaíso, en la noche, es una sucesión escalonada de minúsculas luces, una barahúnda de candelitas inmóviles, un altar de Jueves Santo, pero sin geografía; un prodigio, en suma, de fuegos fatuos verticales» (p. 151). Aunque alude brevemente a los alrededores (Viña del Mar, «San Sebastián chileno»), Delibes pretende sobre todo transmitir el espíritu de una ciudad, famosa por sus ascensores y ya no tanto por su puerto (que mantiene una actividad moderada), pero en cualquier caso volcada hacia el mar. Como sentencia acertadamente, «El océano constituye la razón y el destino de Valparaíso» (p. 153). Más breve es la descripción de Concepción que, ubicada en la desembocadura del Bío-Bío, es «una ciudad recoleta, introvertida, cultural y botánica» (p. 155). Reconstruida tras el terremoto de 1939, Delibes nos la muestra como cuna de la cultura chilena, especialmente por el impulso de su Universidad. Por supuesto, el periodista es consciente de que su conocimiento de un país tan extenso va a resultar muy limitado, y señala que hay muchas otras ciudades interesantes que no ha podido conocer en su viaje[2].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

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