«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: estructura externa

Ambas piezas forman un díptico sobre el Descubrimiento y los primeros años de conquista y colonización del Nuevo Mundo[1]. En busca del Gran Kan se divide en tres partes[2], formada cada una por seis capítulos: «El hombre de la capa raída» (título que hace referencia a Colón, cuando todavía es un personaje pobre y misterioso), «El señor Martín Alonso» (alude al mayor de los hermanos Pinzón) y «El paraíso pobre» (marbete que designa a las regiones recién halladas)[3]. La novela se cierra con un epílogo donde Blasco Ibáñez explica su interés por la figura del Almirante y amplifica algunas ideas ya apuntadas en las páginas precedentes.

En busca del Gran , de Blasco IbáñezLa acción comienza en mayo de 1492, cuando Fernando y Lucero (personajes de ficción) se dirigen a Córdoba. En el primer capítulo el joven Fernando Cuevas hace balance de los últimos acontecimientos de su vida. Sus recuerdos nos ponen en antecedentes sobre su historia y la de su acompañante, Lucero, hija del judío don Isaac Cohen, que viaja disfrazada de varón para escapar de la persecución religiosa (acaba de proclamarse el decreto de expulsión de los judíos). El flash-back de Fernando acaba cuando pide ayuda a la Virgen de Guadalupe, momento en que aparece en el camino un caballero y el muchacho presiente que este personaje a cuyo servicio se pone —Colón— influirá poderosamente en su vida futura. El capítulo segundo completa el panorama histórico-político de Castilla. El tercero refiere los progresos en la navegación de Portugal, convertida en la primera potencia marítima. En el capítulo cuarto, titulado «De cómo el amor se fue abriendo paso a través de la geografía delirante», Colón entra en contacto con las personas influyentes de la Corte de los Reyes Católicos y conoce a Beatriz Enríquez de Arana, mujer pobre y virtuosa por la que pronto se siente atraído. El resto de la novela —es imposible resumir el argumento en pocas líneas— lo constituyen las andanzas del desconocido Colón en pos de la Corte mientras se prolonga la guerra de Granada y la ejecución de su proyecto se va aplazando, la organización del primer viaje y los sucesos del mismo, hasta el descubrimiento de las islas caribeñas. Todo ello siguiendo muy de cerca los sucesos reales de ese primer viaje trasatlántico.

La segunda novela, El caballero de la Virgen, también se divide externamente en tres partes, «La reina de Flor de Oro», «El oro del rey Salomón» y «El ocaso del héroe», de cinco, seis y cinco capítulos respectivamente. El título de la primera alude a la princesa Anacaona, que no es personaje con demasiada importancia en la novela, pero que el autor privilegia por su exotismo; el segundo recuerda una de las obsesiones quiméricas del Almirante; y el tercero hace referencia a los últimos años de Alonso de Ojeda (y nótese que para Blasco Ibáñez el héroe es Ojeda, no Colón). Su arranque es muy similar al de la otra novela, con un primer capítulo de estructura circular (enmarcado por el sonido de unas campanas) en el que Fernando vuelve a hacer balance de los últimos sucesos de su vida: estamos ahora a la altura de enero de 1494, y el antiguo paje de Colón tiene casa propia en la ciudad de Isabela, en la Española; se ha casado con Lucero (que se convirtió al cristianismo) y ha tenido lugar el bautizo de su hijo Alonsico. Ahora su principal protector es Alonso de Ojeda, de forma que ya desde el primer capítulo quedan imbricados los dos planos del relato: la peripecia ficticia (los hechos de Lucero y Fernando) y la materia histórica (se incluyen aquí los otros tres viajes del Almirante, más otras expediciones de descubrimiento y conquista de Ojeda y otros).

Algunas características generales de estas dos obras las emparientan con la novela histórica romántica del siglo anterior[4]. Así, una de esas viejas técnicas que recupera Blasco Ibáñez es la ocultación de la verdadera personalidad de un personaje (Lucero viste de hombre y finge ser hermano de Fernando). Por otra parte, el empleo de largos epígrafes para encabezar los capítulos recuerda una forma de titular que fue habitual en el Romanticismo. Por último, puede mencionarse la frecuente intromisión del narrador para señalar parecidos o diferencias entre la época histórica evocada y el tiempo contemporáneo del autor: por ejemplo, cuando compara los monasterios de entonces con los hoteles de nuestros días (p. 1266a) o la velocidad de las naves del Descubrimiento con la de los modernos buques de vapor (pp. 1311a y 1314b), o bien cuando habla de «nuestro criterio de hombres modernos» (p. 1266b)[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Esta división tripartita se repite en las cuatro novelas históricas mencionadas.

[3] «Habían descubierto, tal vez, un paraíso, pero un paraíso pobre» (p. 1371b).

[4] Cabría recordar aquí que Blasco Ibáñez sirvió como secretario a Manuel Fernández y González, verdadero maestro del género histórico-folletinesco.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

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